Los vientos de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos (1.776), la Revolución Francesa (1.789) con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y sus principios de «libertad, igualdad, fraternidad», repercutieron en la burguesía criolla del Virreinato del Río de La Plata. Algunos liberales opuestos a las monarquías, como Voltaire, Jean Jacques Rousseau, Montesquieu y Denis Diderot, alimentaron el deseo emancipatorio de los patriotas del Río de la Plata que se planteaban dejar de ser una colonia de la corona española.

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La Revolución de Mayo de 1.810 fue un proceso que inició el surgimiento del Estado Argentino. Comenzó con la caída de la Junta Suprema Central y desembocó en la destitución del Virrey Cisneros y la asunción de la Primera Junta. El primer gobierno patrio proclamó los principios de soberanía popular, representación, y publicidad de los actos de gobierno.

¿Se consagró la independencia de las Provincias del Río de la Plata luego de la Revolución de 1.810? Está claro que la historia del continente latinoamericano continúa siendo la lucha por la emancipación y la soberanía. El 25 de mayo se conmemora un acto político que expresó una decisión y un deseo emancipatorio organizados en una voluntad general. Los patriotas decidieron colectivamente que el sometimiento a la corona española no debía naturalizarse y se hicieron cargo de una fuerza común capaz de luchar por la independencia, los derechos políticos y económicos. La soberanía implicaba la ruptura de los vínculos de dependencia y las relaciones carnales que ligaban a las colonias del Río de la Plata con los reyes de España, recuperar los derechos de los que habían sido despojadas e investirse como una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores así como de toda dominación extranjera. La Revolución de mayo fue un acto, y se conmemora la asunción patriótica de una responsabilidad colectiva entre los criollos del Río de la Plata.

El deseo emancipatorio y el anhelo de soberanía de los países que integran el continente latinoamericano continúa causando el horizonte de la lucha política. La historia de nuestro continente es la de una división social entre un sector atravesado por intereses nacionales, y una elite minoritaria detentadora del poder económico y político que juega a favor de las potencias extranjeras dominantes. Sabemos que la soberanía no se consigue de una vez sino que constituye un camino arduo y sin garantías, que presenta avances, retrocesos, rodeos e interrupciones.

El país hoy continúa signado por las luchas políticas entre dos modelos heredados del siglo XIX: el del pueblo decidido a defender la soberanía y, en contraposición, el de aquellos que dentro del país pretenden atar la nación a un destino de dependencia. Durante los doce años de gobierno kirchnerista se dieron enormes pasos a favor de la soberanía y el desendeudamiento con el FMI. Por el contrario, el proyecto neoliberal o neocolonial de Cambiemos está conduciendo al país a un nuevo endeudamiento con ese organismo. Dos siglos de historia argentina han demostrado que seguir la “lógica clásica” de los organismos financieros internacionales y las recetas de sus expertos - bajo el supuesto de que nos orientan porque saben - nos condujo a debacles económicas y sociales: desindustrialización de la mano del modelo agro-exportador, desocupación y precarización laboral, pérdida de calidad de vida de las mayorías y negocios financieros en beneficio de una élite. En pocas palabras, la supuesta modernización que proclamaba en campaña esta gestión que logró imponerse por el voto, está llevando al país a un proceso regresivo de pérdida de soberanía y debilitamiento democrático, al constatarse que los principios de libertad, igualdad y fraternidad resultan incompatibles con el neoliberalismo.

La historia del conflicto político de emancipación o dependencia que se encarna en patria o colonia como modelos de país contrapuestos, se presenta como uno de los debates fundamentales de la actualidad. Se plantea forzosamente asumir una decisión ética sin matices: tomar posición por la soberanía sostenida por un pueblo o la continuidad de este modelo neoliberal que representa una vuelta al pasado colonial. Una cultura emancipatoria no será posible si depende exclusivamente de un líder o si se delega en un puñado de dirigentes; es necesario construir un frente antineoliberal horizontal, hegemónico y democrático sostenido por un deseo emancipatorio articulado en una voluntad popular.

Esto significa la elaboración entre todos de propuestas y soluciones propias a contramano de las recetas de la ortodoxia. Producir nuestras verdades democráticas, surgidas en un debate permanente acerca de cómo queremos vivir, disputando la centralidad que ocupan las verdades autoritarias que impone el poder y hace creer que constituyen la única alternativa.

El campo popular tiene la oportunidad de intentar, una vez más, la construcción de una cultura libertaria, con un Estado que esté al servicio de los intereses nacionales y populares que profundice la soberanía y distancie definitivamente al país del colonialismo.