Hoy en día la Meteorología pareciera ser la ciencia más adecuada para abordar lo que ocurre en la Argentina, si bien la experiencia indica la frecuencia de errores en sus pronósticos, lo que permite pensar que la tormenta perfecta que han prohijado los buitres que alientan las políticas del Gobierno puede desencadenar efectos inesperados.

Zeus, padre de la lluvia y el trueno, relata Homero, le otorgó a Eolo el poder de controlar los vientos tanto para liberarlos todos juntos provocando desastres en la tierra, el agua o el cielo como liberar de a uno para hacer el bien, por eso era que los griegos le temían y lo respetaban.

Macri lejos está de parecerse a Eolo ni de despertar sentimientos de esa índole. Tiene una conducta que más bien se corresponde con la del Aprendiz de Brujo que compuso Walt Disney.

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Política y fenómenos climáticos

Vivimos una época en la cual hay una marcada tendencia a identificar las vicisitudes de la política con fenómenos climáticos, que en general brindan la sensación de que los procesos que se desencadenan en lo económico con impacto social se originan en causas inmanejables, ajenas a la voluntad de los gobernantes y que implican una suerte de determinismo inexorable.

Lo curioso es que más allá de los eufemismos utilizados, la cruda realidad que hasta el más desprevenido advierte cotidianamente no se condice con cataclismos que frustren augurios de lluvias esperadas (de inversiones), ni con tormentas (locales o internacionales que aneguen el país), ni con movimientos tectónicos (que provoquen alzas de los precios o de la cotización del dólar), ni mucho menos con la mentada imprevisibilidad de vientos adversos que alteren el clima de confianza necesario para alcanzar los objetivos propuestos.

La responsabilidad por las calamidades que sufre Argentina pretenden atribuirse a la Naturaleza, al puro devenir de cuestiones fuera del alcance de las acciones humanas de quienes están al timón del Estado. Ya quedó agotada la posibilidad de asignárselas a herencias recibidas, aunque cada tanto se insista en mirar hacia atrás –a un pasado remoto, a casi tres años del Cambio de gobierno- para interpretar lo que nos sucede en el presente y lo que puede esperarse de un futuro para nada promisorio

¡Qué orador!

La última intervención del Presidente, breve y penosa como nos tiene acostumbrado, plagada de gestualidades mal aprendidas y peor ejecutadas a pesar de los sucesivos ensayos –montajes y ediciones- que demoraron varias horas el anunciado discurso, fue una muestra elocuente de la ligereza extrema que lo caracteriza y la sideral distancia con la figura de “estadista” que se atribuye.

Impedido de apelar a la globología celebratoria, disciplina en la que se formó con el sofista Durán Barba, abandonado a su suerte hasta por los más próximos mentores neoliberales y aferrado al salvavidas de plomo que le ofrecen generosa aunque sólo declamativamente Trump y Lagarde –su Cristina-, nos habló de sequías de divisas, de inversiones, de reservas para financiar la estructura del Estado que, paradójicamente, nos están ahogando antes de arribar a las orillas del Mundo al que nos quería conducir.

Como era de esperar no hubo ninguna autocrítica, no asumió responsabilidad alguna, ni tuvo una muestra del menor pudor al desdecirse de la palabra dada a sus amigos del campo (a los que les impuso nuevas –y mentirosas- retenciones), como tampoco al prometer medidas que había denostado (precios cuidados, para después de producidos enormes aumentos de la canasta básica).

Por supuesto, apeló a los apuntes en fotocopias de unos cuadernos –literalmente- inexistentes, a la conciencia de la población para sacrificarse en pagar la fiesta de la que habían participado y -realmente- disfrutado con pleno empleo, salarios dignos y acceso a la educación, a la salud, a un consumo creciente de bienes de todo tipo, que desde su lógica oligárquica no podían esperar que durase para siempre.

¿Fracasaron?

Una evaluación apresurada de lo que viene ocurriendo en el país desde diciembre de 2015 puede llevarnos a responder afirmativamente ese interrogante. Sin embargo, un análisis más detenido impone distinguir dos aspectos implícitos, pero claramente diferenciados de un dilema semejante.

