El poder logró instalar con éxito dos cuestiones centrales: la consideración de que la política es una antigüedad, un “exceso” para la “nueva democracia civilizada”, y el establecimiento de una relación de oposición populismo-República. Desde esta perspectiva ambos elementos, política y populismo, constituirían una amenaza para “los vecinos”, expresión que alude a una supuesta desideologización de los sujetos.

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Los medios de comunicación operando como la voz del poder digitan la opinión pública demonizando al populismo y a la política con argumentos inconsistentes, que van a funcionar luego como prejuicios ideológicos repetidos automáticamente por “los vecinos”: la opinión pública se transforma en una subjetividad colonizada. Los medios trabajan arduamente para imponer que el populismo es de bárbaros y que la política es sinónimo de violencia, buscando con gran astucia velar el conflicto político reduciéndolo a relaciones de odio y venganza entre las personas. Descalifican a la oposición, censuran el disenso y desalientan la participación política o sindical en nombre de una falsa armonía democrática propia de un país “serio”.

Esa estrategia comunicacional estableció dos “bandos”: los “populistas corruptos” (políticos de la oposición) versus los “republicanos decentes” (oficialistas). Desde una posición supuestamente desideologizada y esgrimiendo la virtud de una pretendida neutralidad, esos medios alimentan prototipos sociales: el cínico ignorante y racista que rechaza lo popular sin ningún fundamento teórico, el escéptico “apolítico” e impotente y el individualista descomprometido que se expresa a través de frases hechas como: “Yo pago mis impuestos”, “Yo trabajo”, etc., argumentos reiterados como justificación de la indiferencia hacia los otros. Resulta difícil conmover esas creencias banales, hostiles y antidemocráticas instaladas por los medios de comunicación concentrados, que buscan despolitizar y someter alimentando el embrutecimiento, el pensamiento acrítico y la desvalorización de las construcciones de pueblo.

Pareciera entonces que nos encontramos no tanto ante una nueva derecha sino frente al surgimiento de “nuevas democracias” neoliberales, posdemocracias las denominan algunos, en las que los gobiernos no representan al pueblo ni a los Estados nacionales sino a los intereses de los grandes grupos corporativos, aumentando exponencialmente los privilegios de las minorías. El poder alimenta relaciones sociales hostiles no solidarias despolitizadas, bajo el ideal de que sean gerenciadas por un equipo de “expertos”. Las “nuevas democracias” se dedican a administrar los flujos financieros internacionales y el capital de las corporaciones a las que están sometidas.

Los principios empresariales invadieron la vida, los imperativos culturales exigen consumo, rendimiento ilimitado y la promoción de identificaciones con el poder: “Tú puedes”, “Depende de tu esfuerzo”. El Estado se ausenta de su responsabilidad delegándola en los sujetos por la vía de culpabilizarlos, promoviendo la meritocracia y el ser empresario de sí mismo, modalidades que una y otra vez fracasan por ser castillos de naipes, ilusiones de una omnipotencia individual que hace agua y naufraga con la primera lluvia.

¿Qué sucede cuando las corporaciones económicas y mediáticas gobiernan y se apropian de los Estados? La democracia se transforma en simulacro, un juego de instituciones, un mero esquema formal de elección de representantes condicionado por una manipulación nunca vista, ejercida por el totalitarismo del discurso único de los medios monopólicos. Estos digitan la opinión pública, imponen y absolutizan sentidos, debilitando y relativizando la libertad de elegir, o sea degradando la democracia. La uniformidad de la masa neoliberal producida por los medios de comunicación poco tiene que ver con el principio de igualdad, pilar de la democracia. Paradojalmente vemos que esa uniformidad encubre una creciente desigualdad efecto de las políticas neoliberales, expresada en el aumento de los índices de pobreza, la caída del nivel de empleo y la pérdida de gran cantidad de derechos.

Las “nuevas democracias” neoliberales se transforman en tecnocracias: una gestión de expertos sometidos a los poderes financieros que a la vez someten a las masas. Para lograr ese objetivo precisan dejar de lado al pueblo y rechazar la política, únicos factores que cuentan con la posibilidad de oponérseles. La política y las construcciones populistas caracterizadas por el conflicto, la pluralidad, las diferencias, los desacuerdos y la articulación de demandas, buscan correr las fronteras establecidas por el poder, constituyéndose en las herramientas capaces de limitarlo. Esta es la clave que permite comprender la “operación desprestigio” que realiza el neoliberalismo respecto de la política y los populismos.

El populismo, tal como lo estableció Ernesto Laclau, no se opone a la democracia sino que la amplía y la radicaliza: le aporta un pueblo construido hegemónicamente y fundamentado en la voluntad popular. En consecuencia, el pueblo es una representación soberana que no niega la democracia representativa sino que la excede fortaleciéndola. El poder no se limita con la alternancia representativa, como afirman los expertos, sino con una construcción popular crítica y pensante que expresa sus demandas como una práctica política participativa, plural y horizontal, que incluye cuerpos, afectos y voces. La hegemonía implica la democracia participativa consistente en una iniciativa de acciones no calculadas, que articulan inteligencias y deseos emancipatorios. Un Estado que no escucha al pueblo es necesariamente conservador y sometido al poder instituido, mientras que un pueblo sin Estado estará aislado de las instituciones, quedando su política restringida a la mera acción de demandar. Solo la presencia de ambos factores, Estado y pueblo, accionando en forma conjunta puede enfrentar al poder, hoy las corporaciones.

Contrariamente a lo que algunas concepciones prejuiciosas sostienen, el populismo lejos está de constituir un obstáculo para el funcionamiento democrático. El pueblo no es algo establecido para siempre, sino que es efecto de un orden simbólico hegemónico en estado de deliberación permanente, que va construyendo comunidad y aporta vida a la democracia. Solo el populismo con un Estado fuerte es capaz de radicalizar la experiencia democrática realizándola en función de la voluntad popular.

El pueblo se opone al totalitarismo concentrado: interpela, demanda, corre los límites establecidos por el poder y revitaliza la democracia en un movimiento instituyente. Ofrece la posibilidad de realizar una experiencia soberana de autonomía frente al poder global que pretende legislar de manera universal para mantener sus privilegios. Por el contrario, son el neoliberalismo y sus “nuevas democracias” los que constituyen el real obstáculo para la democracia al cercenar la libertad, la igualdad, la fraternidad, lo nacional y popular.

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