Aunque parezca imposible y no haya un dato duro de la realidad que lo explique, pareciera que en una porción importante de la población existe un adormecimiento que hace peligrar su existencia, como el caso del cocodrilo dormido que arriesga terminar siendo cartera.

De aquel mensaje seductor

El Cambio que se auguraba, con énfasis y mediante una cobertura mediática favorable sin precedentes, condujo a muchos electores sin militancia o desinteresados de la política (convencidos de no portar ideología alguna y de ser apolíticos) a confiar en que era posible que se produjera, a creer que si los ricos gobiernan no precisan robar de las arcas del Estado y menos todavía meterle la mano en los bolsillos –robarles ingresos, calidad de vida y esperanzas- a los ciudadanos.

Era cuestión de resolver temas sencillos como la inflación, sin afectar salarios ni jubilaciones; de volver al Mundo, el de las Finanzas Internacionales y el de los Inversores generosos que proveerían infinitos brotes verdes, porque siempre están dispuestos a ayudar a quienes brindan seguridad jurídica; garantizar una Justicia independiente y el funcionamiento transparente de las instituciones de la República; promover el diálogo constante con la oposición, respetando el rol que cabe asignarle en una Democracia.

En suma, modificar “errores” cometidos durante más de una década, incorporar benéficas acciones del Estado pero sin invadir la libertad de prensa, de comercio y de empresa; con un plus, conservar todo lo bueno de aquél período (niveles de ocupación cercanos al pleno empleo, desendeudamiento del Estado, fútbol para todos, férrea defensa del consumidor).

Los alegados obstáculos

La “pesada herencia” recibida por la flamante gestión en el 2015, la “bomba” que habían instalado los comandos kirchneristas y que "serios" comunicadores como Majul, Lanata o Morales Solá nos anunciaban, era lo que impedía que en lo inmediato pudieran advertirse las bonanzas de la nueva política. Pero advertían que no había que inquietarse, sólo se debería esperar un semestre.

Las sobrecargas tributarias con la consecuente necesidad de eliminar medidas contraproducentes, para la inversión y el desarrollo. Las rigideces de la normativa laboral, que imponía desregular y flexibilizar para generar más trabajo. La sustitución de asistencialismos de dudoso destino, por más puestos de trabajo y de calidad.

La racionalización del sistema de seguridad social, sin desmedro del cuidado prometido a los jubilados, pensionados y de la imprescindible protección de las personas con discapacidades.

Advertir que se había vivido en una ficción, que con crudeza y adoptando un tono doctoral nos revelaba –sin rubor y como fiel exponente de la restauración conservadora- González Fraga.

La realidad: única verdad

Se suprimieron los subsidios en general -no sólo a los pobres y a los más vulnerables- para transferírselos a los ricos, a los poderosos, a los bancos y a los especuladores.

Se recurrió a un desmesurado –e irracional- endeudamiento del Estado, en definitiva de la sociedad en su conjunto que deberá afrontar sus costos sin generar inversiones productivas. Para sostenerlo y evitar -sólo en el corto plazo- sus efectos perniciosos, llevó a fijar tasas de interés que tornan imposible el desarrollo de emprendimientos pequeños y medianos, principales creadores de empleo.

Atravesamos un acelerado proceso de recesión, con niveles de inflación inconcebibles –del 47,2% interanual 2017/2018-; desocupación en ascenso –que ya supera los dos dígitos- y caída brutal del consumo –del 5% en 2016/2017 al que hay que sumar el del 2,5% estimado para el 2018-. La población de nivel bajo inferior, que comprende al 17% de los hogares argentinos, destina casi el 60% de sus ingresos al consumo masivo y en tanto sus recursos crecen muy por debajo de la inflación, inexorablemente deberán seguir consumiendo menos productos básicos.

En la región Metropolitana, el mayor conglomerado urbano del país (con centro en la Ciudad de Buenos, abarca 43 Partidos de la Provincia de Buenos Aires), las personas que no compran medicamentos que precisan, por no poder pagarlos, asciende al 52%.

La confiabilidad de la Argentina en cuanto al grado de solvencia en la emisión de bonos, según la calificadora internacional Fitch Rotings, pasó de “estable” a “negativa” con relación a la deuda en dólares a largo plazo.

Las tarifas de los servicios públicos ha registrado aumentos (del 1000%, 2000% y hasta 3000%), totalmente desproporcionados no sólo atendiendo a la capacidad de pago de los usuarios, sino por la ostensible ausencia de fundamentos y razones comprobadas –y comprobables- que los justifiquen.

Ilusiones tangibles: mentiras verdaderas

Afirman las plumas mercenarias del periodismo y las palabras del Presidente -que tanto le cuestan pronunciar-, que nos creímos que podíamos consumir bienes cada vez en mayor cantidad y calidad.

Que era posible acceder, aunque se tratara de personas provenientes de hogares humildes, a la formación terciaria y universitaria. Que era factible obtener un empleo formal, conservarlo y desarrollar nuestras potencialidades trabajando, e incluso ser remunerados con salarios dignos y crecientes.

Que podíamos mantenernos con los ingresos provenientes del trabajo, tomarnos vacaciones, incorporar nuevos consumos (celulares, plasmas, equipos de calefacción y refrigeración), disfrutar de una mejor calidad de vida.

Lo paradójico en todo caso, es que ese tipo de ilusiones se materializaron hasta el año 2015, incluso tributando los salarios el impuesto a las ganancias, imposición que -dicho sea de paso- no se eliminó.

Lo cierto también, constatable con un elemental ejercicio de memoria o la lectura de las facturas respectivas, es que se accedía a prestaciones básicas (agua, luz, gas, transporte) sin que importara un sacrificio; mucho menos, que nos expusiera al dilema de suprimir o reducir sensiblemente el consumo de ese tipo de bienes por la imposibilidad de afrontar su pago.

Un sueño que fue pesadilla

La apretada síntesis que constituye la reseña precedente no agota el total de las penurias que con el Cambio venimos sufriendo los argentinos, cualquiera de nosotros podría agregar otros ejemplos en ese sentido y hasta menudas anécdotas personales o familiares que completen el cuadro de situación descripto.

Como todo mal sueño, más aún si se ha transformado en pesadilla, se concluye al despertar. Siempre y cuando se tome conciencia que está en nuestras manos desentrañar su significado, obrar en consecuencia y no permitir que nos duerman para volver a quedar atrapados en una ensoñación inducida por quienes se empeñan en desorganizar nuestra existencia.

Un proverbio africano dice: “Si piensas que eres demasiado pequeño para hacer una diferencia, es que no has dormido nunca con un mosquito en la habitación”.