La segunda temporada de Making a Murderer tiene como protagonista a Kathleen Zellner, la nueva abogada de Steven Avery. Más que una representante legal, Kathleen es una detective. Su fidelidad innegociable para con la verdad queda expuesta ni bien empieza a trabajar con su nuevo cliente: "Si es culpable, es mejor que me lo diga, porque tarde o temprano yo lo voy a saber. Y a esta altura de mi carrera no necesito ni deseo defender a un criminal".

Pero no es solo el sentido del altruismo lo que emparenta a Kathleen con la figura del detective. Cuando Laura Nirider pierde su alegato a favor de Brendan Dassey ante la Corte Federal, Kathleen afirma que el error fue basarse en las leyes y no hablar de los hechos. “La forma de ganar un alegato ante un juez es mostrarle un hecho en el que no haya pensado”, afirma Kathleen. ¿Qué define más a un detective que el acto de mencionar, cuando todos están pensando en otra cosa, un hecho (a menudo supuestamente insignificante) al que nadie hasta entonces había prestado atención?

Además, los descubrimientos de Kathleen siempre empiezan por un detalle mínimo, a veces físicamente diminuto. Unas cuantas partículas de cierta sustancia, dos o tres palabras innecesarias, un número perdido entre cientos de números anotados en cientos de hojas. El más irrelevante de los indicios le sirve a Kathleen de punta para tirar y descubrir un hilo. Apenas más tarde, descula una trama completa. En ese sentido su escuela comparte elementos con la de Sherlock Holmes.

Pero, sobre todo, Kathleen tiene una relación personal con la escena del crimen. Y es este tipo de relación íntima con “el lugar de los hechos” lo que termina de investirla como detective. Para Sherlock Holmes, esa relación con la escena tiene la forma de una ecuación matemática. Para el Padre Brown, la de un enigma teológico. ¿Qué forma tiene para la detective Kathleen Zellner?

El crimen según Kathleen

Doblegados por las dificultades del litigio, muchos abogados asumen, llegado el momento, que nunca podrán saber enteramente lo que pasó, y que, con el pasar del tiempo, la capacidad de reconstrucción de una escena disminuye hasta agotarse. Durante la extensa segunda temporada de Making a Murderer, Kathleen se mantiene en las antípodas de ese discurso. Ella está convencida de que toda escena puede reconstruirse en su integridad, porque todos los hechos dejan pistas. Y son tantas las pistas que es imposible sostener eternamente las coartadas. Para Kathleen, al final, la verdad siempre sale a la luz. Lo único que hace falta es trabajo y paciencia, por lo tanto cuanto más tiempo pasa más cerca estamos de saber lo que pasó.

La idea de fondo es que lo que pasó, de algún modo, sigue pasando. Porque si todo lo que hacemos, incluso lo que hicimos hace décadas, deja una huella imborrable, entonces nada termina. El mundo no es el reinado de fuerzas naturales, indomables, que arrasan con la comunicación humana. Tampoco es una guerra de escrituras en la que unos relatos destruyen a los otros. El mundo según Kathleen es lisa y llanamente un amasijo barroco de signos eternamente vivos, donde todo habla, donde nada puede borrarse, y por lo tanto todo puede ser interpretado.

Llevado al extremo, el tiempo es uno solo, y el espacio también. La escena del crimen es el mundo. El mundo es la escena del crimen.

La performance

Una consecuencia de esta cosmovisión es que la escena nunca se reconstruye, sencillamente porque no pertenece al pasado, si no, todavía, al presente. La escena se experimenta.

Podríamos llamarlo el método de la performance. Se trata de montar una réplica material de cada momento de la escena y experimentarlo como si ocurriera por primera vez. Estos dispositivos arrojan unos resultados destinados de antemano a descartar o establecer una interpretación, la cual debe conducir necesariamente a las evidencias preexistentes.

Lo fundamental, lo crucial es que, en esa experimentación, Kathleen se ponga completamente en juego. Su participación no se restringe a un análisis técnico: involucra su cuerpo, sus sentidos, su mirada, su intuición. Para Kathleen, comprometerse humanamente con la escena es condición necesaria para verla, para que los hechos sean revelados. Recordemos que si bien la escena permanece viva, está enterrada o confundida por otras. Lo que hay que hacer entonces es tamizarla. Y cuanto más se involucra Kathleen con la escena, más preciso se vuelve ese tamiz.

Es así como, diez años después de los sucesos, el método de la performance hace emerger evidencia nueva.

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Una forma de estar en el mundo

Kathleen es un poco excéntrica en el look y sumamente correcta en el trato. Habla con tanta lentitud como seguridad, y sus gestos son parsimoniosos. Su figura irradia profesionalismo y respeto. Una mirada certera de Kathleen podría derribar a un pájaro en vuelo.

Lo que une a todos esos rasgos es la elección de una lejanía. Kathleen impone una distancia a su entorno, a las personas, incluso a los paisajes que no paran de desplegarse a su alrededor. Y esa distancia no es otra cosa que la expresión de su respeto apriorístico ante los signos, o dicho de otra forma: es el espacio que necesita para despegar a su mirada respecto del mundo (respecto de ese mundo multiforme y abrumadoramente vivo), una brecha que mantienen la mirada y a mundo en instancias distintas, separadas. Así preserva su disposición a la lectura.

Por eso es capaz de recorrer las zonas más silvestres del desarmadero de los Avery vestida impecable, a la última moda. Distinguirse no es tanto una forma de extrañarse del mundo, como de extrañar al mundo respecto de ella.

También, claro, se trata de lucir espectacular. Si en el siglo XIX un detective cool tenía que ser hombre, drogadicto y antisocial, en el XXI seguramente tendrá que ser mujer, parecerse a Morticia y usar gafas Sheriff.

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