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El neoliberalismo, un dispositivo de concentración en pocas manos, crece a expensas del sacrificio de la mayoría social. Aumenta la pobreza y la desocupación, porque la timba financiera no precisa del trabajo y de las personas, ni siquiera para explotarlas. La subjetividad neoliberal sobrevive amenazada con la pérdida del trabajo, en situación de precarización o de calle.

El modelo neoliberal del gobierno de Cambiemos arrasó con la mayoría de los derechos produciendo desocupados en serie, que quedaron fuera del sistema y sin posibilidad de reinsertarse, transformados en restos improductivos, ganados por la depresión o la angustia. La cloaca mediática de difamación suele denominarlos “vagos” o “choriplaneros”, que viven a costa del Estado, atribuyéndoles un fracaso personal que transforma la falta del Estado en culpa del sujeto. En realidad se trata de los excluidos y desamparados de este modelo tanatopolítico.

El psicoanálisis enseña que el ser humano no se gestiona solo ni individualmente; el cuerpo, singular y social, está permanentemente atravesado por el Otro. Para ingresar a la cultura y constituirse como sujeto, resulta imprescindible la presencia del Otro que cuide y escuche el grito indefenso que expresa necesidad de amparo. De no cumplirse esta condición, una angustia radical, pulsión de muerte, avasalla al aparato psíquico.

El neoliberalismo, un sistema totalitario que rechaza la política y se orienta por la ideología empresarial, considera que el Estado protector implica un gasto y en consecuencia no escucha ni alivia los padecimientos de su gente: cada uno deberá sobrevivir y salvarse con su meritocracia, como pueda. Un cuerpo social y singular de carne y hueso, afectado por el neoliberalismo depredador, grita se angustia y sufre. Se trata de un sistema que avanza globalmente, es indiferente al otro, promueve el máximo individualismo y, en consecuencia, la destrucción de la comunidad y los valores del Estado protector y solidario. La subjetividad neoliberal angustiada “cae” en posición de objeto en una indefensión radical sin el amparo de los derechos y fuera de la ley.

Desde el siglo XX, junto al avance planetario del neoliberalismo constatamos el crecimiento, en la Argentina como en gran parte del mundo, de movimientos evangélicos. Frente a la ausencia del Estado protector y de instituciones capaces de cuidar y escuchar el sufrimiento subjetivo, ese lugar vacante fue ocupado por la religión, sobre todo por el evangelismo pentecostal. Se trata de una teología que se basa en la escucha de testimonios singulares y en el vínculo directo, personal y sin burocracia, con Jesús, el Espíritu Santo y, a través de él, con Dios.

El Espíritu Santo en esta religión no es una metáfora sino la posibilidad de una experiencia, una presencia que se manifiesta en el cuerpo y que cura enfermedades del alma, la mente y el cuerpo. Estas enfermedades no son el resultado de causas “naturales”, sino parte de un mundo en el que el mal espiritual afecta a las personas. El demonio tampoco es una metáfora, sino una fuerza espiritual encarnada que amenaza la salud, la prosperidad, el bienestar y puede ser “sanado” con la presencia o acción divina. El Espíritu Santo mejora las relaciones familiares, favorece el éxito en exámenes, negocios y la vida cotidiana. Los principios del pentecostalismo implican la experiencia de un Dios activo y de una teología de la prosperidad que considera el éxito económico como resultado de un vínculo aquí y ahora con dios, a diferencia de las concepciones clásicas calvinistas del éxito económico como salvación futura.

Las formas de organización pentecostal consisten en redes de iglesias que albergan concurrencias y en las que circulan miles de fieles. También abarcan instituciones de producción cultural, editoriales, sellos y emprendimientos musicales, crean experiencias y estéticas comunes. En resumen, el evangelismo pentecostal logra un vínculo directo con los creyentes, escucha lo íntimo y funciona como soporte del dolor subjetivo, ofreciendo un alivio, una vía de escape y un sentido en la vida.

Lacan, en una conferencia de prensa mantenida en Roma el 29 de octubre de 1974, anunció un futuro “triunfo de la religión”, que iba a ir de la mano de las profundas modificaciones operadas por la ciencia y la tecnología que organizarían los modos sociales. Anticipó así el absolutismo capitalista no regulado, el control irrestricto que ejerce sobre nuestras vidas, una epidemia de angustia que se propaga por el planeta. La multiplicación de la miseria, la precariedad laboral, el desempleo junto a las reestructuraciones operadas por las tecnologías de un mundo hecho imagen virtual.

Una subjetividad debilitada en el recurso al pensamiento, viviendo en el tiempo de la urgencia, hablada por los medios de comunicación concentrados y por una configuración de cableados, inteligencia artificial, binarismos y algoritmos de una tecnología digital. Una sociedad que se comunica cada vez más por máquinas y cadenas algorítmicas matemáticas y cada vez menos por el encuentro de los cuerpos.

El sujeto no se arregla solo, precisa ser acogido y contenido por el Otro. En la era neoliberal, el lugar vacante de amparo y protección generado por la ausencia estatal o institucional fue ocupado por el evangelismo pentecostal que estableció lazos sociales reales, no virtuales y ofreció una escucha cuerpo a cuerpo.

La reinstalación y el fortalecimiento de un Estado capaz de escuchar el sufrimiento subjetivo se convierte en una tarea principal. Tal vez constituya el desafío político más difícil y el más alto grado de democratización lograr un Estado laico que represente a la mayoría y aloje el sufrimiento de uno por uno.

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