Aunque se trate de un “equilibrio inestable”, en su tercer año el modelo productivo del mileísmo comienza a consolidarse. La prensa hegemónica no le presta mayor atención a sus consecuencias mediatas, prefiere dividir su tiempo entre guerras mafiosas, como la emprendida contra la AFA, y en la sempiterna legitimación de las relaciones de poder. Sobre la base de una reducción de la inflación a más de treinta puntos anuales, gracias a un dispendioso sostenimiento del tipo de cambio contra deuda, repite a diario que el nuevo modelo económico es la imagen misma del éxito y una nueva estabilidad.
Debe insistirse en que los shocks inflacionarios como el de 2023 siempre generan la plataforma óptima, el disciplinamiento social previo, para la llegada de gobiernos oligárquicos. Quienes pretendan representar a los sectores populares deberían grabarse el dato a fuego. Después de una inflación de tres dígitos, hasta la desgracia de treinta puntos se asemeja al paraíso. Que la inflación funciona como un impuesto que castiga con mucha más violencia a quienes viven de un salario resultó ser bastante más que una consigna de “la derecha ajustadora”.
Luego de los tres dígitos la sociedad valora tanto la baja relativa de la inflación como para dejar de lado todos sus inmensos costos implícitos. Costos en términos de endeudamiento en divisas, de destrucción del aparato productivo, de avasallamiento de las funciones básicas del Estado, del insólito deterioro de la infraestructura --una verdadera bomba de tiempo a mediano plazo-- y de pérdida de soberanía nacional vía el alineamiento automático con la potencia hemisférica. La sociedad parece experimentar una suerte de largo estrés postraumático en el que nada le importa en tanto se logre sostener una relativa estabilidad de precios.
Mientras tanto, el modelo de destrucción del Estado y dólar barato hace su trabajo subterráneo, el aniquilamiento de la productividad sistémica de las actividades con mayor valor agregado se consolida como dato central.
La heterodoxia dogmática que afirmaba que el dólar barato era siempre preferible porque mejora los ingresos de los trabajadores debe, seguramente, estar encantada con el mileísmo. Sin embargo, su alegría teórica no encuentra contraparte en la mejora del consumo de los trabajadores, no tracciona la demanda agregada, no crea empresas, no crea empleo. Los únicos felices son quienes conservan algún excedente y, en consecuencia, disponen de más dólares. Un balance muy preliminar es que entre las peores desgracias de cualquier corriente de pensamiento económico destaca el dogmatismo y la fetichizan de determinadas variables, como por ejemplo “las tasas tienen que ser recontra altas y el dólar súper barato” cualquiera sea el contexto… Algo tan dogmático como afirmar lo contrario, que un dólar “recontraalto” es suficiente para desarrollar la industria exportadora. Lo notable es que son los mismos que luego se quejan del fetichismo del déficit interno, es decir del fetichismo de los otros.
Regresando al modelo que se consolida, en el tercer año comienza a ser evidente el fracaso del RIGI. No hubo lluvia de inversiones. La IED, la Inversión Extranjera Directa, alcanzó pisos históricos a pesar de los grandes beneficios ofrecidos a los potenciales inversores. Parece que los dueños del capital productivo miran algo más que los circunstanciales contextos “amistosos con los mercados”. Quizá los mercados internos también les importen. Probablemente evalúen la estabilidad política de mediano plazo. Tal vez la infraestructura y la evolución del capital humano también se cuenten entre los atractivos para invertir. No es casual que las únicas inversiones que llegaron se hayan dirigido a las nuevas economías de enclave, principalmente en los sectores energético y minero. Sucede que las características del RIGI no atienden al desarrollo de cadenas de proveedores locales y no incluyeron en la ecuación el problema de la restricción externa, pues a partir del tercer año los enclaves exportadores no deberán siquiera liquidar parcialmente sus divisas fronteras adentro. Sin efecto multiplicador interno y sin ningún acceso a las divisas de exportación cuesta entender los beneficios sistémicos de mediano plazo del nuevo modelo.
Un dato de fondo es que el modelo no es estable. El alineamiento automático con la potencia hemisférica le permitió al gobierno superar las elecciones de medio término. La ayuda estadounidense evitó sobre la hora una crisis externa inminente que habría llevado al gobierno al abismo. Un abismo que también fue entrevisto por los votantes, especialmente frente a una oposición que antes que aparecer como alternativa, pareció carroñera, solo expectante frente al fracaso oficialista. Pero tras la ayuda estadounidense y el triunfo electoral, los factores de inestabilidad siguen presentes. El más importante es que el modelo continúa siendo deuda dependiente. No está para nada claro cómo se enfrentarán los vencimientos de deuda si no es refinanciando a tasas crecientes hasta que sea inevitable una nueva reestructuración. La geopolítica favorable, las nuevas relaciones de vasallaje, no durarán para siempre. Pero sí podrían durar apenas dos años más hasta garantizar una reelección, lo que demandaría también la persistencia del estrés post traumático de la sociedad.
El modelo inestable que se consolida es el de una economía que refuerza de manera no virtuosa su reprimarización y en la que existirán cuatro sectores dinámicos, el agro de la franja central, la energía y la minería como actividades de enclave en la franja cordillerana y la siempre pujante intermediación financiera. Este escenario convivirá con periferias urbanas desindustrializadas y empobrecidas, donde las nuevas economías de plataformas posibilitarán que el ajuste en los mercados laborales, ayudados por las reformas legislativas, se produzca por calidad y no por cantidad, lo que a su vez introduce un inesperado factor de estabilidad. No es lo mismo un ejército de inconformes que uno de desesperados.
