"No podemos permitir más que una mujer gane menos que un hombre, no es justo, no está bien y según el INDEC estas diferencias llegan hasta el 30%", indicó Mauricio Macri en referencia a la conocida brecha de género en la apertura de las sesiones del jueves pasado. Es la primera vez que un mandatario argentino alude explícitamente a esta dimensión de la desigualdad. Pero, por el momento, los primeros dos años de gestión dejan dudas de que el compromiso sea más que una estrategia para contrarrestar la caída en la imagen.

Desde 2015, la brecha de ingresos laborales entre varones y mujeres se incrementó un 16%. Si se consideran también los ingresos no laborales, las mujeres ganan en promedio un 29% menos que los varones cuando en 2015 era de 24%. Analizar la evolución desde el 2004 puede darnos algunos indicios de lo sucedido: comenzando por una brecha del 33% y en coincidencia de la mejoría económica, la brecha disminuyó sostenidamente hasta 2009 cuando se estancó alrededor del 24%.

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En ausencia de políticas públicas específicas, la evolución entre 2004 y 20015 es subsidiaria del proceso del contexto macroeconómico y el aumento de los salarios reales. Las mismas variables, pero en sentido opuesto, operaron para incrementar las diferencias salariales a partir de 2015.

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La existencia de un piso en torno al 24% durante todo el período analizado, no puede explicarse por el incumplimiento de las leyes laborales, como se deslizó en su discurso. No es cierto que las mujeres ganen menos por realizar la misma tarea, sino que operan otros factores mas complejos. Existen techos de cristal, que dificultan el acceso de las mujeres a las actividades y puestos mejor remuneradas y pisos pegajosos que generan que estén sobre representadas en los trabajos peor pagos.

Un primer factor que opera es el menor tiempo que las mujeres dedican al trabajo para el mercado. Según datos que surgen del INDEC, mientras la tasa de actividad masculina (la proporción de los varones que están insertos en el mercado laboral) supera el 54% y la femenina es 35%. También las mujeres dedican muchas menos horas al trabajo remunerado: en promedio 44 horas semanales los varones y 36 las mujeres. La contracara de esto es la doble jornada femenina. Una mujer dedica unas 3 horas más que el hombre a tareas de cuidado de personas y del hogar. Una constante que se repite independientemente de que se tenga o no un trabajo remunerado.

Otro de los mecanismos que opera es la penalización que sufren en términos de remuneración las profesiones con mayor participación femenina, como docencia y sanidad. La mayor tasa de informalidad femenina también juega un papel: mientras un 35% de las empleadas mujeres no se encuentran registradas este porcentaje es de 31% en varones. Una de cada dos informales se inserta en el trabajo doméstico, casi completamente feminizado (98% son mujeres) y con tasas de registro que no llegan al 15%. Aunque algunos puedan aducir que la penalización no es en sí misma a las trabajadoras, sino a la profesión que eligen las mujeres, existe un ejemplo que lo refuta: mientras hace 50 años la profesión médica era ejercida casi en su totalidad por varones, en la actualidad es una actividad feminizada donde a medida que las mujeres fueron ganando terreno también cayeron las remuneraciones.

En definitiva, frente al nuevo discurso progresista se contrasta la realidad de los actos de gobierno. Los países que más éxito han tenido en cerrar la brecha de género han extendido la provisión y extensión de servicios de cuidado mediante guarderías públicas, geriátricos, apoyo a madres solteras y promoción de la crianza compartida entre ambos progenitores.

Por el contrario, en la ciudad de Buenos Aires donde el pro gobierno hace 10 año, se repite al inicio de todos los ciclos lectivos la falta de vacantes escolares, especialmente en los niveles iniciales.

En la provincia de Buenos Aires, la gobernadora María Eugenia Vidal (irónicamente la primera mujer en ejercer el cargo, lo que demuestra que el machismo no tiene género) impulsa el cierre de cursos y escuelas. La falta de una consideración especial a la hora de discutir paritarias con el gremio docente, uno de los más feminizados, también expresa la contradicción entre praxis y discurso.

No existe el reconocimiento de que dichas actividades arrancan de un piso inferior y también está ausente la mirada de sobre el trabajo reproductivo femenino en la discusión sobre el ausentismo. Por si fuera poco, se puede sumar también el nulo compromiso del gobierno con el registro de las trabajadoras domésticas, tal como lo demuestran los episodios protagonizados por Triaca y Michetti con sus empleadas.

* La autora es economista e investigadora del centro CEPA.