En un escrito de 1958 el gran historiador francés Fernand Braudel destacó las diferencias entre los tiempos históricos, entre “la larga duración” –la longue durée– el tiempo de los grandes procesos y los “acontecimientos” de la coyuntura, a los que denominaba “la espuma de la historia”. Volver al inmortal Braudel 60 años después ayuda a armar las piezas del instante presente.

Empezando por los acontecimientos, por la espuma. El pasado lunes 14 el Banco Central volvió a devaluar y estableció la meta de 25 pesos por dólar. O sea, comenzó el día devaluando el 7 por ciento respecto de la rueda del viernes 11. Increíblemente la fijación de una meta concreta ocurrió por primera vez desde que comenzó la corrida, hace ya más de dos semanas. El instrumento fue ofrecer a la venta 5.000 millones de dólares, pero alcanzó con deshacerse de “sólo” mil millones.

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El valor establecido para la divisa fue el nuevo consenso provisorio del “mercado”. Un consenso alcanzado entre quienes en el presente toman las decisiones sobre el rumbo de la economía local: Estados Unidos, el FMI, las principales organizaciones empresarias y finalmente la clase política “racional”, la tributaria de este orden que financia la construcción de la voluntad popular. La secuencia de quienes toman las decisiones señala también las jerarquías y subordinaciones.

El dato central de la jornada del lunes, entonces, fue que el mercado cerró en torno al valor que estableció el BCRA. Comprendió que al nuevo valor no tenía mayor sentido jugarle en contra. Como ya fue señalado, en las principales plazas financieras mundiales la discusión del presente no es que caiga un Gobierno que se considera “amistoso”, sino a qué velocidad apropiarse de las reservas del Banco Central. En esta línea, 8 mil millones mensuales, como ocurrió en lo últimos 30 días no resulta políticamente viable.

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El “acontecimiento corrida”, entonces, quedó conjurado el lunes 14. El martes 15, asegurado el tipo de cambio y frente a la renovación de las Lebacs para aprovechar las supertasas, el dólar, previsiblemente retrocedió un escalón y frenó las expectativas. La pregunta del millón, la duda existencial del observador, es por qué fue recién este lunes 14 la primera vez que el mercado recibió una señal clara e indudable del Banco Central. En este punto pueden introducirse varias hipótesis. La primera es una coordinación aviesa y corrupta de los operadores del Central para favorecer a grandes fondos de inversión para hacerse de dólares que rápidamente se volverían baratos. La segunda hipótesis es que existía una voluntad de devaluar y de someterse al FMI. Resultó evidente que la devaluación era deseada por una parte del gobierno, una interna que se manifestó con claridad el pasado 28 de diciembre. Es probable también que la vuelta al Fondo se haya conversado informalmente durante la visita de Christine Lagarde en marzo. No debe olvidarse que los objetivos de política del FMI para todos los países son los mismos que los del equipo económico para la Argentina, neoliberalismo puro y duro: flexibilización de los mercados laborales, reducción del peso del Estado en la economía y libre circulación de capitales y mercancías. La historia demuestra la funcionalidad de recurrir a la muletilla “lo pide el FMI” para deglutir en el juego político las medidas más odiosas. Sin embargo, si estos dos factores eran deseados no se entiende por qué se liquidaron 7 mil millones de dólares de reservas (sin contar los 1000 del lunes).

El dato conduce a una tercera hipótesis, más plausible, el factor humano. Quizá la falta de experiencia y de formación económica adecuada de parte de la conducción del Central se tradujo en no advertir que el mercado desconoce cualquier presunto valor de equilibrio del dólar, especialmente en un contexto de alta disponibilidad de reservas “en el mediano plazo”, y que por lo tanto el nivel del tipo de cambio depende de la voluntad de la autoridad monetaria. Si el Central no da una señal clara de cuál quiere que sea este nivel, el mercado, por su propia lógica, sigue pulseando. No hay nada que despierte más el “animal spirit” del capital financiero que un gobierno titubeante y culposo en sus intervenciones. Esta indefinición, incapacidad técnica y desconocimiento de la lógica de los actores tuvo un costo de 8 mil millones de dólares de reservas, una devaluación del 20 por ciento en un par de semanas (30 por ciento en lo que va del año) y la vuelta desesperada al FMI. Si el gobierno deseaba estos dos últimos objetivos el camino para lograrlos fue, por decirlo de alguna manera, desprolijo.

Superada la espuma de fondo queda la longue durée de Braudel, los ciclos largos, los datos más evidentes para los economistas sin anteojeras ideológicas: la economía local tiene dos problemas gravísimos y estructurales: la creciente deuda en moneda extranjera y una potente restricción externa. La macroeconomía de los próximos años permanecerá subordinada a estos dos condicionantes, el primero recreado por el gobierno y el segundo agravado notablemente. La espuma de los vencimientos periódicos de Lebac y las tensiones sobre el tipo de cambio llegaron para quedarse y serán un fenómeno recurrente, por más que el gobierno intente presentar el freno de la corrida como un triunfo, que no lo fue.

El escenario de fondo sigue siendo la distribución del valor agregado en el momento de la producción. El tipo de cambio es una variable distributiva y lo que viene ahora son las consecuencias. La devaluación del 20 por ciento es una transferencia de los salarios al capital. Sus fenómenos concomitantes, como lo enseña la historia económica y lo grafican las series estadísticas, no son el aumento de la competitividad externa y las exportaciones, sino la aceleración de la inflación y el freno de la actividad económica. Hasta Nicolás Dujovne, el pequeño secretario de Hacienda con rango de ministro, lo sabe y le tocó la tarea de hacerlo explícito. En la larga duración, entonces, se asiste a la recreación de las condiciones para ajustar los ingresos de los trabajadores. La población, entre ella buena parte de los votantes del actual oficialismo, contempla absorta cómo el gobierno impulsa, una tras otra, todas las medidas que se comprometió a no llevar adelante.

Los acontecimientos del último mes no se reducen, entonces, a una devaluación más. Junto con la estabilidad cambiaria, el falso gradualismo, los segundos semestres y los futuros venturosos, se esfumó también, quizá definitivamente, la legitimidad política del oficialismo. A la revolución de la alegría sólo le queda para ofrecer sangre, sudor, presos políticos y lágrimas.-