En cualquier esquema institucional, sea en la órbita del Estado o en el de las organizaciones de la sociedad civil, suelen confundirse la representación y la representatividad, cualidades que –aunque constituya una razonable expectativa- no necesariamente se manifiestan de forma conjunta.

La representación es la consecuencia de un proceso reglado que erige a una o a varias personas en formal mandatario o directivo de un colectivo, expresando su validez conforme al ordenamiento legal imperante. En un Estado democrático, por ejemplo, en tanto resultado del procedimiento electoral respectivo, lo que se replica en otras entidades como los partidos políticos, las organizaciones sociales o sindicales, clubes u otras asociaciones civiles de muy diversa naturaleza.

La representatividad, que debería ser una consecuencia e inexorable manifestación de la representación alcanzada, hace a la legitimidad de la representación. Significa que quienes han sido ungidos para ejercerla actúan de consuno con la voluntad de sus electores y su obrar se corresponde –lo más fielmente factible- con los anhelos, propósitos e intereses de los representados que han confiado en ellos para constituirlos en sus representantes.

No será preciso abundar en detalles para concluir en que representación formal y representatividad real, en la actualidad, más que como un binomio inescindible se nos presentan como términos de una ecuación ideal y cada día más lejana la una de la otra.

La apreciación precedente no se limita a una determinada especie de representación, pero habré de ceñirla al ámbito gremial para su análisis y la búsqueda de alternativas que permitan una mayor aproximación de los términos referidos.

Decisiones y opiniones

En lo sindical, establecer el tipo de organización y elegir sus dirigentes es de resorte exclusivo de los trabajadores de cada gremio, como corresponde a la dirigencia gremial decidir la implementación de organizaciones de nivel superior y eventuales Centrales sindicales, definiendo sus programas de acción.

Sin embargo, nadie puede dudar sobre la proyección, injerencia y protagonismo que el Movimiento Obrero ostenta en el campo político. Al punto, que es impensable prescindir de los trabajadores y sus organizaciones en cualquier proyecto popular y nacional que se proponga alcanzar transformaciones profundas en la calidad de vida de la población, con Justicia Social.

Esa caracterización del universo sindical, sin desconocer el papel que les corresponde internamente en la toma de decisiones a quienes lo conforman, legitima las opiniones –críticas y propositivas- de la sociedad política en su conjunto, como particularmente de todos los actores del Movimiento Nacional que son conscientes y no prescindentes del papel relevante que a aquéllos les corresponde.

Promover la participación

La potencia indiscutible del Modelo Sindical Argentino, generador de una concentración en la representación que amplía sustantivamente las capacidades de negociación y de conflicto de los sindicatos, impone que se aseguren niveles crecientes de participación a los efectos de alcanzar y sostener una razonable representatividad.

Con el Equipo de Investigaciones en Derecho Sindical tuve oportunidad de participar en dos Programas -desarrollados en el ámbito de la UBA entre los años 2009 y 2013- dedicados al análisis de los regímenes electorales sindicales en Argentina, resultando de los mismos la elaboración de un Código Electoral Sindical.

El cuál, sin tener la pretensión de constituirse formalmente en un Anteproyecto de Ley para dotar de una regulación homogénea que definiera estándares básicos para garantizar una efectiva democracia interna en las asociaciones sindicales, fuera un disparador de un debate pendiente en torno a los canales más aptos para alcanzar una mayor y mejor participación de los trabajadores en los destinos de sus organizaciones.

La renovación inmanente a cualquier entidad que se desenvuelve en el mundo del trabajo, portador de una dinámica que –por causas endógenas y exógenas- es un rasgo que lo caracteriza, exige ser permeable a nuevas ideas como a la incorporación permanente de aquellos que las integran.

Proposición que no supone que esa renovación sea exclusivamente etaria -aunque tampoco la descarta-, sino que apunta a ampliar los márgenes y posibilidades de participación, como de consideración de las nuevas demandas que resultan de los cambios que se producen en un contexto histórico determinado.

Unidad, conducción y compromiso

La necesaria unidad del Movimiento Obrero que reclama la ofensiva brutal del Capital financiero concentrado, es una convicción manifestada por todo el arco sindical. Sin embargo, su instrumentación no exhibe una única alternativa a pesar de la ostensible preferencia de que se encarne en la CGT.

Por su parte la conducción actual de esa Central hacía gala de una amplitud de miras en torno a confluir en un Congreso que diera curso a esa unidad, de la que se ha despojado en los últimos días apelando a motivos formales en orden a los plazos necesarios para una convocatoria semejante. Tratando luego de salvar ese fallido con un Plenario de Secretarios Generales para el próximo 24 de julio, a sabiendas de su impotencia estatutaria a aquellos efectos.

De todas formas, esa instancia goza de una legitimidad que bien puede cambiar el rumbo que le imprimiera a la CGT un triunvirato que evoca las peores etapas que atravesara la máxima expresión nacional de la representación obrera.

Los obstáculos formales para la renovación en la conducción, que es una exigencia de la hora, bien podrían salvarse con la renuncia de todos los miembros del Consejo Directivo de la Central –en una muestra de decoro por cierto estimable- que impondría la inmediata actuación de los cuerpos orgánicos para desembocar en un Congreso Extraordinario que resolviese la situación, definiendo y eligiendo el modo de sucederla.

A fines de 1946 la nueva conducción de la CGT puso de manifiesto un enfrentamiento con los lineamientos que el Líder popular recién instalado en el Gobierno fijara para esa etapa, fue entonces que el Presidente Perón en la concentración del 24 de enero de 1947 convocada en apoyo al lanzamiento del primer Plan Quinquenal, señaló:

“Compañeros trabajadores, les recomiendo que vigilen atentamente porque se trabaja en la sombra y hay que cuidarse no sólo de la traición del bando enemigo sino también de la del propio bando (…) En nuestro Movimiento no caben los hombres de conducta tortuosa. Maldito quien a nuestro lado simula ser compañero pero que en la hora de la decisión nos ha de clavar un puñal en la espalda.”

Lo que acontezca en los próximos días, las conductas y compromisos que se pongan de manifiesto esclarecerán los enigmas que nos plantea el presente.

Una vez más, la realidad será la única verdad.

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