Las disyuntivas políticas que actualmente atraviesa la oposición a la restauración conservadora degradada que representa la Alianza Cambiemos, de las que no está exenta ningún sector, pero particularmente el Peronismo que encarna la única fuerza con capacidad de convocatoria para poner freno al ostensible rumbo de desintegración nacional al que nos conduce el Gobierno de Macri, impone algunas reflexiones en torno al sentido y límites de la Unidad imprescindible para cumplir ese objetivo.

¿Cuál es el desafío?

El acceso al gobierno con una fuerza política de claro signo nacional y popular, respaldada por amplias mayorías que permitan llevar adelante medidas de transformación estructural que superen el falso democratismo neoliberal, reaseguro de privilegios inconcebibles en el siglo XXI y facilitador del fraude electoral -de propios y ajenos- abandonando las promesas de campaña apenas ungidos en los cargos obtenidos por el voto popular.

Los fines mediatos -y sustantivos- que esa proposición implica no debe hacernos perder de vista un objetivo urgente, como apremiante, que consiste en impedir que en el 2019 Cambiemos acceda a cuatro años más de gobierno, con lo cual la recuperación de un país inclusivo, con equidad y justicia social exigiría no menos de treinta años.

¿Qué nos exige esa demanda?

Propender a una Unidad amplia, plural, democrática y frentista, que sintetice la diversidad a través de una comunidad de principios y valores; contando con un Peronismo programáticamente homogéneo como eje natural de ese Frente Partidario opositor.

Esa homogeneidad, que no prescinde en su enunciado de las diferencias notorias que exhiben las numerosas vertientes que nutren al Peronismo, debe fundarse en un Programa común explícito que tanto importe compromisos inalterables como límites insuperables que definan la identificación o no con las propuestas básicas para un futuro gobierno. A partir de lo cual también se decidan las alianzas factibles, los niveles de participación y de responsabilidades compartidas con otras fuerzas partidarias.

Sin prisa pero sin pausa

Los tiempos en política no suelen coincidir con los cronológicos, reclamando una intensidad en la acción no necesariamente ligada al calendario sino a los hechos, sus interpretaciones y las naturales prevenciones de no resultar aventajados por una cierta morosidad en los posicionamientos, legítimos o no, que ansía todo aquel que actúa en ese terreno.

Las postulaciones apresuradas de candidaturas, en especial las presidenciales, poco favor hacen a la necesaria búsqueda de unidad, porque con frecuencia alejan más que acercan a aquellos que, razonablemente, podrían converger en una plataforma común donde dirimir oportunamente sus respectivas ambiciones personales.

Pero además, resulta claramente contraproducente en pos de unificar las propuestas para una alianza programática imprescindible que evite abruptas deserciones, infidelidades o desencantos que de un modo u otro terminan extendiéndose a las bases partidarias y al electorado en su conjunto.

La manera de resolver las candidaturas también deberán ser parte de un Programa común y de los consensos frentistas alcanzados, las PASO pueden ser una alternativa pero nada indica en política que un mero instrumento –cuya eficacia e idoneidad está puesta en cuestión por todo el arco partidario, si no abusamos de una memoria selectiva- se constituya en un paso único por sobre las estrategias de construcción de acuerdos políticos que las circunstancias indiquen como las más apropiadas.

En el Peronismo nadie puede dudar de la existencia de distintos liderazgos –con fortalezas disímiles expresadas en las urnas y en el territorio- que no admiten exclusiones apriorísticas en aras de la reclamada Unidad; pero tampoco puede omitirse la falta de una Conducción unificada que habilite a alguien a actuar como árbitro en la -por cierto- difícil ingeniería que supone la reconstrucción de esa fuerza política más apegada a su carácter movimientista que a una condición partidaria.

¿Qué papel le corresponde al sindicalismo?

Si advertimos que desde antes de su nacimiento como fuerza política, identificada con su líder y conductor Juan Domingo Perón, e incluso en función del protagonismo que en su génesis tuvieron los trabajadores y sus organizaciones, el sindicalismo ha sido parte inescindible de ese Movimiento al punto de haber sido denominado como su columna vertebral, mal podría prescindirse de su participación en esta hora crucial y en esa tarea.

La posibilidad de lograr una síntesis gremial que se exprese en una Central Sindical unificada, es un anhelo relevante pero que se muestra lejano en su efectiva realización.

No obstante el Movimiento Obrero no se agota, como tal, en una expresión orgánica semejante y muchas han sido las ocasiones en que ganaron los desencuentros sin que ello agotara su capacidad de acción y representación.

En realidad valen a su respecto similares consideraciones como las referidas sobre el ámbito partidario, imponiéndose un responsable grado de abandono de personalismos inconducentes y la elaboración de un Proyecto Político propio que se articule con las propuestas formuladas desde otros sectores del campo popular.

Un sindicalismo que no se resigne a un rol meramente reivindicativo, reclamando para sí el protagonismo político que le corresponde y asumiendo los compromisos programáticos consiguientes.

La elaboración de la agenda

Una premisa fundamental es no ceder esa función a los medios hegemónicos que, a través de operadores mimetizados como periodistas “profesionales y objetivos”, instalen los temas sobre los que deban darse los debates para alcanzar la unidad.

Al igual que no atender a provocaciones que abundan a diestra y siniestra, cargadas de enunciados sobre purezas inexistentes –e imposibles- en la práctica política, que tampoco exhiben los que las declaman.

La salida del laberinto

Decía Leopoldo Marechal, que sólo se sale de un laberinto por arriba. Fórmula que en un Movimiento democrático pero esencialmente verticalista como el peronista, supone buscar esa salida confiándola a su conductor.

En ausencia de una conducción, entonces, es preciso apelar a las esencias que definen esa identidad política. No como mero recurso retórico, ni incurriendo en anacronismos que soslayen las diferencias de época, sino con foco en los dogmatismos indispensables que le son inherentes como doctrina e ideología.

Desde esa perspectiva no es ocioso recordar, con citas textuales, algunas reflexiones del mismo Perón:

El peronismo no es nadie en particular porque pertenece a todos los peronistas que lo componen y lo sirven

Ningún peronista debe sentirse más de lo que es ni menos de lo que debe ser. Cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca

Un hombre de nuestro movimiento podrá tener cualquier defecto pero el más grave de todos será no ser un hombre del pueblo

El peronismo trabaja para el Movimiento. El que en su nombre sirve a un círculo o a un caudillo lo es sólo de nombre

Nada se puede construir orgánicamente, sino sobre una unidad de pensamiento y de sentimiento, que sólo la da la doctrina común