Algunas pocas consideraciones introductorias, siempre necesarias y quizá no lo suficientemente repetidas. La economía es una ciencia. Que sea una ciencia significa que tiene leyes que explican sus fenómenos. Luego, que existan leyes supone que se pueden hacer predicciones. Por ejemplo, la ley de la gravedad permite inferir que si se suelta un objeto a cierta distancia del piso, éste caerá. La formulación de leyes que efectivamente expliquen los fenómenos es el requisito epistemológico más elemental que se le demanda a cualquier ciencia.

Las tradicionales predicciones fallidas de los economistas no son, entonces, un problema de la economía como ciencia, sino el producto de la mala teoría. Hablar de teorías “buenas y malas” no parece, sin embargo, muy científico. Detallemos un poco más. La economía no se ocupa solamente de cómo se producen y circulan los bienes y servicios, sino también de cómo se distribuye el valor agregado en el momento de la producción. No trabaja en la serenidad ascética de un laboratorio, sino en un escenario de disputa, en la historia, que como decía Marx es el espacio de la lucha de clases. El razonamiento es tautológico, la lucha de clases es precisamente la disputa por quién se queda con el excedente generado en la producción, dato que comprendieron muy bien los “subversivos” economistas clásicos y sintetizaron en una simple ecuación matemática: la que expresa la relación inversa entre la tasa de ganancia y el nivel de salarios.

Por todo esto, la economía no es sólo una ciencia, sino también un discurso de legitimación de una determinada forma de distribución del excedente. La corriente principal de la economía, la ortodoxia marginalista que se enseña en la mayoría de las universidades del mundo, funciona como el discurso del poder, legitima una correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo, entre el empleador y su empleado. El problema es que cuando el objetivo es legitimar un orden, antes que explicar los fenómenos, las “leyes” resultan una creación ad hoc y, naturalmente, pierden su capacidad explicativa, lo que es lo mismo que decir que dejan de servir para predecir. Son leyes falsas. La “mala teoría” no es, epistemológicamente hablando, teoría. A pesar de las apariencias revestidas con abundante formalidad matemática, la ciencia deja de ser ciencia y deviene en discurso.

¿Qué tiene que ver todo lo expuesto con la vida cotidiana y la realidad argentina? Diariamente, el discurso de la economía se utiliza para legitimar que usted, si vive de un salario, la industria o el comercio, pierda progresivamente parte de sus ingresos. Es decir se usa para legitimar un profundo cambio de la estructura productiva que destruye sistemáticamente las actividades de mayor valor agregado local.

Debe entenderse que los verdaderos objetivos de la actual política económica son principalmente dos: profundizar el cambio de los llamados precios relativos o básicos –bajar salarios y subir tarifas– y resituar a la economía local en el mundo como proveedora de commodities e importadora de todo lo demás. El objetivo a legitimar es que gane el capital financiero por sobre el trabajo, pero también transformar regresivamente la estructura productiva desarticulando las actividades de mayor valor agregado.

En los últimos meses, la prensa del régimen comenzó a “reconocer” que la gestión macroeconómica del macrismo es muy mala y que será necesario hablar de otra cosa durante la campaña electoral presidencial. No es exactamente así. La Alianza Cambiemos fue hasta ahora muy exitosa y rápida en el logro de sus dos objetivos principales. Su problema es otro: cómo articular el logro de los dos objetivos ya conseguidos con la legitimidad política, una tarea que nuclearmente le corresponde al discurso económico.

