La historia que voy a contar empezó el lunes 19 de noviembre, un feriado. Estaba trabajando cuando mi mamá me llamó llorando para decirme que se había quebrado tras tropezar con una de las veredas de Horacio Rodríguez Larreta, muy cerca de su casa, en Floresta. Bajó del colectivo, hizo unos pasos, cayó y chau tobillo.

Mi hermano se encargó de buscarla en el hospital ese día. Volvió enyesada y no podías acercártele a dos metros sin que grite: “¡CUIDADO CON EL PIE!”, como si uno no viera que tenía tremenda cobertura blanca. La primera noche fue imposible, llamamos al médico a domicilio para que le dé calmantes pero nos dormimos y perdimos la visita. Nos despertamos y, a primera hora, a la clínica: ¡Que la operen hoy! Eso no pasó.

Después de placas y una acomodada de tobillo – estaba luxado, o sea corrido,y se lo acomodaron tres veces en dos días-, volvimos sin éxito a su departamento. Desde ese entonces, prácticamente me instalé en la casa de mi mamá. La primera semana falté íntegra a uno de mis dos trabajos para poder acompañarla y llevarla a los mil controles que tuvimos que hacer.

En este punto tuvimos algo de suerte, porque uno de sus vecinos tenía muletas y silla de ruedas, que amablemente prestó durante el día para permitir los traslados.

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Todo era milimétrico: tenía el pie apoyado en un almohadón pero ella no podía hacer fuerza para acomodarse porque se le salía de lugar el hueso. Cada pequeño movimiento tenía que ser acompañado, entonces yo agarraba esa almohada y mientras ella subía con los brazos, le acompañaba el pie. Caminar, imposible. Hubo que aprender enfermería acelerada.

La comida a la cama, todo en la cama. Lavar los platos, llevar ropa sucia a mi casa los fines de semana, cargar bolsas gigantes con ropa limpia – de ella y mía -, hacer mis cosas y las suyas, aprender a regar plantas (murieron dos, pero bueno, son detalles), hacer las compras y miles de pequeñas y grandes demandas que hace una persona que no se puede mover. No se dan una idea de todos los movimientos que hacemos y lo limitados que quedamos al estar postrados.

No voy a contar todos los traslados a clínicas y hospitales porque fueron muchos. Todos en ambulancia. Para eso, había que ir contrarreloj, llamar al médico a domicilio, pedir la orden, autorizarla y solicitar una ambulancia con 24 horas de anticipación. Mi vieja se peleó con una de las chicas del call center y cada pedido era un parto. Pero siempre llegaron y era una aventura (para mi) el ir en ambulancia. Ya había viajado dos veces pero desmayada o casi, así que no las había disfrutado.

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La culpable.
La culpable.

Tras los estudios, prequirúrgicos y etcéteras, diez días después de la quebradura, llegó el supuesto día de la operación. Fuimos a la clínica pero ¡el médico nos había cambiado de turno y nunca nos enteramos! Decí que la gente es amable, los de la ambulancia se portaron bien y nos llevaron de vuelta. Así que otra vez con todos los trámites para pedir un nuevo traslado para el día siguiente.

Ya sin miedo, un jueves 13 fue el día. Fuimos cerca del mediodía y después de una larga espera, al quirófano. La operación duró unas dos horas y media. (ALERTA: no leas este párrafo, má). Se rompió tibia y peroné en tres pedazos y un ligamento. Le pusieron una placa y diez clavos. “Hace rato no veo un tobillo tan destrozado”, dijo el traumatólogo. “Tobillo biónico”, la jodo y le digo que es “Robomom” – en vez de Robocop -.

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(Ahora sí podés volver a leer, má). Durante casi dos semanas, hubo que hacer curaciones de la herida. Sólo quiero acotar que una vez le salió sangre de la nariz a mi hermano y me bajó la presión, así que era un desafío. Detrás de la pierna, unos diez o doce puntos. Había que sacar vendajes y medio yeso para acceder a esa parte, alcohol y a envolver otra vez. “Está muy ajustado”, “está muy suelto”. Creo que nunca estuvo perfecto pero, reitero, enfermería acelerada.

Sin embargo, después de la operación fue todo más fácil. Ya comenzó a poder acomodarse sola en la cama, a caminar con andador (no le gustan las muletas, aunque parecen cómodas) y empezó a redescubrir su dos ambientes, el cual no recorría hacía casi dos semanas. Pudo cocinar e incluso lavar, lo cual fue una ventaja para mí.

Pese a ello, sigo llevando bolsones de ropa todos los fines de semana y cargándolos los lunes, para que tenga ropa limpia. A las corridas, hacer la cama a la mañana, regar las plantas (y rogar que no mueran más), dormir en el living – por suerte le dio por ser hippie y tiene mil almohadones -, y hacer todo por dos, pero cada vez mejor.

Empezó kinesiología la última semana del año y ahora ya se anima a ir sola. Incluso aprendió a pedir Uber. Básicamente, hay cosas que no puede hacer porque no sabemos hasta cuándo no podrá pisar, pero la cosa mejoró aunque yo todavía no paso dos noches seguidas en mi departamento.

Pero pensemos un poco. El maquillaje, la peatonalización y arreglo de veredas es una de las grandes propagandas y premisas del oficialismo porteño. Larreta incluso tiene memes de eso (amo el que muestra cómo lo atraen más las veredas que la ampliación de la red de subte). ¿Cómo pudo pasar esto con tanta inversión? ¿Cómo mi mamá perdió su tobillo y nunca volverá a sentirlo igual? ¿Cómo mi vida cambió por casi dos meses si todo está planificado y sobre ruedas?

Esa vereda había sido denunciada por uno de los comerciantes de la zona. Llamaron en reiteradas ocasiones al 147 y el número de reclamo fue siempre el mismo: 1220669/18. La respuesta: "Estamos intimando a la empresa". La rotura le corresponde a Movistar, que instaló fibra óptica, pero no todo es tan lineal como parece.

Según informaron desde la Subsecretaría de Vías Peatonales del Gobierno porteño a El Destape, las veredas son la cuarta queja más recurrente de los porteños, con más de 4.000 solicitudes por mes. En ese plan, los datos oficiales arrojaron 1.054.289 m2 de veredas arregladas en distintos barrios, sobre todo los de mayor tránsito. Entre ellos, asumo, no entró Floresta.

Para ello, se invirtieron 2.000 millones de pesos en 2018 yse destinarán 2.200 de pesos en 2019. Según informaron a este medio, el 87% de ese presupuesto será destinado a frentes altamente comprometidos, es decir, los que tienen entre un 50% y un 100% de la vereda rota para garantizar la seguridad en la transitabilidad y lograr tener el 80% de las aceras arregladas para fin de año.

Ahora bien, ¿qué pasa si la vereda fue rota por una empresa privada, como en el caso de la que le rompió el tobillo a mi mamá? El Gobierno porteño debe fiscalizar que estas compañías cumplan con su arreglo. Según informaron, durante 2018 realizaron más de 300 mil fiscalizaciones.

Para hacer sus obras, las empresas deben presentar un plan de trabajo y un depósito para que les habiliten la obra. Si los arreglos no son realizados, el Gobierno porteño tomará el dinero depositado para arreglar la vereda.

Al respecto, un abogado consultado por este medio aseguró que “la responsabilidad de todo lo que ocurra con las veredas, siempre en la Ciudad de Buenos Aires es del Gobierno, no es del vecino y tampoco de la empresa que rompió”.

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