Ciudad de la Furia, la famosa canción de Soda Stereo, aparece varias veces en nuestras cabezas cuando transitamos Buenos Aires. Muchas veces por el caótico tránsito, el subte colapsado o el bondi que no llega. Otras por el pegajoso calor o los cortes de luz. Pero realmente la Ciudad “donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos”, es aquella donde muchas personas, familias enteras, duermen, viven e intentan mantener su dignidad de las calles porteñas.

Buenos Aires, la ciudad moderna, la turística, la artística, la que recibe intelectuales y famosos del mundo, la del G20, la del Colon, la de calle Corrientes y las cenas de galas; es también la Buenos Aires de la pobreza, la tristeza, la desesperanza, la de 198.000 personas que viven en la indigencia, donde 1 de cada 5 personas es pobre y 312.000 personas están en situación de vulnerabilidad económica. La Ciudad de la Furia lo tiene todo y, por eso quizás, de tanto enojo, ira, rabia. La desigualdad genera malestar, las tristes cifras de la situación socioeconómica que nos deja el 2018, resume la verdadera furia que transmite la ciudad.

Y sí, se puede decir que en las grandes capitales se junta todo, lo bueno y lo malo del país. La crisis económica nacional se ve en las calles porteñas. Algo de eso es cierto: con la devaluación de más del 100% de nuestra moneda, la inflación anual arriba del 42% y la caída de la actividad económica del 7,4%, es normal que se vean las consecuencias en el territorio urbano. Ahora bien, también es real que esta crisis afecta particularmente a quienes menos tienen y aumentan la desigualdad existente en el distrito más rico de la Argentina.

En la Ciudad de Buenos Aires, además de los tarifazos en luz, agua y gas, el transporte en aumentó un 62% y, solo para poner unos ejemplos, la yerba aumentó el 71,2% y la manteca el 51,6% en el 2018. Es decir, los rubros de alimentos, servicios del hogar y transporte, los que más proporción de sus ingresos destinan los hogares de bajos recursos fueron los que más aumentaron. Sube así la desigualdad, esa muchas veces expresada entre el norte y el sur de la ciudad. Para peor, la inercia de la inflación se mantiene, y ya salieron titulares indicando que los alimentos en la Ciudad subieron 1,92% solamente en la primer quincena de enero del 2019.

Así empezamos el año. Sabemos que una familia tipo (dos adultos y dos niños) necesita de 24.000 pesos por mes para no ser pobre, cuando en enero del 2015 necesitaba 10.000 pesos para no serlo. La escasa actualización de los sueldos, seguramente implique que muchos hogares hayan adoptado una estrategia de búsqueda de dos o tres salarios medios para no ser pobre.

Y es que esa sensación de “no llego a fin de mes”, se convierte en real cuando nos damos cuenta de que en la Ciudad esa familia tipo necesita casi 40.000 pesos al mes para no estar en una situación de vulnerabilidad económica. Esta difícil situación se combina con algunos elementos claves, propiamente de carácter urbano: un mercado inmobiliario desregulado con precios de alquileres por las nubes (o en dólares), falta de vacantes en las escuelas públicas, hospitales lejos del alcance y en malas condiciones, barrios de emergencia aislados… y no nos olvidemos del rechazo de la violencia institucional ejercida por las fuerzas de seguridad. O sea, frente a la violenta situación económica nacional, no vemos un gobierno porteño dedicado a hacer planes de emergencia alimentaria, emergencia sanitaria y emergencia farmacológica para personas mayores. Es más, en lugar de abrir más escuelas, amenazaron con cerrar las nocturnas.

Es decir, recapitulando, la grave crisis económica nacional (autoinducida por el juego a favor de la timba financiera), se traslada a nuestras cotidianeidad con mayor inseguridad económica, mayores riesgos y, por tanto, muchos de los que ya estaban en la base de la distribución de la riqueza perdieron la capacidad de “remarla” y terminaron en la calle. Al neoliberalismo no le importa, son los costos que pagamos por haber “vivido por encima de nuestras posibilidades”, por tener empresas “no competitivas”. Pero detrás de cada una de esas 198.000 personas hay una vida, hay una historia y hay un fracaso colectivo, como sociedad, de no permitir que una persona pueda tener oportunidades básicas para desarrollar su proyecto.

Hay una elemento más que quienes lean esta nota debemos tener en cuenta. La distancia social que aplicamos cuando caminamos, pasamos delante de personas en situación de calle y cruzamos de vereda, o no miramos la cara de quienes nos piden una ayuda, no es solo una construcción teórica, es cotidiana y práctica. Cuando alguien nos pide una moneda, los pibes y las pibas que buscan algo de comer, cuando vemos la angustia de esas madres tan jóvenes, que solo pueden darle la teta a sus hijes, cuando hacemos de esa distancia social una costumbre caemos en una doble trampa. Por un lado mentirnos a nosotros mismos, creyéndonos personas incapaces de poder caer en la pobreza y, por otro lado, agravando la situación de esas personas, que pasan a ser ignoradas por la sociedad. Las sociedades que ignoran, que rechazan, que no reconocen las identidades, son las sociedades violentas, inseguras, donde el espacio público pasa a ser un campo minado que hay que evitar, llegar rápido a casa para no ver.

Esas ciudades de la furia son construcciones, evitables. En el 2019 también se elige Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, replantearnos en términos políticos y sociales la respuesta a la indigencia, a la pobreza y a la desigualdad en la Ciudad debe ser parte de nuestras prioridades. Para que la canción de Soda Stereo no se cristalice como lo natural, el PRO debe irse de la Jefatura de Gobierno.