El Destape | Es la hora de Argentina

De elecciones, balances e interpretaciones

Medios y periodistas oficialistas buscaron, desde el domingo pasado, opacar la alegría de los vencedores y limitar el disfrute del triunfo de las grandes mayorías castigadas por las políticas de Cambiemos.

03 de noviembre, 2019 | 00.05

“Hoy me siento obligado más que nunca, y yo que jamás en mi campaña he prometido nada, hoy juro, ante este solemne pueblo, que no he de descansar de día ni de noche para hacerlos felices en la medida de nuestras fuerzas. Llevamos hoy como siempre el signo de nuestra causa. Somos y seguiremos siendo descamisados para que no olvidemos jamás nuestra obligación con ese pueblo también descamisado que espera y siente como nosotros. Por eso, desde esta ya memorable Plaza de la República, abrazo sobre mi corazón a todos los descamisados de la Patria que, como nosotros, en esta hora jubilosa, estarán dando gracias a Dios de que nos haya templado el corazón y aclarado la inteligencia para ofrecer la vida a la Nación, en el trabajo, en la paz y en lo fructífero que un hombre tiene en su alma y en su cuerpo.” 

 (Del discurso de Juan D. Perón con motivo del 
                                                                           triunfo electoral del 24 de febrero de 1946)

 

¿Qué nos pasa a los argentinos?

En 1999 comenzó un ciclo televisivo breve -cuatro temporadas- de un programa humorístico (“Todo por 2 Pesos”), cuyos protagonistas centrales eran Diego Capusoto y Fabio Alberti. Uno de sus personajes más icónicos, protagonizado por Alberti, que fungía de analista político desde Miami y se presentaba munido de una tiza con la que escribía disparates ininteligibles en un pizarrón, mientras se explayaba sobre temas de actualidad.

Comenzaba todas sus intervenciones diciendo: ¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Estamos locos, estamos locos? Para rematar su presentación con conclusiones bizarras, sólo en apariencia, tales como: “Frase de Lilita Carrió mientras abría la heladera: ‘El que se quema con leche, va y se compra un yogurt’.”

Desde las últimas horas del domingo pasado y durante toda la semana se escuchan en radio, se ven por televisión, se leen en diarios y se trasmiten en redes sociales, un sinnúmero de reflexiones, interpretaciones y proyecciones sobre el resultado de las elecciones que no hacen sino opacar la –justificada- alegría de los vencedores y limitan el –merecido- disfrute del triunfo de las grandes mayorías castigadas por las políticas de Cambiemos.

El humor no hay que perderlo, ni es óbice para hacer análisis serios, pero hoy pareciera imprescindible para graficar tanta energía desperdiciada al poner el ojo en especulaciones cargadas de incógnitas, en lugar de dirigir la mirada –la razón y el corazón- hacia certezas incontrastables que, hasta hace muy poco, nos desvelaban y generaban angustia, ansiedad y temores.

El Frente de Todos ganó a nivel nacional en primera vuelta, una proeza hasta para el más optimista unos meses atrás, con una fórmula (Alberto y Cristina) que lograba una unidad que en junio de este año nadie podía imaginar; y por una gran diferencia porcentual, si fue por un 8, 9 o 10 % es irrelevante, sin que ello implique desatender al escrutinio definitivo –que es el que importa- para determinar la integración de las Cámaras del Congreso.

Ante un contexto de polarización comparable al que se advertía después de las PASO, en 1946 Juan D. Perón obtuvo el 52,84% y la Unión Democrática 42,87% de los votos, menos de un 10% de diferencia.

Otras elecciones presidenciales registraron para los Frentes o Coaliciones que tuvieron como eje al Peronismo, un 49,56% Héctor J. Cámpora (marzo de 1973), un 40,16% Italo Lúder (1983), un 47% y un 49% Carlos S. Menem (1989 y 1995, respectivamente), un 38% Eduardo Duhalde (1999), un 22%  Néstor Kirchner (2003) y un 45,28% Cristina Fernández (2007).

El resultado obtenido en 2011 por Cristina Fernández, al ser reelegida por el 54% de los votos, constituyó un verdadero record que en Argentina sólo fue superado por Perón en su segunda y tercera Presidencia (con un 63,40% en 1951 y un 61,85% en septiembre de 1973).

Ahora bien, como suele ocurrir en nuestro país –por el peso propio y la proyección nacional de ese distrito- la madre de las batallas es la Provincia de Buenos Aires, y allí fue arrasador el triunfo del Frente de Todos.