En lo político, es evidente el fracaso de la Alianza Cambiemos en términos de confianza perdida hasta de sus propios electores, de gobernabilidad frente a la conflictividad creciente que se expresa a diario en las calles, de total impericia para manejar el Estado desde un reduccionismo absurdo que lo asimila a la conducción de una empresa, de poner en manos de CEOs cuestiones delicadas que requieren una cintura de la que carecen y que no le exigían sus roles en el sector privado.

En lo económico, la respuesta no es la misma. Por el contrario, la gestión es a todas luces exitosa porque vienen logrando todo lo que formaba parte de su Proyecto de cambios.

Tal como muchos predecían, sin llegar a convencer a un segmento de la población dispuesto a correr el riesgo de una nueva aventura cuyo trágico desenlace ya había vivido, la propuesta de la Alianza gobernante implicaba mayor pobreza, menor empleo y peor salario, libertad para los mercaderes de las finanzas y cepos ineludibles para toda expresión opositora, barrearas abiertas para los productos extranjeros e infranqueables para acceder a derechos básicos (alimentación, salud, educación, trabajo, seguridad social, protección contra la violencia institucional, entre muchos otros).

Quien siembra vientos…

Lo que sí era difícil de imaginar, hasta para los más esclarecidos –y frustrados esclarecedores- era la vertiginosidad de los funestos cambios, la pasividad contemplativa y esperanzada de buena parte de la población que aún hoy sigue fijando su mirada en el pasado para explicarse lo que le está ocurriendo, indolente ante la corrupción magnificada y ostensible que se ha adueñado de las instituciones del Estado.

Aquello de que si le va bien al Gobierno nos va a ir bien a todos prescindiendo de los intereses que guían los actos de los gobernantes, que hasta repiten sin pudor dirigentes que se dicen opositores, es una afirmación tan pueril -o hipócrita- como la remanida frase de que “el que avisa no traiciona”.

"Sólo en dos años, lo han desorganizado todo, han desquiciado las finanzas estatales, derrochado las reservas financieras y comprometido gravemente el crédito del país en el exterior después de derrumbar el valor de la moneda, arruinar la economía privada y paralizar los planes, produciendo perjuicios incalculables, para terminar tiranizando al Pueblo al punto de hacer desaparecer todo vestigio de su felicidad pasada y entronizar la injusticia social y el sometimiento a los poderes foráneos de la antipatria. ¿Cómo pagarán estos hombres semejante crimen? Eso lo dirá el pueblo a su hora". "Sólo en dos años, lo han desorganizado todo, han desquiciado las finanzas estatales, derrochado las reservas financieras y comprometido gravemente el crédito del país en el exterior después de derrumbar el valor de la moneda, arruinar la economía privada y paralizar los planes, produciendo perjuicios incalculables, para terminar tiranizando al Pueblo al punto de hacer desaparecer todo vestigio de su felicidad pasada y entronizar la injusticia social y el sometimiento a los poderes foráneos de la antipatria. ¿Cómo pagarán estos hombres semejante crimen? Eso lo dirá el pueblo a su hora".

La aguda y lúcida descripción precedente, sencilla pero de gran profundidad conceptual, parece escrita en estos días y sin embargo data de hace más de seis décadas, fue formulada por Juan D. Perón en 1957.

Un nuevo huracán amenaza con azotar nuestra Patria y cada vez son menos los refugios existentes, como los que podrán ponerse a salvo de sus efectos devastadores.

Todavía hay tiempo de prevenirse, de aunar fuerzas para resistir la embestida, de perder la candidez o el egoísmo inmovilizante, de abrir los ojos para no dejar que nos despojen unos pocos en beneficio de otros menos.

La reacción colectiva está emergiendo a lo largo y ancho del país, cobrando cada vez más organicidad, pero no es posible predecir el grado de virulencia con que se manifestará hasta lograr encauzarse unificadamente hacia un mismo objetivo.

Lo cierto es que, en términos tan corrientes en esta época, quien siembra vientos cosechará tempestades.