Hay quienes creen que los problemas del desarrollo consisten en replicar un mix de experiencias nacionales exitosas. Un caso extremo fue el que el actual gobierno mostró, en sus primeros meses de gestión como presunto modelo a seguir: el “Plan Australia”. Fiel a su estilo, el plan, que debe haber costado unos cuantos dólares en viajes y consultorías, quedó en los anuncios. Fue nada, aunque ser nada fue mejor que el caso del “gran plan para el desarrollo de la infraestructura del norte argentino”, pomposamente bautizado como Plan Belgrano, que sólo desarrolló una estructura de pago de súper sueldos para funcionarios.

Regresando a Australia, la idea parecía simple. Se trata de un país riquísimo en recursos naturales que decidió abortar sus intentos de industrialización para reconcentrarse en la producción de base primaria y en servicios. Al igual que la última dictadura militar y el menemismo, Cambiemos creía que Argentina debía seguir un camino similar, abandonar su industria “subsidiada e ineficiente”, sus intentos “estalinistas” de industrialización junto con el complejo entramado social derivado, para concentrarse en ser el “supermercado del mundo”.

Como en el caso australiano se trataba de abocarse a explotar recursos naturales, desde el agro a Vaca Muerta en el sur y el litio en el norte. Volver, siempre según la trasnochada cosmovisión oficialista, al país presuntamente exitoso del primer centenario, la mítica Pampa riquísima de las carnes y las mieses. Había alguna lógica en la propuesta. En su etapa de auge el modelo agroexportador era tan rico en recursos naturales como lo es hoy Australia. La población era escasa y la frontera agrícola estaba en expansión. Pero existía también un tercer factor poco nombrado y escasamente reconocido por sus adversarios. La llamada generación del ’80 promovió un crecimiento conducido por la demanda por la vía de la construcción de un Estado.

Sin embargo, el modelo agroexportador llevaba en sí la semilla de su propia destrucción. Primero la construcción del Estado perdió dinámica al llegar a un determinado punto, luego la expansión de la frontera agrícola no podía seguir creciendo a la misma velocidad que el aumento de la población, la que nunca dejó de crecer. Finalmente, la concentración inicial de la propiedad de la tierra, otra diferencia de grado con “Canadá y Australia”, reforzó los frenos al desalentar el poblamiento del interior y la democratización de la vida rural. Dicho de otra manera, lo que ocurrió no fue que se abandonaron determinadas políticas económicas, como el liberalismo, sino que el modelo encontró sus propios límites.

El flujo de inmigrantes comenzó entonces a abarrotarse en las ciudades, donde crecían las industrias vinculadas al mantenimiento del transporte, los talleres ferroviarios y alguna agregación de valor a los alimentos. Los servicios financieros y la logística de comercialización dieron origen a los trabajadores de cuello blanco. El primer centenario no fue una fiesta popular como el segundo, sino que se realizó bajo estado de sitio ante la amenaza de las revueltas obreras. Fueron los años de la ley de residencia y de los extranjeros que traían “ideologías foráneas”. Llegada la década del 30, aunque en la comparación internacional el PBI per cápita se mantenía elevado, era evidente que Argentina ya no sería Australia. En el presente, medido en términos per cápita, la dotación de recursos de Australia multiplica catorce (14) veces a la de Argentina. La comparación entre ambos países resulta como mínimo improcedente. Pero hay que ser justo, el gobierno no volvió a hablar del Plan Australia.

En el escenario presente, donde los recursos naturales siguen siendo una ventaja comparativa, pero insuficiente, los replicadores de ejemplos nacionales, en concreto los cultores del nacionalismo metodológico, afirman que deben sumarse también las experiencias de países con dataciones de factores más convergentes con la realidad argentina. Por ejemplo, agregan que podrían replicarse algunas experiencias de Corea del Sur, o el fondo de reserva noruego o las prácticas de otros países nórdicos.

Si bien las experiencias nacionales siempre son una referencia para la toma de decisiones en materia de desarrollo, es decir siempre suma estudiar cómo lo hicieron los otros, la metodología de la réplica enfrenta algunas limitaciones también abordadas en la literatura. La más evidente es que los procesos de cierre de brecha en países de desarrollo tardío suponen siempre aprendizajes que son fuertemente tácitos. El know how no se compra, sólo se puede copiar parcialmente, pero sobre todo necesita ser adaptado y aprendido por los actores de cada país. La literatura habla delearning by doing”, aprender haciendo.

No obstante, tampoco es esta la principal limitación. El desarrollo de las estructuras productivas es impulsado por las estructuras sociales. Este es quizás uno de los factores menos tratados cuando se discute cómo avanzar en los procesos de desarrollo. Dicho de manera rápida: la principal restricción al desarrollo puede encontrarse en las sociedades mismas.

Poniendo la lupa sobre el caso argentino y el actual desastre económico, el verdadero tiro en el pie que se autoinfligieron algunos actores sociales, desde las clases medias a los jubilados, desde las pymes al conjunto de las grandes empresas que no pertenecen ni al sector financiero, ni al agro, ni al selecto grupo de menos de un centenar de firmas energéticas que vieron dolarizadas sus tarifas, debería llevar a preguntarse muy seriamente por qué a los ciclos de despegue en materia de desarrollo, siempre conseguidos durante gobiernos nacional populares, le siguen recaídas neoliberales que los abortan.

En su reciente exposición de rechazo al Presupuesto 2019 en el Senado, la ex presidenta Cristina Kirchner recurrió a la luminosa explicación brindada por el economista polaco Michal Kalecki en su breve texto de 1943 “Aspectos políticos del pleno empleo”. Kalecki afirmaba que los empresarios no desean que el pleno empleo se mantenga en el tiempo porque ello empodera a los trabajadores, deteriora la disciplina al interior de los espacios de trabajo, aumenta las demandas salariales y extrasalariales y, por todo eso, genera problemas de sustentabilidad política para el poder del capital. Contra lo que se proclama en los discursos, el desempleo no es un producto indeseado, sino una necesidad estructural del capitalismo. Llegado a un cierto punto de expansión económica vía el impulso a la demanda, la clase capitalista puede considerar razonable inducir una recesión disciplinadora o “ajuste kaleckiano”. Incluso si en el camino pierde dinero en el corto plazo, ya que ello es preferible a perder poder en el largo.

La perspectiva kaleckiana es una explicación que pertenece al ámbito de la lucha de clases. A diferencia del nacionalismo metodológico, de la simple elección de los modelos correctos, incorpora la realidad del poder. Sin embargo, visto desde la Argentina del siglo XXI le falta una pata, la del imperialismo. Los procesos productivos, vía las firmas multinacionales, tienen escala global. Como al interior de estos procesos existen jerarquías --matrices y subsidiarias--, jerarquías que a la vez son respaldadas por el poder militar, resulta más adecuado hablar de imperialsmo que de globalización.

En este orden imperial las clases dominantes locales funcionan en términos gramscianos como auxiliares de las hegemónicas de los países centrales. Las necesidades de política de este orden son la libre circulación de capitales y de mercancías y que ninguna región del globo -región, no Estado ni Nación- se aparte del lugar que le fue asignado en la producción global. En el caso argentino, este lugar es el de la provisión de algunas commodities y absorber productos industriales de otras economías. La ruptura de este orden es una tarea titánica. Los países que lo logran durante algún tiempo son sometidos a fortísimas presiones, externas e internas.-