Para el filósofo contemporâneo Slavoj Žižek el fascismo es “Una revolución conservadora que surge para reafirmar y reasegurar las jerarquias tradicionales de una sociedad”, Žižek continua llamando Donald Trump como un “modelo de conservador posmoderno”.

Durante doce años de gobierno, el Kirchnerismo no hizo más que incomodar a los sectores tradicionales del poder en Argentina. Durante doce años desfilaron furiosos por TV, todos los representantes de la vieja política, el viejo periodismo conservador, el sindicalismo entreguista, Susana Giménez y Mirtha Legrand. Todos escandalizados ante cada medida, cada avance en cuestión de ampliación de derechos, de redistribuición de ingresos. Incluso con los números de la economia mostrando un crecimiento histórico e inaudito, estos sectores parecían no soportar que por primera vez no sean solo ellos los beneficiados por las políticas de estado del momento.

En Estados Unidos, los números muestran que la administración de Obama había conseguido varios logros en cuestión de expansión económica e reducción del desempleo. Esto no impidió la elección de Trump, con su discurso de odio belicista, racista e xenófobo.

En Brasil, ni el más radical de los antipetistas tiene argumentos para negar el histórico crecimiento económico que el país tubo durante los dos primeros gobiernos de Lula, cuando llegó a ser, por primera vez, sexta potencia económica del mundo. Incluso en los años en que Dilma enfrentó una recesión que mucho tenía que ver con condicionamientos de la economía global, la gran mayoría de los analistas económicos elogiaron la administración de la Roussef porque hizo de la crisis algo mucho más tolerable de lo que políticas neo liberales habrían provocado.

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Macri, Trump y Bolsonaro nunca fueron ni de cerca “la nueva política”. Macri cargaba escándalos de corrupción como empresario y fue un mediocre jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, donde también los escándalos de corrupción son innegables y variados. Trump participa hace más de 20 años, de forma activa y pasiva dentro del Partido Republicano con casos de corrupción vinculados a sus negocios con el estado, y Bolsonaro es un estéril diputado por Río de Janeiro desde 1988, conocido por haber contribuido escasamente desde su lugar de parlamentário, aprobando dos proyectos en dos décadas de función. En los tres casos citados, lo que sorprende es que estos personajes hayan sido los abanderados del discurso del “trabajo duro” y de la “nueva política”.

En este sentido Slavoj Zizek dice que estamos ante el surgimento de un fenómeno llamado de “Conservadurismo posmoderno”, que se opone al conservadurismo tradicional en el sentido de que sustenta toda su fuerza en el discurso de impacto mediático. Poco tiene que ver con una enojo real de sectores conservadores ante cambios culturales y ante una perdida de valores de una sociedad en decadencia.

Macri con sus trolls de call center y Donald Trump y Jair Bolsonaro con su uso de whatsapp para la divulgación de “fake news”, nada o poco tienen para ofrecer como políticas de estado modernas u originales. Poco les interesa una restauración de los valores perdidos. Sus acciones públicas siguen siendo escencialmente golpes de shock mediáticos. Macri, aplicando una receta neoliberal clásica de ajuste apela como nadie al emocionalismo mas elemental para crear un lazo de identidad con el ciudadano. El aparato de propaganda lo pone en situaciones insólitas en que aparece “de sorpresa” en panaderías, restaurantes y diferentes Pymes.

Donald Trump y su discurso belicista y nacionalista llega al punto de bombardear impunemente Siria, amenazar con una catástrofe nuclear con Corea del Norte o amenazar permanentemente Venezuela, como lo haría un patriarca de la antiguedad. Invierte tiempo, dinero y recursos propagandísticos para alimentar el racismo y la xenofobia, sobre todo para con su vecino Mexico.

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Para los que vivimos en Brasil, el caso de Jair Bolsonaro cruza todos los límites. A diferencia de los otros dos presidentes, Bolsonaro no tiene su orígen como empresario de éxito. Autodeclarado un verdadero ignorante en economía y siendo un fracaso como político, su figura se reduce a declaraciones bizarras y violentas. Parecido con Macri en su incapacidad de articular discursos fluidos y coherentes en público y con Donald Trump en buscar enemigos en los cuales depositar su furia psicótica tanto dentro como fuera del país.

Bolsonaro consiguió condensar lo peor de todos los candidatos conservadores de la actualidad, llegando al punto de escandalizar a los mejores periodistas de diarios internacionales como el Times, el New Yorker o Le Monde. Llegando a escandalizar al propio Le Pen, que lo considera “un caso peligroso y extremo”.

En este sentido, la economía de Brasil corre un enorme peligro ( y por arrastre, la economía de la región también). En cinco meses de gobierno, Bolsonaro ya mostró el mismo tipo de política económica que caracteriza al gobierno de Macri, de quien es admirador. Metió la mano en políticas publicas de financiamento estatal, recortando inversiones en educación y en la industria del cine, sin declarar, claro está, adonde irá a para ese dinero. Privatizó doce de los aeropuertos más importantes del país, sin aviso previo y festejándolo como si fuera una victoria histórica, cuando en realidad, estas concesiones por treinta años no serán suficientes para costear el valor total de lo que costó construirlos. Similar al comportamiento de Macri, Bolsonaro festeja cada medida como logros históricos, sin importar que los datos concretos muestren que esto no se condice con la realidad. El golpe, el shock mediático ya está dado y cuando alguien llegue para desmentir, la percepción de realidad que el ciudadano desprevenido tiene ya habrá sido contaminada.

Macri arremete con su topadora ajustista, incluso con la maniobra electoralista de los “Precios Esenciales” que intenta revitalizar su figura de populista precario. Trump acaba de pedir al Congreso U$SD4.500 millones más para construir el muro con México. Bolsonaro prepara la reforma previsional, una profundización de la reforma laboral de Temer y enciende motores para llevar adelante la privatización histórica de los correos y de Petrobras. En Brasil se especula que sus apariciones grotescas pretenden crear escândalo para desviar la atención de los grandes cambios estructurales que se vienen para la economía del país: una entrega del patrimonio estatal como nunca antes sucedió, como no se animaron a hacer ni los propios militares del golpe del 64.

Este conservadurismo posmoderno, va a dejar una huella difícil de borrar en las estructuras económicas de los países por los cuales pasó. Un fracaso electoral de Macri en octubre podría alertar a las clases populares de la región sobre las consecuencias de una experiencia neoliberal. Es una esperanza un tanto mezquina pero que pondría fin a está sangría de capitales que llevó a la Argentina a temer con un nuevo default y que parece llevar a nuestro gigante vecino por esta misma y fatídica dirección.

*El autor es periodista, escritor y cineasta radicado en Brasil.