Axel Kicillof fue elegido Gobernador por el 51,91% de los votos, confrontando con la actual Gobernadora, María Eugenia Vidal (38,78%), presentada como la mejor espada de Juntos por el Cambio -sin menoscabo de Patricia Bullrich, que prefiere ser garrote- y con la ventaja propia de todo oficialismo, en particular para renovar su primer mandato.

¿Alguien podía soñar con un resultado semejante cuando Kicillof comenzó su campaña o confiar en la eficacia de la militancia territorial gastando suelas y neumáticos apostando al contacto directo más que al virtual de las redes?    

Entonces, realmente es para plantearse si es que estamos todos locos y, qué nos pasa, a los argentinos que votamos por liberarnos del oprobio y la opresión que representaron estos casi cuatro años de gobierno de Macri, Vidal  y sus impresentables Equipos.

De saberes y pareceres  

La pretensión de catalogar de ciencia a las investigaciones de opinión, encuestas y a la actividad desplegada por las consultoras, así como de acordarle un rol imprescindible para hacer pronósticos electorales con la consiguiente incidencia en la diagramación de estrategias, pareciera no encontrar sustento en la realidad local ni internacional.

Son muchas las experiencias que demuestran los desaciertos en que han incurrido los profesionales dedicados a esos menesteres. Si repasamos la abundante literatura prohijada desde esas usinas entre 2017 y 2019, advertiremos los reiterados yerros cometidos. El colofón ha sido lo ocurrido en agosto en las PASO, como también en los comicios del domingo pasado.

Todo lo cual no invalida las indagaciones de esa naturaleza como herramientas para apreciar la realidad, sino que da cuenta de su valor puramente relativo y de la carencia de entidad científica de sus conclusiones, que exige considerarlas como una referencia de ponderación que lejos está de ser la principal.

Se ensayan también interpretaciones psicologistas, sociológicas o antropológicas para dar sentido a las tendencias electorales, a las inclinaciones –consecuentes o erráticas- de los votantes, a la implantación del perfil de dirigentes o candidatos, a las conductas de masas o de sectores sociales.

Tampoco en este caso, y con mayor razón, cabe desmerecer los aportes que puedan elaborarse en su campo específico, aunque ello no significa que esa validez se proyecte mecánicamente al ámbito de la Política, ni que sus metodologías de análisis sean idóneas para aprehender la fenomenología singular que ofrecen las relaciones de potencias e impotencias que hacen a la misma esencia de aquélla.

La Política constituye un todo como cosmovisión, sólo comparable como tal con la Filosofía o la Religión. Se trata de la representación, concepción y perspectiva del mundo, cargada de creencias, nociones e imágenes de la realidad que tanto proveen una forma de concebirla como una determinada postura para interpretarla. Que repele reduccionismos cientistas que prescinden de la Política como ordenadora y proveedora de criterios, exentos de purismos y ortodoxias intelectuales, que proporcionan claves propias para toda interpretación en ese terreno.

Una vez más en Argentina se ha recuperado la Política como modo de entender la realidad, orientar las acciones de Gobierno y dar verdadero sentido a la Democracia para la defensa de un Estado Social de Derecho. Desde ese campo debemos dar los debates, valorar las conductas y enfrentar los desafíos –que no serán pocos- que el Gobierno que asuma el 10 de diciembre tendrá que superar para la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación.

¿Nuevos bipartidismos?

El Peronismo desde sus inicios fue disruptivo en cantidad de cuestiones, particularmente en el escenario político tradicional. En tanto este erigía a los Partidos en exclusiva expresión y único  vector de las representaciones de la institucionalidad liberal de la Democracia.

Su conformación como Movimiento nacional, popular y policlasista, importó el reconocimiento, configuración y conjunción de organizaciones diversas que lo nutrían, transformando al Partido (Justicialista) en tan solo una herramienta electoral que se activaba en los procesos eleccionarios, para desactivarse una vez culminados.

Con el Peronismo se inauguró en la Argentina una nueva etapa, de la Democracia Social, que escapaba a los encasillamientos clásicos de los liberalismos o totalitarismos que dominaban el Mundo occidental; como también, a los que aun hoy se proponen desde una corriente  de pensamiento eurocéntrico.

Entiendo oportunas estas consideraciones, para un debate critico de las interpretaciones postelectorales que se realizan en orden al significado de la voluntad popular expresada en las urnas, como acerca del futuro que se avecina.

Con cierta insistencia se comienza a hablar de un “nuevo bipartidismo”, que resultaría de los votos obtenidos por Juntos por el Cambio (40%), y que –desde esa perspectiva- se presentaría como  un lado de ese binomio.

