En su momento de mayor incertidumbre, el oficialismo se empeña en poner la lupa sobre aquello que más quiere disimular. El torpe decreto que busca inhibir las listas colectoras, esbozado como respuesta a la incipiente unidad del peronismo en la provincia de Buenos Aires dejó en evidencia la debilidad electoral del proyecto político que encabeza Mauricio Macri. De la misma forma que, hace algunas semanas, el juicio político promovido desde la Casa Rosada contra el juez Alejo Ramos Padilla fue la muestra más clara de la, como mínimo, complicidad del gobierno nacional con la red de espionaje paraestatal que cada día revela nuevas aristas.

La misma dinámica se aprecia en lo que concierne al paquete de medidas que se bocetó esta semana entre el gabinete económico y los gobernadores de Cambiemos pero recién se anunciará el miércoles próximo. No existe, al cierre de esta nota, tal acuerdo, según coinciden fuentes del PRO y radicales. La voluntad de encontrar un alivio a la crisis choca contra diferencias entre los socios políticos, medidas vedadas desde Washington y la poca voluntad de algunos empresarios de colaborar con la causa. Se negociará hasta las últimas horas antes de Semana Santa, a la búsqueda de un anuncio, el que sea, que traiga algo de sosiego.

Lo que verdaderamente tracciona el acercamiento entre sectores del peronismo es la noción de que quien resulte ganador en la contienda electoral precisará apoyos más amplios en el arco político, social y empresarial

Incluso el éxito en un objetivo tan modesto no es seguro. Un hombre de negocios consultado para esta nota se pregunta qué clase de buena noticia para los mercados se anuncia justo antes de cuatro días consecutivos sin actividad bancaria. Es una duda razonable. A los problemas técnicos se suman otros, más excéntricos. Del primer piso de Balcarce 50 bajó una orden: nada de usar las palabras “congelamiento” o “control” en la misma frase que “precios”. Con entusiasmo borgeano, en la jefatura de gabinete creen que el nombre es arquetipo de la cosa. Algunos ministros, porfiados, no coinciden. Los desencuentros semánticos casi le cuestan el puesto a Dante Sica.

Con entusiasmo borgeano, en la jefatura de gabinete creen que el nombre es arquetipo de la cosa.

Con su torpeza, el gobierno le muestra el camino a la oposición. El multitudinario acto que el sábado en Avellanedaencontró a buena parte del peronismo bonaerense codo con codo estaba planeado desde antes pero se vio potenciado por el intento oficial de bloquear un acuerdo de unidad en la provincia de Buenos Aires. El pacto, promovido por intendentes del conurbano, promovía un único candidato a gobernador que se alineara a la vez, con las eventuales boletas nacionales de Cristina Fernández de Kirchner y de Sergio Massa. El gobierno busca impedirlo con un decreto. El asunto se definirá en la Cámara Electoral, que no le ha dado buenas noticias al oficialismo últimamente.

Las conversaciones entre el Frente Renovador y el Instituto Patria cobran volúmen político y la reacción torpe del oficialismo es un incentivo para seguir ensayando fórmulas de unidad, si fracasa en la justicia este intento. Esta semana, por caso, volvieron a tomar fuerza los rumores que le dan a Malena Galmarini un lugar preponderante en un eventual armado en común. Pero lo que verdaderamente tracciona el acercamiento entre ambos sectores no es el cálculo electoral sino la noción, cada vez más aceptada, de que quien resulte ganador en la contienda electoral precisará apoyos más amplios en el arco político, social y empresarial para hacer frente a la situación económica que dejará detrás de sí el gobierno de Macri.

La incorporación de peronistas a una coalición de gobierno en caso de que Macri sea reelecto es una condición que puso Rogelio Frigerio para seguir a bordo cuatro años más.

Esa preocupación también motoriza la apertura que parece mostrar el Presidente en los últimos días. La inclusión de María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta, Rogelio Frigerio y los gobernadores radicales en la mesa chica responde no solamente a la necesidad de sofocar insurrecciones internas sino a empezar a planear la viabilidad de un posible segundo mandato en peores condiciones de gobernabilidad. A eso también apunta el acercamiento con Martín Lousteau, a quien en las últimas semanas Macri ha consultado en forma frecuente, a pesar de que se niegue a darle garantías de que le va a jugar “bien” en las elecciones. El ex embajador prefiere mantener sus opciones sobre la mesa.

Marcos Peña citó una frase de Margaret Tatcher, el mejor reflejo de estos cuatro años de Macri

En los últimos días, también, se reactivaron canales de diálogo con sectores del alt-peronismo que no están convencidos del movimiento centrípeto que experimenta la oposición. La incorporación de peronistas a una coalición de gobierno en caso de que Macri sea reelecto es una condición que puso Rogelio Frigerio para seguir a bordo cuatro años más. Se habla incluso de los lugares que podrían ocupar Miguel Angel Pichetto y Juan Manuel Urtubey en el próximo gabinete. La opción de una tercera vía aparece cada vez más desdibujada. El propio Roberto Lavagna volvió a dudar de su vocación política después de que Luis Betnaza, hombre fuerte de Techint, dejara en claro que “no hay escenario para tres”.

La incertidumbre en este ciclo político es altísima, pero a setenta días del cierre de listas todo parece encaminarse al esquema polarizado que rigió la dinámica de los últimos cuatro años. Hay un gran ordenador, que es la economía. Pero hay algo más. Lo dijo Marcos Peña, el lunes por la noche durante la cena de CIPPEC: “Más que una batalla por el bolsillo, va a ser una batalla por el alma de la Argentina". El jefe de gabinete citó con esa frase a Margaret Thatcher, que en una famosa entrevista al Sunday Times, en 1981, había señalado que “la economía es el método, pero el objetivo es cambiar el alma” de la Nación. La Dama de Hierro es acaso la figura política en la que mejor se refleja el proyecto de país que imagina Macri.

“Cambiar el alma” en este caso es doblegar la resistencia ante el desguace de la estructura de derechos adquiridos, desarmar las estructuras sindicales y sociales que velan por esos avances, caranchear una vez más el sistema previsional, acabar con la legislación que protege a los trabajadores de los abusos patronales. El objetivo no solamente es avanzar con reformas económicas; también buscan garantizar que ningún gobierno subsiguiente pueda dar marcha atrás con ellas. Acorralado por errores propios y una sociedad que gobierna sin alcanzar a comprender, el oficialismo redobla la apuesta. Así solo logra darle argumentos a la oposición para encontrar la forma de zanjar, de una vez y para siempre, ese debate.