Lincoln y la Correlación de Fuerzas

26 de julio, 2020 | 18.20

La probabilidad de perder en la lucha no debe disuadirnos de apoyar una causa que creemos que es justa.

Vicentin: de gran empresa a gran estafa

Abraham Lincoln 1864

Es habitual que en el análisis político tenga un lugar destacado lo que se da en llamar “la correlación de fuerzas”, en tanto determinante de las posibilidades de acción. Esto es cuánta capacidad tiene un gobierno para tomar medidas que puedan ser resistidas por otros bloques políticos o directamente por intereses corporativos.

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Porque la historia nos enseña que no basta que un gobierno sea legítimo. Ni que las medidas que decida implementar se decidan de acuerdo con las leyes y la Constitución en la mano. Ni siquiera que una ley propuesta tenga un profundo período de discusión popular, pública y federal, previo a su presentación y tratamiento en el Congreso. No, no basta. Además tiene que tener consenso o aprobación de sectores de la sociedad que tienen poder simbólico y fáctico por si mismos. Ocultando que no representen nada mas que sus propios intereses, intereses particulares o privados que son disfrazados en el debate público como intereses de la comunidad. 

Le cabe a la prensa hegemónica, al poder económico concentrado, a los organismos internacionales, especialmente los de financiamiento y desde siempre a las grandes potencias que ofician de gendarme internacional.

Inglaterra abolió el comercio de esclavos en 1807, la esclavitud en 1833 y se constituyó en un adalid en la lucha global en contra la esclavitud después de haberla abolido en sus propias colonias en 1834. Es que la situación había cambiado, y ahora debía evitar que otros países compitieran con la industria textil de Manchester usando esclavos.

La realidad condiciona las decisiones políticas, básicamente porque cuando los gobiernos populares intentan rebelarse a los abusos del bloque dominante y su sistema de presiones son atacados y amenazados, llegando a las medidas tan extremas como bloqueo económico, confiscación de sus bienes e incluso golpes de estado antidemocráticos como el que acabamos de sufrir en Bolivia en pleno siglo XXI.

Pero claro, como toda palabra su semántica está sujeta también al sentido. Y el sentido, lo sabemos, es una cuestión siempre teñida por la situación de correlación de fuerzas y por lo tanto de cómo logra impregnar la clase dominante el “sentido común” imperante.

Vale preguntarse entonces cómo se mide la correlación de fuerzas y sus eventuales modificaciones. En un sentido estático, someterse al imperio de la correlación de fuerzas es una actitud profundamente conservadora, ya que de adoptarse dicho punto de vista solo pueden ejecutarse medidas de gobierno “aceptables” para el bloque dominante. Por lo tanto no solo no se logra alterar el status quo, se consolida y solidifica el poder establecido. 

Hay otra lectura posible, la correlación de fuerzas puede alterarse con una realista lectura de las capacidades de operación de los distintos bloques como base de análisis para una acción comprometida, osada y transformadora.

El análisis de la correlación de fuerzas pasa entonces a convertirse en una herramienta eficiente y profundamente democrática para la transformación de la realidad a favor de la igualdad.

La historia brinda ejemplos para todos los gustos, sin embargo cabe recordar que Néstor Kirchner asumió como presidente de los argentinos con el 23% de los votos. Una hipótesis muy plausible es que el sistema oligárquico, para condicionar su poder aún antes de comenzar, no permitió que hubiera una segunda vuelta electoral en la que se habría alzado probablemente con el 70%. Más de 12 años después CFK terminaba su segundo mandato acompañada por el pueblo en una jornada histórica en Plaza de Mayo. Esos 12 años Argentina avanzó construyendo poder popular, esto es modificando la famosa correlación de fuerzas.

En definitiva, conviven dos actitudes políticas frente a la viabilidad de desplegar un programa nacional, popular y democrático.  La visión de que las posibilidades de avanzar están dadas de una vez, que sólo se alteran por cuestiones exógenas a la acción política y la que la entiende como susceptible de modificarse por la acción de los gobiernos o la acción de partidos y movimiento sociales.

Hay un caso singular y extraordinario que conviene traer a colación para ilustrar esta cuestión.

Se trata de las luchas que tuvo que afrontar el presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln cuando los Estados del Sur se alzaron en armas contra las autoridades constituidas de la Unión en 1861.

Se inició entonces una guerra que duró casi cinco años, de enorme crueldad debido a que se trató de una guerra de trincheras como fuera luego la primera guerra mundial, o sea la guerra “europea” cuando Europa era el mundo.

