No caben dudas de que la FIFA es una institución con mucho poder. El escándalo de corrupción que salió a la luz los últimos días también iluminó algunos números de la entidad encargada de organizar la Copa del Mundo:

- Tiene 209 miembros, más que la propia ONU, que al día de hoy reconoce a 193 países.

- Gobierna a todos ellos a través de 6 federaciones regionales de fútbol, con sus respectivas
autoridades.

- A pesar de ser una ONG, no una empresa que reparte dividendos, entre 2011 y 2014 la FIFA recaudó 5.718 millones de dólares, según admite en su propio informe financiero.

En definitiva, estamos frente a un gigante como pocos en el mundo que logra cosas como que Brasil, el último anfitrión, haya votado en su Congreso Nacional no cobrarle impuestos a la FIFA por las ganancias que obtuviera en el país.

Recientemente, en Argentina, cuando algunos sugirieron intervenir la AFA ante la imposibilidad de los clubes y la asociación de garantizar la seguridad en las canchas (incluso para los jugadores), los mismos dirigentes locales advirtieron que cualquier intromisión del gobierno haría que la FIFA toma la determinación de suspender al seleccionado nacional en los torneos que organiza, como la Copa América o el propio
Mundial.

Ahora bien, la noticia de que la fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch ordenó el arresto de 14 dirigentes de la FIFA puede ser un punto de inflexión a la idea de que la institución que organiza el fútbol a nivel mundial es un ente todopoderoso, ajeno a los poderes locales.

La idea de que instituciones "globales", como la FIFA, pueden convertirse en jugadores independientes por fuera de los marcos de los estados nacionales viene siendo impulsada con fuerza desde los años 90, cuando el fin de la guerra fría parecía llevarse puesto la soberanía de los países.

El aumento exponencial de las ganancias de las corporaciones empresariales, que muchas veces concentran más riqueza que algunos países, instaló la noción de que el mundo comenzaría a regirse por reglas privadas, las leyes nacionales quedaría sólo para los ciudadanos de a pie. En los últimos años, el crecimiento del sistema financiero -y de subproductos como los fondos buitres- también reforzó la imagen de un Frankestein inmanejable por los poderes estatales.

Sin embargo, el caso FIFA como tantos otros, viene a cuestionar ese paradigma y a recordarnos que en pleno siglo XXI, el poder de policía sigue estando en manos de los estados. Y que ese poder, de forma más explícita o menos explícita, es al final de cuentas lo que rige el mundo.

De la misma manera, los últimos acontecimientos internacionales (el acuerdo nuclear de Estados Unidos con Irán, por ejemplo), muestran la vigencia que tiene la política diplomática directa entre estados, mucho más relevante y determinante que las cumbres multitudinarias o las instituciones globales que finalmente aparecen menos eficaces para lograr cambios o avances concretos. Aún hoy, el mundo es construido y ordenado por estados.

Pero el poder de la FIFA no se trató de un mero "espejismo". Desde mediados de los años '70 la FIFA comenzó a engordar, en la medida que el negocio del fútbol cobró más relevancia. A partir de los 2000 la FIFA asumió la negociación de los derechos televisivos que antes tenía tercerizados. El salto en las arcas fue brutal: en el mundial de Francia de 1998 los ingresos de la FIFA no llegaron a los 400 millones, en el de Brasil superaron los 4.000. Pocos negocios (legales) pueden mostrar una explosión semejante en un marco
económico mundial más bien deprimido.

Ese crecimiento silvestre puede haber terminado de despertar las alarmas. Al igual que está ocurriendo con otros "negocios" que florecen al margen de las leyes, como los paraísos fiscales o el de las drogas, para citar dos aún más relevantes que el fútbol, la segunda década del siglo XXI encuentra a los estados territoriales moviéndose para meterlos en caja.