"La amistad es la gran fuerza aglutinante en toda lucha y nada puede desarrollar la solidaridad indispensable como la existencia de una verdadera amistad. Yo sé que esto no es fácil en las circunstancias actuales, pero cuando todos los peronistas trabajen por el bien común, la amistad será su consecuencia” Juan D. Perón.

Cómo resolver la hostilidad social y establecer lazos amistosos fue una pregunta, una búsqueda y una aspiración constante en las religiones, la teoría política, el derecho, la filosofía y el psicoanálisis. En torno a este problema la civilización intentó múltiples respuestas deambulando de fracaso en fracaso, entre otras cosas, porque la pretendida “fratenidad”, paradójicamente, funcionó como obstáculo ¿Es posible la construcción de una comunidad política basada en verdaderos lazos amistosos?

A pesar de que la Fraternidad integró, junto con la Libertad y la Igualdad, el lema de la Revolución Francesa, no figuró en la Constitución Argentina de 1853 ni en sus reformas posteriores. Casi un siglo después, la Declaración Universal de los Derecho Humanos de las Naciones Unidas, que en 1994 tomó jerarquía constitucional, expresó que todos los seres humanos deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

La fraternidad, entendida como hermandad de hombres, fue uno de los tantos intentos fallidos ideados para disminuir la hostilidad en las relaciones sociales. Nada bueno podía esperarse de los hijos de la cultura patriarcal que recibieron una transmisión cuyos rasgos principales fueron la violencia contra las mujeres, la posesión de ellas y de los bienes y las relaciones establecidas por el par poder-sometimiento,

Lo social organizado por la combinación thanática de patriarcado, fraternidad fracasada y neoliberalismo condujo a la violencia, al racismo y a una segregación en aumento contra todo aquello que no entre en el conjunto de los hombres. Una serie de iguales constituye una psicología de las masas e inevitablemente segrega lo que se presenta como heterogéneo: las mujeres, los extranjeros y diversas formas de excluidos que no cuentan ni siquiera como cifras. En una masa unificada no hay lugar para el prójimo como “otro diferente”, sino solo para individuos identificados entre sí, que funcionan como dobles. La fraternidad, una sociedad de hombres caracterizada por la presencia de celos, rivalidad y agresividad, reprodujo la lógica de la cultura patriarcal. ¿Qué se puede esperar de una cultura que no es hospitalaria con la alteridad, en la que las mujeres no valen sino como resto segregado y el diferente es humillado, maltratado y explotado?

Una hermandad de hombres uniformados y atontados que excluye a las mujeres constituye un sistema de concentración de poder jerárquico, antidemocrático, que busca dominar. Una cultura establecida por el poder y la obediencia a una supuesta potencia, en realidad es el ejercicio de una violencia que encubre la propia impotencia. Un orden así es incapaz de generar lazos amistosos en el tejido social y pacificar las relaciones, como se evidencia en el incremento planetario de la hostilidad al que asistimos. Es necesario asumir el callejón sin salida al que condujo la sociedad organizada desde la fraternidad y decidirse a experimentar nuevas formas.

Sororidad es una nueva y hermosa palabra que aún no está en el diccionario de la Real Academia Española. En años recientes fue incorporada por el activismo feminista, que avanza desconcentrando el poder y desarmando el monopolio legitimizado hasta ahora de la palabra masculina. La raíz de sororidad es “soror”, que alude a una relación de hermandad entre personas de sexo femenino. La sororidad va más allá de lo lingüístico, supone amistad entre mujeres diferentes y pares que se encuentran y se reconocen en el feminismo: movimiento que se propone trabajar, crear y convencer de un sentido profundamente libertario hacia la vida.

Sororidad es un enunciado performativo; esos enunciados constituyen expresiones, podríamos definir con Austin, que no se limitan a describir sino que al ser proferidas transforman la realidad. Un ejemplo muy sencillo podría ser cuando un juez dice: “Los declaro marido y mujer”, al pronunciar esa frase el matrimonio se constituye una nueva realidad.

Sororidad define la relación de hermandad y solidaridad entre las mujeres, constituye una nueva forma de entender el mundo y de habitarlo: una posibilidad menos hostil, más amistosa y más amorosa. El salto del feminismo, la rebelión de las que no contaban, produjo un corte acorde con la afirmación de Freud en Psicología de las masas: el amor de la mujer se opone a la masa de hombres y la puede interrumpir.

El feminismo se interroga sobre asuntos cruciales que la política no tuvo en cuenta hasta ahora como el amor, el deseo, la diferencia sexual, la relación con el otro, la igualdad, la maternidad como una opción y no una obligación, y el derecho al aborto libre, seguro y gratuito.

Suponer que este movimiento consiste en la realización de una nueva identidad femenina diferente a la tradicional es vaciarlo de contenido, banalizar su apuesta emancipatoria y asimilarlo al mercado. Estamos ante un movimiento libertario que abre nuevas preguntas y no clausura con respuestas dogmáticas establecidas.

Un mundo más femenino se presenta contra todas las formas de poder, sometimiento y violencia, porque un mundo menos fálico será posiblemente más amoroso. El amor es un afecto que no entra en ninguna contabilidad ni cálculo, que no se compra ni se vende. El lazo amoroso en todas sus expresiones permitirá un mundo menos capitalista menos hostil y más amistoso. “Volverse mujer” no refiere a la biología sino que se presenta como un componente fundamental que se incorpora a la vida republicana. El amor se convierte en un afecto político privilegiado y la sororidad comienza a encontrar su dignidad surgiendo como categoría política, que deberá ser incluida en una nueva Constitución.

La sororidad es una palabra política que implica una ética, ya que expresa un deseo de emancipación de las mujeres, y es instituyente porque interrumpe el fracasado orden patriarcal-fraternal establecido. Vino a reconfigurar lo visible y lo invisible, lo pensable y lo posible, prometiendo una nueva forma de hacer comunidad basada en vínculos horizontales, amistosos, solidarios y democráticos.