Los lectores seguramente no necesitan que les cuenten sobre la pérdida del poder adquisitivo de sus salarios, si son trabajadores, o que cayeron sus ventas y aumentaron sus costos si son comerciantes o tienen una pyme industrial. También saben que lo peor está por venir. La economía se encuentra en medio de una recesión que será duradera y en consecuencia seguirán deteriorándose todos los indicadores sociales y económicos. Las noticias de los próximos meses serán las caídas constantes hasta el punto del aburrimiento. La fuerte recesión será el dato cotidiano y la prensa del régimen hará malabares para crear una “contra agenda”. Se descarta que uno de los tópicos será el más instalado y el que más dividendos le rindió hasta ahora a la Alianza gobernante: la vuelta de tuerca sobre el “se robaron todo”, la asociación de la oposición política con un poder mafioso y la profundización de la militancia del partido judicial y los servicios de inteligencia contra las figuras del gobierno precedente. A ello se sumarán las tácticas tradicionales del populismo de derecha, como la exaltación del punitivismo en materia de seguridad. Los problemas de “inseguridad” cobrarán nuevo peso en las primeras planas.

Al discurso económico, mientras tanto, le quedará la tarea de “explicar” que el rumbo que condujo la economía a la recesión y provocó inmensas transferencias de recursos del trabajo al capital “es el único posible” y que la pesada herencia generada entre diciembre del 2015 y el presente es, en realidad, consecuencia del gobierno que abandonó el poder hace más de tres años. Estamos en presencia de uno de los más grandes triunfos históricos del marketing político. Aunque parezca increíble, una parte de la población afectada por el modelo creyó en su culpabilidad, que vivió una fiesta de consumo, salarios más altos y tarifas más baratas que en realidad no merecía y que por lo tanto sus penurias actuales son merecidas.

Mientras tanto, a nivel macroeconómico, la apuesta oficial de máxima consiste en evitar a toda costa una nueva crisis cambiaria antes de las elecciones. El precio del dólar, al ser una mercancía que no se produce localmente, depende de la oferta y la demanda. Como Cambiemos no hizo nada para aumentar la oferta más allá de la toma desaforada de deuda, es decir no se aumentaron las exportaciones ni se sustituyeron importaciones, cuando se cortó la posibilidad de seguir endeudándose y se recayó en el FMI, no quedó otro camino que intentar cortar la demanda de dólares. Se hizo por dos vías principales. Una política monetaria híper contractiva y una súper tasa de interés. El objetivo fue secar la plaza de pesos y el resultado fue la actual recesión. Nótese que la recesión no fue el producto de un error, sino una decisión de política. La contracción económica supone efectivamente una reducción del déficit de la cuenta corriente: si se consume y produce menos se importan menos bienes y servicios. El costo social es altísimo, pero funciona.

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El problema son los subproductos. El gobierno logró frenar la demanda de dólares, pero sólo transitoriamente. La masa de dinero absorbida vía tasa de interés es una masa que se incrementa en torno al 50 por ciento anual y que, frente a un cambio de escenario, puede convertirse nuevamente en demanda de dólares. Luego, la oferta local futura de dólares es la aportada fundamentalmente por los exportadores agropecuarios, quienes en un año de incertidumbre no tendrán mayores incentivos para liquidar sus ventas externas, es decir ofrecer sus dólares por pesos al actual nivel del tipo de cambio. Por ahora, el gobierno disfruta de una calma cambiaria que deriva parcialmente de la baja del riesgo país para los mercados emergentes, lo que a su vez responde a que Estados Unidos está subiendo la tasa de interés a una velocidad menor a la esperada.

Aquí entra el segundo factor de incertidumbre en el que también influye el riesgo país. La plata del FMI alcanza para pagar los vencimientos de deuda de 2019 pero con el supuesto de una alta renovación. Un cambio de escenario que baje las renovaciones de Letes, por ejemplo, podría acelerar los tiempos de un default o reestructuración “amistosa”.

Los dos subproductos suponen una alta incertidumbre macroeconómica. La evolución depende de demasiados factores que el gobierno apenas controla, un filo de navaja que tiene a un lado el precio del dólar y al otro la posibilidad de un default. Por ahora el desenlace logró postergarse gracias al aporte de los dólares del FMI, es decir al fuerte apoyo político de Estados Unidos para evitar el regreso del “populismo”. Dicho de otra manera: el desenlace se postergó transitoriamente a cambio de más y más deuda. Hablemos de pesada herencia.-

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