La titular del FMI, Christine Lagarde, ha elogiado calurosamente el programa económico argentino en su reciente visita al país mientras el Banco Central vende reservas diariamente para impedir la depreciación del peso. Importantes empresas del sector energético han tenido dificultades para colocar acciones y obligaciones negociables en los mercados doméstico e internacional, a pesar de ser un sector muy favorecido por la mejora de rentabilidad de los aumentos tarifarios. La siderurgia y el aluminio padecen la incertidumbre del humor del presidente estadounidense Donald Trump y la producción de biodiesel de la consolidación de los acuerdos con España. Por su parte, el presidente Macri se empeña en cargar la agenda pública de buenas noticias que se suceden por su corta vigencia en la "realidad líquida" nacional, pero le sirven para reafirmar su propio pronóstico de reelección segura que sostiene su poder presente. La oposición a su vez no converge en torno a tres propuestas.

Más allá del "Deja Vu" que provoca el párrafo anterior que describe lo destacable de la actual coyuntura -una Argentina endeudada nuevamente, con un severo desequilibrio externo, con pérdida de valor de sus empresas más importantes a pesar de sus buenos balances y con tensiones para dejar flotar el tipo de cambio- comienza a aparecer otra vez un país inviable en un mundo que ha cambiado. Y el mal augurio de correcciones traumáticas flota en los análisis que se realizan tanto por derecha como por izquierda.

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Sólo se trata de leer correctamente el contexto internacional. Avanzar en una apertura importadora cuando los Estados Unidos -la primera economía global- le plantean a China -la segunda economía del planeta- un ajuste de cuentas comerciales por u$s 60.000 millones, es cuando menos riesgoso. Aumentar la deuda pública en 18 puntos de PBI en dos años cuando los flujos financieros mundiales cambian de dirección y se restringen para los países emergentes es también arriesgado.

Después de dos años de esta experiencia ya es claro que no somos “el supermercado del mundo", ni "llueven las inversiones”. ¿Y entonces? Hay tiempo para cambiar el rumbo y enfocar a la Argentina en el concierto de naciones sin traumatismos.

El gobierno especula con mantener el presente estado de cosas apelando a todo el financiamiento posible que evite cualquier ajuste macroeconómico profundo antes de las elecciones del 2019. Flotando suave y con la carta de la "triple reelección" (Nación, provincia de Buenos Aires y Ciudad Autónoma) lanzada después de Mundial de Fútbol 2018, cree que puede encarar otro derrotero en 2020.

La reciente alteración de la rentabilidad entre tasa de interés/tasa de devaluación, en favor de esta última, encendió un semáforo amarillo sobre este diseño. Los fondos de inversión se muestran renuentes a desdolarizar sus carteras y comprar activos financieros en pesos. Este "wait and see" obliga al Banco Central a vender dólares diariamente, veremos hasta cuándo.

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¿Y la oposición? La oposición es, esencialmente, el peronismo. Y el peronismo parece abocado, erróneamente, a construir "marketing electoral", a contramano de su propia historia.

Imágenes excesivamente "socialdemócratas" -cuando hay declive de esas opciones-, o planteos acerca de un "peronismo de centro" que " construya un capitalismo moderno, "sin intervencionismo estatal" no reconocen que para el peronismo las urnas fueron la legitimación de un consenso social que se encontraba previamente en las calles. Así fue el 17 de octubre que alumbró a Perón, el Cordobazo que rompió la proscripción y determinó el retorno, la fallida renovación de los '80 y la crisis de 2001, que encontró a Néstor y Cristina poniéndose al frente de los reclamos para afirmar su liderazgo.

La propuesta del peronismo no surge de los "focus group"

La propuesta del peronismo no surge de los "focus group" sino de cómo interpreta al mundo y conduce a la Argentina en ese escenario, protegiendo al pueblo. Es lo que ha intentado con resultados diversos a lo largo de su historia.

Se suele afirmar que durante los 70 años que transcurrieron desde 1945 hasta 2015 el peronismo gobernó la mitad del tiempo sin resolver muchas cuestiones. Lo que se omite es que los 35 años restantes fueron administrados por dictaduras sangrientas, gobiernos débiles y maleables surgidos de la proscripción electoral de las mayorías y gestiones que se retiraron anticipadamente dejando al país sumergido en graves crisis.

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Ya se habló en esta columna de la relación entre las décadas peronistas y los profundos cambios mundiales. Perón (1946-1955) gobernó en el mundo bipolar de la Guerra Fría, Menem (1989-1999) en el mundo unipolar del Consenso de Washington y la "década larga" de Néstor y Cristina (2003-2015) se desenvolvió en el mundo multipolar del Choque de la Civilizaciones posterior al atentado a las Torres Gemelas. En todos los casos se intentó conducir a la Argentina en la corriente global evitando catástrofes. En dos oportunidades se lo hizo en forma autónoma y en otra de manera subordinada.

Hay 2019 si el peronismo se unifica en torno a una visión del mundo -que ha mutado desde la crisis del 2008- y le plantea al pueblo cómo conducir al país en el nuevo escenario, protegiéndolo de los impactos del cambio. Esa es su razón de ser en la Argentina.

"Es el peronismo estúpido" grita la tapa del libro de un autor anti peronista. "Los años más felices fueron peronistas" parecieran decir los votos depositados en cada comicio por los más humildes.