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Hace unos años que la estrategia de mercado de Netflix viró, de apostar todas sus fichas a unos productos selectos a repartirlas, más o menos azarosamente, entre un gran conjunto de serie y películas. Ese giro coincidió con un momento en el que parecía que la belle époque de las grandes series había terminado. O mejor dicho que, salvo por flagrantes excepciones como The Handmade's Tale o Succesion (que por otro lado no se veían en Netflix), la ficción serial había agotado su poder inicial de encantamiento, ese largo romance impulsado por el fortalecimiento de las plataformas de streaming. Fue entonces cuando Netflix intentó instalar, con mediano éxito, ciertos géneros (policial nórdico, docuficción, comedia sexual) y una vez agotados estos apostó, qué va, a cualquier cosa que más o menos la pudiera pegar. En esa deriva se encuentra ahora mismo: Wonderlust fue, acaso, el último grito de cierta chispa de inspiración, con un matrimonio que, en la mediana edad, decide jugar a ser millenial. Pero ahora llegó Ten Percent.

Fue el famoso “boca a boca” lo que trajo un éxito a destiempo para esta comedia de origen francés. Una agencia de representantes llamada “ASK”, que trabaja con los actores más cotizados de Europa, queda acéfala a causa de la muerte sorpresiva del dueño. Los agentes Mathias, Gabriel y Andréa, tres exitosos profesionales cuya vida es su trabajo, deberán hacerse cargo de la crisis desatada, arriesgándolo todo para evitar que la empresa quiebre, caiga en las manos incorrectas, se hunda en la mala reputación o cometa errores irreversibles.

Entre los buitres de las finanzas y la extrema delicadeza de los actores, avasallados por una vida personal que les pide demasiado y una profesión en la que nunca nada alcanza, los personajes de esta serie, que reversiona la estructura de Mad Men, naufragan en una gran confusión emocional, aferrándose una y otra vez al mástil de la carrera al éxito. El Drapper de ASK es Mathias, un hombre mucho menos encantador y brillante que Don, pero dueño de un rictus a lo Bogart y de una inteligencia amplia y lateral, que conoce a la perfección los entresijos de la profesión. Su hija no reconocida, Camille, que comienza a trabajar en la empresa y va creciendo, cumple la función de Peggy. Al costado de Mathias y detentando el verdadero protagonismo de la serie está Andréa Martel, la gran bestia de ASK, una agente decidida a hacer lo que sea para cumplir con sus objetivos, hermosa y valiente, intuitiva y versátil, siempre a la moda. Y en un segundo lugar viene Gabriel, un muchacho complicado que se enamora de la secretaria de la empresa y decide representarla como actriz.

Los personajes secundarios son igual de interesantes, y todos ellos tienen ecos de Mad Men en su construcción o en sus efectos. Una de las agentes de más edad, Arlette, se pasea por la empresa con su perro y suelta frases enigmáticas o sabiondas, como lo haría Cooper. La secretaria de Mathias, Noémie, si bien es lo opuesto a Joan en cuanto a personalidad, es la arpía que sabe cómo se mueven las cosas en ASK, y por lo tanto la encargada de enseñarle a Camille tanto lo que se dice como lo que no se dice. Por lo demás, toda una serie de escenas o gestos replican directamente las historias de Sterling Cooper, desde la clásica de la escucha al otro lado de la pared de vidrio (y el consiguiente descubrimiento al correr las cortinas), hasta el hábito de Martel de jugar con un trompo en su escritorio, espejo de la pelotita Drapperiana.

Resulta honesto y productivo ese homenaje a la serie americana en una serie francesa que tiene mucho de mérito propio. Solidez narrativa, personajes interesantísimos, detallismo en los diálogos, y una mezcla calibrada de novedad y tradición hacen a la receta excitante de Ten Percent. Sin dejar de ser una comedia de enredos, expone los absurdos, las miserias y las delicias del pasillismo farandulero del mundo del cine. Son este tipo de producciones las que mantienen, todavía y a pesar de casi todo, un estándar de alta calidad para las series y para los seriéfilos.

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