Después de la explosión del fenómeno de las series a nivel mundial y la consecuente institución de las plataformas de streaming como principal fuente de entretenimiento, los rumores comenzaron a correr. Las audiencias crecían pero las producciones exitosas, esas que solían estar en boca de todos, parecían ser cada vez menos... Lejos habían quedado los titanes al estilo Breaking Bad o Mad Men. Como en el cine, los superhéroes y los thrillers de época más insípidos estaban colmando un mercado demasiado joven para morir, o al menos para morir así. Y fue entonces cuando Netflix decidió dar una respuesta, tal vez no definitoria pero novedosa: si con la ficción no podía brillar, entonces brillaría con el documental. Una apuesta arriesgada pero inteligente, que sin lugar a dudas ha dado a luz algunas de las producciones más deslumbrantes de los últimos años. Con ustedes, un repaso por los casos paradigmáticos.

Tendríamos que empezar hablando de Making a murderer, la impecable producción creada por Laura Ricciardi y Moira Demos. La historia cuenta el caso judicial de Steven Avery, centrándose en los mecanismos de estigmatización, las torpezas del juicio y la precipitada condena. Se trata de un hombre inocente que, una vez liberado después de haber cumplido injustamente 18 años de prisión, es condenado de nuevo. Making a murderer (cuya traducción podría ser “Inventando a un asesino”) no solo tiene el mérito de haber sido la primera serie documental en atraer al gran público desde la pantalla de Netflix. También fue la primera en establecer el objetivo singular, al que parecen apuntar muchas de estas producciones, de desmontar un espectro de mitos acerca de dos instituciones casi sagradas en Estados Unidos: la policía y el aparato judicial. Delicioso retrato de la típica familia del pueblo yanqui, alucinante investigación acerca de los más escandalosos métodos policiales, valioso aporte a la causa judicial (Avery sigue preso al día de hoy)... Esta pequeña gran serie supo delinear el nuevo territorio al que llegó su propio género con la masividad. Y una de esas bases dice que una serie documental tiene que ser tan adictiva como una serie de ficción.

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De cerca le sigue la cada vez más reconocida The confession tapes. En vez de dedicarse a contar extensamente los pormenores de un caso excéntrico, la apuesta de la directora Kelly Loudenberg fue denunciar el método a través del cual la policía estadounidense arranca confesiones falsas a gente inocente. Lo genial de la esta serie de denuncia es su pragmatismo: cada episodio presenta un nuevo caso donde la policía actúa de la misma forma, y del cual se preservan grabaciones en audio y en video que demuestran fehacientemente su accionar. Podríamos decir que The confession tapes se anima a tomar la posta que muchas otras series documentales dejaron, porque su presupuesto central es que los errores de la policía estadounidense no son involuntarios ni puntuales, sino que provienen de una política institucional. Por supuesto, el visionado de esta producción crudamente realista puede impactar al espectador hasta agustiarlo. Y es que las series documentales generan esa rara fascinación: por un lado, lo que vemos pasó de verdad, y por lo tanto hay un agregado excitante, pero por otro lado, lo que vemos pasó de verdad, y por lo tanto puede ponernos en aprietos a la hora de pensar en qué mundo vivimos.

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Si el espectador busca algo más lírico o más desopilante, algo que nos conecte con esa locura que palpita por debajo de la realidad y que cada tanto erupciona, entonces tiene que echarle un vistazo a las series producidas por los hermanos Duplass. Esta dupla ganadora viene de dirigir algunas de las joyas más brillantes del cine indie yanqui de la década pasada. Diagonalmente, ejerciendo diversos roles, fueron conquistando Hollywood (fueron ellos los que apostaron durante largos años por Greta Gerwig, la gran estrella femenina del momento) y hoy la rompen desde Netflix (mañana, ¿dónde terminarán brillando?).

Comencemos con esa aterradora ojeada al infierno que es Evil genius. Un robo a un banco, una escopeta disfrazada de bastón y un hombre-bomba que, tristemente, termina por explotar, hacen al combo explosivo con el que arranca esta historia enrevesada. Lo que creíamos un suicidio termina por revelarse asesinato. Como si fuera poco, detrás hay una mujer psiquiátrica cuyos ex-novios (son varios) murieron de forma misteriosa. También hay un hombre enorme y soberbio que logra morir llevándose todo a la tumba. Y me olvidaba de una tribu de vendedores de droga, prostitutas y mercenarios que no paran de desfilar ante nuestros ojos. Una inesperada confesión final termina por organizar el relato, aunque quedan más preguntas que respuestas. No podía ser de otra manera cuando lo que se investiga es cómo funciona una mente siniestra.

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Y la segunda serie de los Duplass que queremos recomendar, y con esto cerramos una pequeña lista que sabemos seguirá abierta por un largo tiempo más, es esa maravilla (francamente insuperable) de Wild Wild Country. Estamos, sin duda, ante la mejor serie documental del año. Cuenta la historia de Rajnishpuram, la ciudad que el gurú oriental Osho y sus seguidores construyeron, habitaron y abandonaron durante los años ochenta en territorio de Portland, Estados Unidos. Asistimos a la creación y a la destrucción de una comunidad espiritual inmensa, a las demostraciones de amor y de locura más impresionantes, a los costados más oscuros y más tiernos de ese mecanismo básico de la afectividad que algunos llaman adoración y otros proyección personal. Un líder, su gente, y el intento de crear una nueva moral que amenaza los cimientos ideológicos de los Estados Unidos. Espías, orgías, atentados, pestes, laboratorios secretos, grabaciones escondidas, dinero negro, homeless, ansias de libertad, violencia. A base de unos pocos pero extraordinarios testimonios directos, un minucioso trabajo de archivo y una estructura argumental perfecta, Wild Wild Country deja al espectador sencillamente perplejo al final de cada episodio, flotando en una mezcla de extrañamiento y adrenalina. Nada le falta y nada le sobra a esta joya del entretenimiento moderno, que será recordada más allá de Netflix, de las plataformas de streaming, e incluso del género serie-documental.

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