La cultura es una configuración de distintas prácticas sociales sedimentadas. Se trata de una categoría en disputa entre el poder y una parte de lo social que se opone, batallando por la desarticulación de esas prácticas sedimentadas y por la articulación de nuevas asociaciones.

Un proyecto político, para permanecer en el tiempo, precisa no sólo ganar el gobierno sino también lograr un consenso social hegemónico y ganar la batalla cultural. Así lo expresó el Vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera en el Foro de Pensamiento organizado por CLACSO, en el que afirmó:"Si los gobiernos progresistas no hacen un esfuerzo programado y sistemático en la educación, salud, vida cotidiana, medios, libros, teatro, el viejo sentido común se volverá a reconstruir y desplazará al nuevo sentido común progresista”.

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El neoliberalismo, un capitalismo financiero que comenzó a imponerse al final de la guerra de inteligencia y el derrumbe del campo socialista, pudo manipular el sentido común y ganar la batalla cultural al keynesianismo. Su mayor triunfo fue haber construido los medios para perpetuarse: se impuso a nivel global y produjo una nueva subjetividad. Supo instalar los ideales de consumo, riqueza, libertad individual y éxitos meritocráticos como fines supremos de la vida humana. Logró que esos ideales no solo operen como mandatos sociales sino que funcionen como una exigencia del sujeto. La cultura fue planteada como un negocio, organizada por el imperativo de consumo y rendimiento. El individuo neoliberal quedó atrapado, coaccionado por sí mismo en un empuje ilimitado al consumo y acumulación, endeudado, buscando rendimientos y éxitos en una suerte de auto-explotación.

La batalla cultural consiste, entre otras cuestiones, en la disputa por el significado de las palabras. El neoliberalismo resignificó términos y estableció nuevas asociaciones; por ejemplo el estado de bienestar y los progresos democráticos, tales como derechos sociales, inclusión y soberanía popular, se fueron debilitando dando paso a nuevas significaciones, como el libre mercado, la iniciativa privada, el individualismo y la globalización. Convenció respecto que la democracia se basa exclusivamente en un sistema procedimental de elección de representantes, desestimando su valor como gobierno del pueblo, rechazando en consecuencia la política. El Estado fue considerado un gasto, ineficiente y burocrático, que debe dejar de “mantener vagos”, por lo que recomendaron achicarlo cambiando su rol proteccionista y solidario.

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En consonancia con decretar el fin de las ideologías, un capitalismo financiero vino a deteriorar el mundo del trabajo denominando modernización y flexibilización laboral a la supresión de derechos de los trabajadores. La igualdad fue sustituida por la meritocracia y la libertad pasó a significar ausencia de restricciones para el mercado, concibiendo a cada individuo como el libre gestor de su vida. El levantamiento de las limitaciones produjo severas restricciones a la mayoría social y condujo a la hiperconcentración económica, política y comunicacional, debilitando la asistencia social y en definitiva al Estado. No solo no liberó sino que encadenó aún más a las mayorías: ya casi nada les está permitido. Sin embargo mientras aumentaba la desocupación y empeoraban las condiciones de vida y los derechos de los trabajadores, la revolución neoliberal se consolidó, incluso entre los desfavorecidos por el nuevo sistema.

En la región, a pesar de la adquisición de derechos, de la movilidad ascendente y la inclusión social conseguida durante las experiencias populistas surgidas a comienzos del siglo XXI, la cultura neoliberal goza de buena salud, sus ideales y valores permanecen vigentes: se ganaron gobiernos, pero no la cultura. Batallar la cultura implica en primer lugar recuperar la debilitada democracia, resignificar palabras como libertad, patria, política etc. y construir hegemonía: un poder popular soberano, que va de la mano de la construcción del pueblo.

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Sabemos que es una batalla difícil, injusta y desigual, entre el campo popular y el poder neoliberal que impone el sentido común a través de los medios de comunicación concentrados y las redes sociales, que realizan una dominación que penetra en los cuerpos inculcando una obediencia difícil de conmover.

Se trata de realizar un trabajo político organizado por la consigna “Nunca más neoliberalismo”, consistente en desarticularlas verdades sedimentadas del neoliberalismo e instalar nuevas asociaciones a través del debate democrático, sobre los significados comunes y las verdades parciales que representan una cultura nacional, popular, feminista y solidaria.