La esperada interpelación al ministro de Deuda, Luis Caputo -el primo del zar de la obra pública y “hermano de la vida” presidencial, Nicki, para evitar las confusiones habituales-- fue una puesta en escena de la habilidad operativa y comunicacional del oficialismo y, también, de las limitaciones opositoras.

A pesar de la experiencia de los ’90 la actual oposición, considerada en conjunto, sigue sin aprender que la deshonestidad personal de los funcionarios, presunta o real, no es el problema principal de un régimen neoliberal. Así como la desgracia del megacanje de Domingo Cavallo no fueron las comisiones pagadas a los bancos colocadores, tampoco lo son para las impresionantes emisiones de deuda de los últimos dos años.

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Asimismo, puede resultar chocante para una porción politizada de la sociedad que el grueso de los ministros y el mismo presidente, cabales integrantes de un poder económico transnacionalizado, posean cuentas y empresas offshore, tanto en “países normales” como en guaridas fiscales. Sin embargo, el verdadero problema no reside en la impureza fiscal de los funcionarios, un estándar de la clase fugadora a la que pertenecen, sino que gobiernen en función de los intereses del poder que siempre representaron y del que son parte.

Luego, la mayoría de los votos que llevaron a Cambiemos al gobierno se corresponde con la porción de la sociedad que no interpela la desigualdad y la riqueza extrema, sino que la consideran natural e, incluso, admirable. El votante cambiemita no está indignado por las offshore de sus funcionarios. Entiende, incluso, que el ministro que calcula las tarifas incrementadas que ahora debe pagar todos los meses tenga su dinero en el exterior. Él mismo lo haría.

En suma, es comprensible que en el marco de la lucha política se aprovechen los flancos débiles del adversario, pero puede ser un error confundir lo accesorio con lo principal. Otra vez, el problema no es la pureza fiscal de los funcionarios, sino el plan neoliberal, es decir el megaendeudamiento, el deterioro del mundo del trabajo y la destrucción de las funciones del Estado.

También es comprensible que los integrantes del poder legislativo quieran aprovechar las cámaras y los flashes de una reunión de comisión muy esperada, como fue el caso de la interpelación al ministro de Deuda. Es parte del trabajo de hacer política. No obstante hubiese sido más útil dejar por un momento los lucimientos individuales y las sesudas reflexiones introductorias para aprovechar el tiempo finito de la presencia de Caputo coordinando una estrategia de preguntas claras y concisas. Para algo debería servir la pertenencia a un mismo bloque. Otra opción hubiese sido copiar al adversario, que sí coordinó sus acciones, empezando por la intervención de apertura de Eduardo Amadeo, quien intentó introducir al debate, sin éxito, las cuestiones financieras en torno a la recuperación de YPF, un preanuncio de que la estrategia sería embarrar y tirar la pelota afuera. Pero el mayor éxito llegaría sobre el final, con la indignación actuada frente al hecho sonso del papelito de “no seas tan mala…”, supuesta grave falta de respeto a la investidura de su majestad la diputada y excusa perfecta para la escapada ministerial. Todo con la complicidad del presidente de la comisión, el respetuoso senador formoseño José Mayans, a la sazón justicialista de la primera hora.

Aunque unos pocos legisladores avanzaron con las preguntas básicas, entre ellos Axel Kicillof y Marco Lavagna, se perdió la oportunidad de que la sociedad pueda entender mejor el riesgo sistémico que entraña una de las políticas centrales del gobierno de Cambiemos, el endeudamiento externo récord que, como se difundió en la misma reunión, ya sumaba a fines de 2017 el equivalente a casi 321.000 millones de dólares, lo que significa un crecimiento de más 80.000 millones en sólo dos años, nada menos que un tercio del stock heredado. Frente a la contundencia de estos números resulta ocioso exagerar calificativos.

Un matiz nada menor es que del stock de finales de 2017, alrededor del 48 por ciento eran pasivos intra sector público, como por ejemplo con “la plata de los jubilados”, por lo que la deuda que realmente importa es el 52 por ciento restante que se mantienen con privados y organismos internacionales, el grueso en moneda dura. Por eso, en términos de la ratio que miran los inversores de cartera extranjeros, la relación frente a un PIB que ronda los 600 mil millones de dólares, no es todavía un valor especialmente alto. En esta línea, los funcionarios de Cambiemos insisten en que la deuda es baja y, por lo tanto, no es necesario preocuparse por su sostenibilidad temporal. Dicho de otra manera, esta ratio sería la que permite dilapidar despreocupadamente la verdadera “pesada herencia”: una economía desendeudada. Y todo sin mayor contrapartida que la ficción instrumental de financiar gastos corrientes en pesos.

Siempre en el mundo de las proporciones, y a la luz de la experiencia de la historia local, utilizar la relación deuda/PIB como indicador de solvencia puede ser un error. Tanto como construir “gráficos amistosos” con variables ficticias que muestran reducciones de la relación más allá de 2020. En 2001, por ejemplo, se entró en default con una ratio de alrededor del 50 por ciento. Argentina no es un país del primer mundo, su PIB se mide en pesos, por lo que cualquier devaluación dispara la relación. A ello se agrega que la tasa de interés que determina el peso de los servicios de la deuda es un dato completamente exógeno, independiente de las decisiones locales. También que la relación exportaciones/PIB, la que aporta los dólares más genuinos para los repagos, es muchísimo más baja que la de los países desarrollados. Para colmo, el país vive un déficit estructural en la cuenta corriente de su Balance de Pagos, déficit que refleja, entre otras muchas cosas, la llamada fuga de capitales. A ello se suma el perfil de vencimientos, reconcentrado en el corto plazo. La primera síntesis provisoria es que si los inversores internacionales, “los mercados”, miran la relación deuda/PIB para seguir prestándole al país son, como mínimo, altamente ineficientes.

Pero no es así como funcionan las cosas. También existe la política. Que Cambiemos pueda seguir con el festival de deuda depende fundamentalmente, no sólo del comportamiento superficial de la mayoría de la oposición, sino de la dirección del pulgar internacional. Y ese pulgar se mantendrá para arriba durante mucho tiempo. Argentina, a diferencia de Brasil, Honduras o Paraguay, sigue siendo una experiencia neoliberal que llegó por las urnas, el mejor ejemplo disponible para mostrar. Mientras tanto continúa la extracción del excedente. No es ideología, basta con observar que la partida del Presupuesto 2018 que más crece es la del pago de intereses. Y cuando el financiamiento privado que sigue el clima creado por la prensa financiera global se agote, siempre quedará la disponible carta del FMI. Para Macri hay 2019, “los mercados” le tendrán una paciencia infinita, como ya lo demostraron frente a sus desvíos populistas de 2017. Para un gobierno popular, en cambio, las opciones heredadas serán durísimas.

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