Ese razonamiento parte de un premisa dogmática no comprobable, que esa fuerza política coyuntural pueda representar una  expresión partidaria uniforme y sostenible en el tiempo.

Es indiscutible que el caudal de votos que acompañara la propuesta anodina de Juntos por el Cambio es significativa, pero no lo es tanto lo que expresa y, menos aún, su probabilidad de perdurar cohesionada.

Una mirada más detenida de las voluntades que se sumaron para brindar ese apoyo, permite formular algunas distinciones imprescindibles. Una primera y necesaria es que, si bien un porcentaje nada desdeñable es manifestación de un ostensible sentimiento antiperonista, ello no equivale a “gorilismo” en tanto convicción netamente reaccionaria, antipopular y antidemocrática.

Otra, para nada menor, es que una fracción de esos electores conforman un sector de notoria volatilidad política que no se identifica como antiperonista ni antikirchnerista, sino que se asume como “apolítica”  e imbuida  de un pragmatismo “desideologizado”.

La distribución que quepa hacer entre esas diferentes vertientes, no es sencilla ni puede discernirse aun claramente, pero su existencia indica la muy probable dispersión frente a una nueva contienda electoral  si el nuevo gobierno es capaz de introducir mejoras en la calidad de vida de quienes habitan estas tierras.

Mucho más probable, por las reglas –no escritas- y las prácticas políticas usuales que siguen a una derrota electoral tan contundente, es la diáspora esperable en gobiernos municipales y provinciales de ese signo, como en la dirigencia y entre los legisladores electos de Juntos por el Cambio. Que irán minando esa coalición política, sumándose o acordando con el nuevo Gobierno, tomando prudente distancia de los perdedores en la reciente contienda comicial.

El mapa político

Los señalamientos precedentes encuentran su correlato en el aluvión de votos que, más allá de sus denominaciones locales, han recibido como apoyo los Gobernadores que encabezando fuerzas políticas integrantes o aliadas del Frente de Todos han resultado vencedores en la mayor parte de las Provincias.

En quince de los veintitrés distritos federales (Salta es la única Provincia que aún no ha tenido elecciones) se impusieron por abultadas diferencias, dato que cobra mayor significado al computar la cantidad de electores y de habitantes que representan en conjunto.

Similar es la descripción a nivel comunal, a poco que se analicen los resultados electorales en los respectivos municipios y la inserción alcanzada en sus legislaturas e intendencias.

Por cierto que no se trata de una absoluta homogeneidad, ni son desestimables determinadas divergencias que ofrece ese mapa político, pero ello no altera el alto grado de unidad que se alcanzara bajo un mismo sesgo opositor y con un mismo signo propositivo en cuanto al Modelo de país que se pretende.    

Cuestiones éstas, que no deberían dejarse de lado a la hora de hacer balances y evaluaciones con respecto a los comicios como al tipo de sociedad que conformamos.

Las incógnitas no eclipsan las certezas

En su gobierno Néstor Kirchner hizo mucho más que lo que prometió en campaña, honró sus compromisos electorales y nos propuso un sueño que, en buena medida, durante su Presidencia y en los dos períodos presidenciales de Cristina Fernández se tornaron realidad.

Hoy una enorme mayoría de argentinos depositaron su confianza en Alberto y Cristina, quienes consiguieron aunar voluntades en un amplio espectro de las dirigencias políticas, sociales, gremiales e incluso de vastos sectores empresariales. No se trató de pura fe, sino de sentimientos y experiencias de vida que, junto a un necesario ejercicio de memoria, dotaron de una racionalidad insoslayable el direccionamiento del voto a nivel nacional, provincial y municipal.  

Las naturales disputas que habrán de verificarse al interior del Frente de Todos no es más que lo que es dable esperar de una coalición gobernante que, por su carácter movimientista, deberá dirimirlas en diferentes escenarios y en variadas instancias. Lo relevante será en todos los casos anteponer la cohesión indispensable para mantener la unidad, a pesar de la diversidad y la pluralidad de intereses en pugna.

Esas entiendo deben ser las cuestiones que nos ocupen, priorizando todo cuanto atienda a las necesidades más imperiosas, exigiendo los mayores sacrificios y aportes de quienes estén en mejor condición para asumir tales responsabilidades, como deponiendo ortodoxias inconsistentes e inconducentes. Mientras tanto, no cedamos a los profetas del odio y gocemos de la alegría de un regreso festivo y con gloria.

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