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El éxito del neoliberalismo tuvo como condición haber ganado la batalla cultural, una lucha que el poder real comenzó hace muchos años y que aún no cesa: las comunicaciones corporativas y un ejército invisible trabajan día a día para formatear el sentido común.

Los think tanks («tanques de pensamiento») son institutos de investigación y pensamiento, grupos multidisciplinarios de expertos, cuya función es la de analizar política, economía, tecnología, cultura y asuntos militares. Buscan desarrollar y legitimar relatos en la opinión pública, promover la adopción de determinadas políticas convenientes a los grupos de poder y realizar operaciones de marketingfinanciadas por empresas. Solo el 12% de los think tanks más importantes a nivel global son transparentes respecto de su financiación.

El concepto tiene origen militar: durante la Segunda Guerra Mundial científicos y militares se reunían para debatir asuntos estratégicos. El primer think tank, la Corporación RAND (Research and Development), fue creado por el general Henry H. Arnold en 1948. Según la Universidad de Pensilvania, la Argentina cuenta con 225 laboratorios de ideas, ubicándose como el cuarto país con más think tanks en el mundo y el primero en la región.

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Los expertos de los tanques de ideas supieron registrar el malestar que experimentaban los trabajadores del fordismo, a partir del cual crearon y diseminaron el clima ideológico para que el neoliberalismo pudiera florecer. En los ´90 instalaron un relato que sostenía la necesidad de liberarse de los Estados planteados como ineficientes y burocráticos, generadores de pérdidas de divisas y tiempo, que conducían al control social y a la sumisión de los ciudadanos. Alentaron la idea de la libertad de mercado y el individualismo, estimulando la privatización de lo público. Promovieron con éxito el desprestigio de la política, los dirigentes y militantes, resultando que buena parte de la sociedad civil gritara “que se vayan todos” en el 2001/2.

El neoliberalismo logró imponerse a nivel mundial y nos encontramos padeciendo sus efectos: precarización del trabajo, la cultura organizada como una empresa y un imperativo de consumo llevado al extremo de comernos los unos a los otros.

Después de la última oleada de los populismos latinoamericanos que se caracterizaron por la presencia de Estados que mejoraron las condiciones de vida de las mayorías, el poder neoliberal debió cambiar el relato basado en la ineficiencia. El viejo argumento fue sustituido por el de la corrupción de los gobiernos populistas y sus militantes ñoquis que viven del Estado.

En la Argentina la “lucha contra la corrupción” fue la carnada que permitió seducir y convencer a la mayoría de los votantes de Cambiemos, mientras que el objetivo no explicitado fue la vuelta al modelo neoliberal. La caja de herramientas utilizada por el poder para manipular a la opinión pública consistió en medios de comunicación concentrados, periodismo de guerra, compra de funcionarios, judicialización de la política y persecución de opositores. El gobierno de Cambiemos declaró violento al pueblo y, de manera hipócrita como si no estuviera haciendo política, trató de acallar la política a favor de la gestión.

Una parte importante de lo social no compró el viejo mensaje neoliberal travestido en odre nuevo y los consejos duranbarbescos que solo buscan manipular. La experiencia kirchnerista permitió que muchxs volvieran a creer en la política, la militancia y la participación como herramientas de transformación, dejando atrás la impotencia y el escepticismo adquiridos durante los ´90.

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Durante estos años del gobierno de Cambiemos, una activa oposición fue creciendo en unidad y organización, siendo probable que un frente plural resulte ganador en las próximas elecciones. Sabemos que con el triunfo electoral no se terminará la patología social que instaló el neoliberalismo: odio, individualismo y una lógica empresarial aplicada a la cultura, que plantea como obvio que sea manejada como un negocio. Hoy sabemos que no alcanza con ganar el gobierno y mejorar las condiciones de vida de la gente, es necesario, junto con la construcción del frente, comenzar a dar la batalla cultural que implique un giro hegemónico que rechace el modelo neoliberal y la moral del gerenciamiento; de lo contrario, el frente de unidad tendrá sólo un objetivo electoral.

El campo popular no se maneja con tanques de pensamiento, no cree en los expertos ni en el manual de instrucciones, sino en la política. También sabe que no se trata de producir un cambio cosmético de imagen y buenos modales, sino de enfrentar y desarticular colectivamente las creencias neoliberales naturalizadas, construyendo un “nosotros” con posibilidades políticas reales, teniendo en cuenta que la partida se juega, en principio, desde dentro del dispositivo neoliberal.

La batalla cultural, prioridad en la agenda política, va de la mano de la construcción del frente de unidad que disputará la hegemonía. Surgen algunos interrogantes sobre la estrategia: ¿será capaz de realizar una experiencia democrática articulando diferencias y cediendo todxs una parte o será un nuevo combate de egos? ¿Podrá construir sin odios, sectarismos y melancolías, renunciando a una vuelta al pasado? ¿Estará a la altura de mantener lo político y la heterogeneidad como una causa abierta, que se custodie entre todxs y donde juegue la diferencia? ¿Será posible implementar la modalidad del debate entre adversarios mayores de edad y hacer de eso una regla?

En tanto responde a un determinismo de constelaciones históricas, legados, memoria compartida y un deseo de construir un pueblo opuesto al poder neoliberal, el frente no será una creación ex nihilo, pero su alcance emancipatorio no se decide antes de la experiencia y de la voluntad popular.

Menos dogma, menos egos y más risa, tomándolo muy en serio.