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Los varones estamos más bien ausentes del debate sobre femicidio. El femicidio no es el asesinato de una mujer. Es el asesinato o la muerte de una mujer por el hecho de ser mujer. Por parte de hombres que consideran a esa mujer como un objeto de su propiedad, en el sentido de que tienen derecho a hacer o dejar de hacer con ellas lo que quieran.

Si uno compara la situación de las mujeres a inicios del siglo XX y en la actualidad hay cambios evidentes: el siglo XX comenzó sin derecho al voto, menos a ser candidatas, en varias sociedades con acceso muy restringidos a la educación, sin derecho a conducir, sin patria potestad compartida. Sin embargo, todos esos cambios jurídicos no han alcanzado a transformar por completo una sociedad desigual y machista.

La cultura machista no se destierra de un día para otro. De hecho, no pocos hombres podemos relatar cuánto hemos cambiado nosotros mismos en el trayecto de nuestras propias vidas. Nacimos en una sociedad patriarcal donde la desigualdad de género estaba más naturalizada que en la actualidad. Pero a la mayoría de nosotros nos cuesta llegar hasta el final de la igualdad.

La cultura de las desigualdades históricas que hay que modificar está relacionada con los crímenes que hay que castigar y hay que cortar de cuajo. Las estadísticas son abrumadoras y complejas. Abrumadoras porque casi 300 mujeres mueren por año en la Argentina por femicidio, una cada treinta horas, y se calcula que en el mundo se supera las cincuenta mil muertes por año. Complejas porque carecemos de estadísticas históricas para saber si crecieron o no estos crímenes. Existe la posibilidad de que haya un incremento en la visibilidad. Pero tampoco se puede descartar una paradoja del cambio cultural. Cuando se torna inaceptable mantener aquellas desigualdades propias del machismo, algunos hombres pueden tornarse más violentos, hasta convertirse en asesinos. Son reacciones habituales de quienes ven cómo se pierde su poder...

No olvidemos que un hombre que naturaliza el machismo puede dar por evidente muchas cosas diferentes: su derecho a decidir si su pareja puede trabajar, puede salir, qué ropa puede ponerse y están quienes consideran que tienen derecho a ejercer violencia física sobre sus parejas, sus hermanas o sus hijas. Complicado: se arrepienten, lo repiten, golpean por celos, porque su poder no es absoluto. Incluso, alegan que "matan por amor". Así lo han dicho muchas veces desde las cárceles.

Obviamente, no es amor. En realidad, es por amor a sí mismos, amor a su poder, por no soportar que ellas sean personas iguales, con los mismos derechos. En todo caso, algunos femicidios serán por la incapacidad de estos hombres de amarlas como seres iguales a ellos, seres que no son propiedad de nadie, sobre los que nadie tiene derechos. El macho que se cree con derecho a todo es lo opuesto de un hombre respetuoso.

A los varones debería avergonzarnos que el escándalo de los femicidios pueda convertirse en "una cosa de mujeres". La mayoría de las voces que se pronuncian, de las personas que se movilizan, son mujeres.

¿Es la vergüenza lo que le impide a un varón machista involucrarse en una campaña contra los crímenes a las mujeres? Incluso, tratando de entender cómo piensa un machista clásico, me pregunto si no siente vergüenza de abandonar esa imagen del hombre protector. ¿Cuál vergüenza es más fuerte?

Para detener esto deben tenerse en cuenta estudios internacionales que señalan tres elementos que pueden reducir los femicidios: campañas contra la tolerancia social a la violencia, una justicia ágil y las políticas públicas apropiadas. Es crucial que la sociedad y la justicia no inflinjan más sufrimiento y humillación a las víctimas. Necesitamos que la sociedad conozca los nombres, los rostros y las historias de estas mujeres. Necesitamos leyes que agraven la pena para los femicidios y que a cualquier femicida se le quite de inmediato la patria potestad sobre sus hijos. Necesitamos que el poder judicial haga justicia. Necesitamos que la educación y los medios de comunicación asuman el rol crucial que tendrán en esta transformación cultural.