Pocos ministros de economía deben haber sido más demonizados en el ambiente de “los economistas” (vade retro) que José Ber Gelbard, el último ministro de la industrialización sustitutiva, un judío polaco que llegó pobrísimo a la Argentina y se enriqueció en un calco de las mitologías clásicas sobre los self made man. Un judío rico que además fue un miembro activo del Partido Comunista. Un “capitalista comunista” que terminó siendo ministro de cuatro presidentes peronistas: Cámpora, Lastiri, Perón e “Isabel”. Y un ministro de economía inteligentísimo que no era economista ni conocía las técnicas de la ciencia. Como destaca María Seoane en su exquisita e ineludible biografía “El burgués maldito” (1998, Ed. Planeta) Gelbard apenas sabía sacar porcentajes. Finalmente, también fue un ciudadano argentino que murió expatriado y hasta privado de su ciudadanía por la dictadura.

¿Pero por qué hablamos hoy de Gelbard? Quien con una altísima probabilidad será la próxima presidenta de los argentinos acaba de citarlo en su libro y discurso. En el relato de “Sinceramente”, el best seller de Cristina Fernández de Kirchner, existe una interpelación incómoda a la sociedad. “Incómoda” en tanto las sociedades suelen culpar de sus fracasos exclusivamente a su clase política, como si esta clase fuese el producto de la generación espontánea y no una expresión de la propia sociedad. A su vez, en el juego electoral, la clase política suele cortejar como maravillosa a la sociedad civil, tanto empresarios como trabajadores, lo que suele ponerlos a resguardo de la crítica y las responsabilidades de la historia.

Una mirada psicologista podría decir que CFK se cansó de que la autocrítica se la pidan solamente a ella, lo que sería válido. Pero ese no fue el camino. La mirada retrospectiva sobre un proceso político y económico, incluso uno exitoso, supone analizar que se hizo mal o que se podría haber hecho mejor. Y en esa mirada de CFK surge lo que fue un evidente problema de sus gobiernos a partir del enfrentamiento en 2008 con las patronales agropecuarias: la falta de construcción de alianzas de clase más sólidas y con una visión compartida de la necesidad de la continuidad de un proceso de desarrollo. Este último punto es central especialmente si se mira hacia un próximo gobierno, ya que sin desarrollo y generación de dólares no es posible expandir la inclusión social a largo plazo.

El observador imparcial, una figura tan retórica como improbable, seguramente dirá que no hay nada más peronista que esa idea de alianza de clases, casi de armonía, ya que, “como dijo el general”, el movimiento es “policlasista” y gestiona la lucha de clases a través de la construcción del Estado de bienestar. El erudito de derecha remitirá seguramente a la herencia del corporativismo medieval y el de izquierda al “bonapartismo”. Lo de “Sinceramente” es más sencillo. A la luz de lo que vino después, el estropicio del presente, CFK se pregunta cómo es posible que determinados actores que se beneficiaron con el modelo nacional-popular, como la CGT, no hayan entrevisto al verdadero enemigo. Cómo pudo ser que la CGT y Hugo Moyano le hayan hecho cinco paros generales con la excusa del mal llamado impuesto a las Ganancias. Dicho de otra manera: los sindicatos que hoy recuperan las preocupaciones de los ’90 por la reducción de sus padrones producto del desempleo, hacían paros generales por “reformas de segunda generación”, como el mínimo no imponible del impuesto a los altos ingresos a la vez que, activa o pasivamente, trabajaron para el regreso del neoliberalismo.

Cruzando la vereda de la lucha de clases, pero siempre a la luz de la profunda recesión económica del presente, cuyo final aun no está a la vista bajo el actual modelo, CFK también se pregunta por la conducta de la clase empresaria que, aun habiéndose beneficiado del modelo con la duplicación del producto industrial y la expansión del mercado interno, trabajó arduamente para regresar a un modelo que, como ya se había demostrado en el pasado reciente, no los beneficiaba y, para colmo, era insustentable.

Un breve paréntesis. La afirmación de que la clase empresaria no se beneficia bajo un régimen neoliberal requiere aclaración. Los modelos neoliberales siempre generan nichos de negocios para sectores acotados del empresariado. Los grandes ganadores siempre son los bancos, pero también los vinculados al comercio exterior más los nichos elegidos por el Estado. En los ’90 estos nichos fueron las llamadas “privatizadas” y en el presente las mismas empresas de servicios públicos más las energéticas. El factor común es que se trata mayormente de firmas multinacionales que se benefician de la acumulación financiera y de la libre circulación de capitales y mercancías. Sin embargo, para el grueso de los empresarios locales que no son banqueros, no tienen negocios con el Estado y pertenecen a la constelación de decenas de miles de pymes, es decir para la mayoría de los productores agropecuarios que no exportan directamente, para las pequeñas fábricas y talleres, para comercios y proveedores de servicios de todo tipo, la situación siempre empeora al ritmo de la contracción del mercado interno. Más temprano que tarde estos empresarios descubren que el espejismo de los bajos salarios y la ausencia de regulaciones es un remedio que enferma a todos.

Aunque también le pasa la pelota a la sociedad, la “autocrítica” de CFK, entonces, pivotea sobre las dificultades en la construcción de estas necesarias alianzas de clase que demanda cualquier proceso de desarrollo. La mención a Gelbard es el recuerdo, pensando en las necesidades de un futuro gobierno, de la construcción de una representación empresaria comprometida con un modelo de desarrollo. Sin embargo, como surge del repaso de la biografía de Seoane, es muy difícil entender a Gelbard sin Perón, hoy diríamos sin el empoderamiento que le transfiere Perón para la construcción de la CGE, la Confederación General Económica. Dicho de otra manera, no es que surge primero la representación empresaria y después la construcción política con esa clase. Es al revés. Desde el Estado, desde el poder político, debe trabajarse en la construcción de esa representación. Nunca debió haber pasado, por ejemplo, que la Federación Agraria se alíe en el mismo bando que la Sociedad Rural. Los intereses del pequeño taller o de la fábrica mediana no son los mismos que los de la multinacional Techint. Los empresarios deben entender que los problemas económicos del desarrollo son algo más que salarios, impuestos y tipo de cambio.

También debe reconocerse que la resolución de estas contradicciones es dificilísima. La experiencia de los llamados países de industrialización tardía muestra que la cuestión se resolvió disciplinado “autoritariamente” a las burguesías desde el Estado (Por ejemplo Corea y el general Park) y contando con el apoyo material de las potencias hegemónicas, una vía que no estará disponible en la Argentina del 2020. Por el contrario, quien gobierne el año próximo contará con un Banco Central sin reservas y con la inmensa presión de los vencimientos de la deuda con el FMI y acreedores privados. Sin una fuerte alianza de clases comprometida con el desarrollo no se podrá ni empezar. Volver a lo que Gelbard representa será fundamental.-