Al cabo de 4 años, las posiciones territoriales se habían movido muy poco y los muertos ya superaban los 800.000 civiles y soldados, el doble de las víctimas norteamericanas en la 2a guerra mundial.

La guerra de secesión siempre se adjudicó a la confrontación de dos modelos de país que coexistían. Uno basado en la actividad agropecuaria de la casta terrateniente del sur, asentado en la explotación de 4 millones de esclavos, y otro de corte industrialista y modernizador con la clara proyección de constituir a los EEUU como una potencia de escala mundial. Es decir: librecambio vs. proteccionismo. 

Según el relato cinematográfico del conocido director Steven Spielberg, en la película que lleva el nombre del Presidente mencionado y que recomendamos ver a quienes se interesan en la política y sus derivas, Lincoln se vio impelido a presentar un proyecto de enmienda constitucional, la famosa Enmienda XIII cuyo objetivo era terminar con la esclavitud de la población de origen afroamericana.

Lo cierto es que las relaciones de fuerza realmente existentes en ningún caso permitían lograr el objetivo que se proponía el Presidente.

El partido republicano de Lincoln tenía un sector conservador que aunque fuera sometido a la disciplina partidaria no alcanzaba para aprobar el Proyecto en la Camara de Representantes.

Por su parte, el partido demócrata, a la sazón opositor, estaba dominado por los hacendados sureños y eran irreductibles en su oposición.

El Presidente hizo oídos sordos a las sensatas recomendaciones de su gabinete y de sus asesores. Y se dispuso a trabajar sobre la nómina de diputados de la oposición para conseguir los 20 votos que faltaban.

Demás está decir que el guionista Tony Kushner atribuye al jefe republicano y símbolo de la nación, procedimientos reñidos con la moral, respecto de la negociación política para conseguir los votos faltantes.

El esfuerzo de los bloques dominantes por incorporar la antipolítica como parte del “sentido común” no es una cuestión Argentina, no seamos soberbios.  A algunos representantes que se habían quedado sin posibilidad de reelección les entregará puestos o cargos públicos; a otros ayuda monetaria para afrontar dificultades; al republicano William Bilb,o que había sido encarcelado, la libertad y a un congresista electo la amenaza directa de impugnar  a través de un magistrado de su confianza la validez de la representación que investía.

Si lo dicho procede o no de la imaginación del autor de la mas conocida de las biografías de Lincoln, Doris Kearns o reflejan la realidad, podría discutirse.

Pero sí corresponde una reflexión profunda acerca de que las relaciones de fuerza, en política, siempre expresan un momento en la vida de una sociedad, que no es estática como una foto sino en movimiento como en una película.

Lincoln desató con la aprobación de Enmienda XIII un reguero de jubilo en los sectores populares del norte y del sur, el fin de la guerra de secesión y el triunfo definitivo del proyecto industrialista norteamericano.

Demostró también que su política tocaba las fibras mas sensibles de la sociedad, que se mostraba madura para un giro estratégico y que las manipulaciones mediáticas no expresaban cabalmente la realidad sino la preocupación del poder económico del sur.

Finalmente pagará con su vida ese éxito inesperado, que se logró por dos votos, y que tuvo un impacto descomunal. Y habilitará una vez más para la reflexión de las ciencias políticas, el debate sobre la eterna duda moral que acompaña muchas veces a las grandes decisiones.

Terminó una guerra sangrienta que se había cobrado casi un millón de vidas, despejó el camino a la grandeza de su Patria y abolió la infame esclavitud.

Dijo alguien alguna vez que el fin justifica los medios, pero solamente si el fin está justificado. Otros le dieron una vuelta a la relación entre medios y fines, iluminados en que no existe una moral sino que hay tensión entre “su moral y la nuestra”, e interpretando que cualquier medio es aceptable cuando el fin esta justificado.

Se discute poco, en la visión dominante, la relación medios-fines cuando se arrojaron las devastadoras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Mientras la misma visión se agravia ante dilemas menores.

Nunca está dicha la última palabra para el que persigue una causa noble y da sin especulaciones las batallas políticas que esa causa se merece. Pero la historia se cobrará finalmente algo mas que el magnicidio de Lincoln. Pese a su sagacidad y mirada visionaria, la Enmienda XIII llevará en su entraña el fruto de una trágica distracción. Un representante de Missouri pedirá que se incluya una aclaración en su texto para excluir del beneficio a los convictos. Era un voto necesario y le fue concedido. Cien años después esa aclaración abrió las puertas a la persecución racista, por la vía de la  criminalización de los afroamericanos que son perseguidos hasta por delitos menores y aún inexistentes para provocar como venganza una  sensible pérdida de sus derechos civiles. Pero esa ya es otra historia.

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