Hace varios años que en esta columna mencionamos la disputa regional existente entre una corriente llamada progresista y otra liberal-conservadora, ambas definidas en el más amplio sentido del término.

La posibilidad del regreso al poder de Cristina Fernández de Kirchner en la Argentina, un país clave de América Latina, ha motivado comentarios editoriales de los principales diarios regionales y de numerosos políticos, entre ellos el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que alertó de la posibilidad del regreso del “populismo” de la mano de CFK ya que eso implicaría tener “una nueva Venezuela” en el sur de América del Sur.

La política también es el arte de la sorpresa y la jugada de la expresidenta de nombrar a Alberto Fernández como candidato a la presidencia y ella acompañándolo en la vicepresidencia sorprendió a propios y ajenos. Él fue su aliado en el pasado, pero también se distanció de ella y fue muy crítico durante años de su gobierno.

Todos los trabajos de investigación y encuestas señalan que el rechazo hacia la gestión del presidente Mauricio Macri es mayoritario, en particular por la situación económica y el retroceso en la calidad de vida de amplias franjas de la población. Sin embargo, el descontento hacia un gobierno no garantiza su derrota electoral si la oposición acude desunida a las urnas.

Más allá de los componentes de la política interna para concretar un frente opositor y amplio con el objetivo de derrotar al presidente Mauricio Macri en las elecciones de octubre, se puede pensar que la experiencia de Brasil con la detención de Lula da Silva y el triunfo de Bolsonaro fueron elementos que Cristina Fernández tomó en cuenta al momento de anunciar que no sería la candidata a la presidencia.

Lula da Silva entró a la cárcel en el mes de abril de 2018 condenado a 12 años de prisión en plena campaña electoral, medio año antes de las elecciones. Pero insistió en mantener su candidatura hasta último momento.

Desde numerosos sectores se alentaba la formación de un gran frente electoral progresista que incluyera a Ciro Gómez, que había sido ministro de Da Silva. Sus diferencias y las apetencias personales de ambos impidieron una fórmula de acuerdo que pudiera sumar fuerzas y derrotar a los partidos de la derecha tradicional y al incumbente Jair Bolsonaro.

Lula da Silva siempre confió en que el Poder Judicial decretara su inocencia. Y se equivocó. Apenas 45 días antes de las elecciones nombró a Fernando Haddad para que encabezara la fórmula del Partido de los Trabajadores en su reemplazo. Y fue demasiado tarde para instalar una candidatura alternativa.

El antecedente de Lula da Silva seguramente influyó sobre Cristina Fernández al momento de tomar una decisión un mes antes de inscribir formalmente las candidaturas para las elecciones en octubre y a días de que comenzara un juicio por corrupción en su contra. La expresidenta siempre negó las acusaciones y ya en diciembre de 2016 denunciaba persecución judicial y política y hostigamiento mediático, similar a la que impidió la candidatura de Da Silva.

Quienes juegan al ajedrez saben que existe una famosa apertura denominada “gambito de la dama”. Consiste en ofrecer una pieza para poder desarrollar un mejor juego y ganar la partida. Y en política de eso se trata, de ganar. Aunque el “gambito de dama” tampoco garantiza la victoria.

NOTA PUBLICADA EN CNN EN ESPAÑOL