Desde el origen de la humanidad tenemos muchas maneras de recrear nuestra identidad para desenvolvernos en nuestro mundo social. Hoy en día, se nos ofrece una amplia variedad de identidades para elegir según los mandatos que rigen, ya sean estéticos o para ser más cool, pero dentro de un contexto cultural donde lo inmediato marca la agenda de cómo debemos pensar, sentir, y hacer.

Para sobrevivir en la escena social tenemos que ser trending topic. Para eso (y aquí es donde nos perdemos y pasamos a ser "otro") alcanza con vender la imagen de que tenemos cierta conciencia social o ecológica, por ejemplo. Aspectos que lo tiñen a uno de una benevolencia digna de reconocimiento social y que se logra a partir de las principales redes sociales, como Twitter.

El veganismo, emparentado con el animalismo nos dice que somos "buenas personas", claro, en detrimento del malestar social imperante: "como el ser humano apesta, mejor milito por los derechos del animal y los vegetales."

La moda foodie es otro ejemplo de cómo la clase media se va refinando en la identificación con el estilo de vida del bon vivant: miro MasterChef y ensayo el huevo benedictino en mi monoambiente de Palermo con una copa de Malbec mientras siento que cumplo con todo lo que mis padres siempre quisieron para mí. Me siento pleno. Mamá: llegué.

Nos comprometemos con el cuidado del medio ambiente reduciendo el volumen de smog en centros metropolitanos circulando en bicicleta. Digámosle biking que queda mejor. También podemos hacer running para demostrar cómo nos ocupamos de nuestro estado físico y clickear "Asistiré" a los 70K de Nike en Facebook.

Podemos hacer tantas cosas para que nos pongan "Me gusta" en nuestro perfil de Facebook o para ganar más seguidores en Twitter, pero ¿dónde estamos?, ¿Acaso sabíamos de la existencia del huevo benedictino? ¿Acaso siquiera nos gusta?, ¿Cuál es el límite entre lo propio y lo ajeno, y cómo la nueva temporalidad de la vida digital modifica nuestro mapa social?, ¿Cuándo elegimos genuinamente algo?

Por suerte moda no es tendencia y siempre tenemos la oportunidad de preguntarnos quiénes somos y elegir un bife de chorizo a un huevo que nadie sabe de dónde viene y ni siquiera parece rico.

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