Suramérica vivió durante la primera década y media de este siglo un período de paz, democracia, crecimiento económico y disminución de la pobreza. La inserción internacional que conectó con el "boom" de demanda que experimentó Asia en general y sobre todo China, promovió la suba de los precios de los "commodities" exportados y alivió la restricción externa heredada de la reformas de mercado de los 90’. El peso de la deuda externa sobre el Producto Bruto Interno se redujo y la cuenta corriente del balance de pagos comenzó a exhibir superávits holgados.

Además, por primera vez en la historia continental, la bonanza externa fue utilizada para avanzar en un proceso de integración acelerado y potente que consolidara la autonomía alcanzada. El rechazo a la pretensión estadounidense de apropiarse de la mayor capacidad de compra suramericana en un Área de Libre comercio Americana (ALCA) inició la constitución de una convergencia política y económica que conformaría la Unión de Naciones Suramericanas (UNaSur). Este avance abriría una discusión común para la mayoría de los mandatarios del continente, algo no ocurrido desde el encuentro de los libertadores en Guayaquil, que se tradujo en la decuplicación del comercio intraregional en una década, lo que reflejaba la paulatina conversión de Suramérica un mercado interno ampliado que tendía a abastecer la demanda creciente volcando la oferta de recursos energéticos, alimenticios y la base industrial argentino-brasileña en un círculo expansivo virtuoso no estrangulado por la habitual restricción externa a esos procesos.

El hecho más favorable y palpable de este sendero de integración se verificó con el menor impacto sufrido por la crisis financiera global de 2008. En el año 2009 el comercio internacional se contrajo en el 26% y los países desarrollados ingresaron en una recesión trienal, pero en Suramérica la reducción del comercio sólo fue de 12% y en el año 2010 todos los países experimentaban buenas tasas de crecimiento de sus economías dejando atrás la crisis. La integración había amortiguado las consecuencias de un "crack" mundial y por primera vez las potencias centrales no habían podido transferir sus efectos al continente.

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A fines del 2011 en Buenos Aires todas las autoridades económicas de la región se reunieron a revisar la experiencia y emitieron un conjunto de recomendaciones a los decisores políticos, aconsejando profundizar el proceso de integración tanto en el plano comercial como financiero.

La desaparición de dos líderes claves en el inicio de este proceso -Néstor Kirchner y Hugo Chávez- sumado al cambio del rumbo decidido por el Brasil gobernado por Dilma Rousseff, consistente en la conformación de un bloque mundial con China, India, Rusia y Sudáfrica (BRICS) que por reunir un tercio del PBI planetario les habilitaría una negociación directa con los EEUU, acabaron por congelar el desarrollo de la integración suramericana tal como se había planteado con posterioridad al rechazo al ALCA.

El freno al recorrido de integración reinstaló la debilidad externa tradicional frente a una baja del precio de los "commodities" favoreciendo, como ocurrió a lo largo de la historia, la contraofensiva de los intereses oligárquicos y extranjeros afectados durante el proceso de autonomía continental. Y también como marca el registro histórico, este ataque viene enancado en la liquidación del esquema democrático que, con sus imperfecciones, lleva tres décadas de vigencia.

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En Brasil se asistió derrocamiento del gobierno de Dilma y el encarcelamiento de Lula para luego convocar a elecciones en dicho contexto; en Argentina se verifica la persecución sistemática y cotidiana contra Cristina por los medios y el Poder Judicial junto con la detención reiterada de su ex-vicepresidente Amado Boudou; en Ecuador el nuevo gobierno ha impulsado la condena y la cárcel del vicepresidente electo y en ejercicio Jorge Glas, ligado a Rafael Correa, sobre el que pesa también un pedido de prisión; en Perú ha sido encarcelado transitoriamente Ollanta Humala y hay pedido similar para Alan García. Se trata de una "razzia" contra todos los líderes políticos y sociales que han avalado la experiencia vivida por Suramérica en los primeros quince años del siglo XXI.

Pero es en Venezuela donde este proceso reaccionario asume las características más dramáticas. La Revolución Bolivariana es una de las impulsoras e ideólogas del recorrido de integración descripto y también la más afectada por su destrucción. La baja del precio del petróleo, su riqueza principal, la retirada de los socios comerciales regionales con los que atenuar este efecto y el boicot ominoso a su capacidad de intercambio que realizan EE.UU. y la Unión Europea, ha dañado severamente sus posibilidades de estabilización económica. Sin embargo, lejos de rendirse a la realidad, la Revolución Bolivariana ha decidido resistir la agresión continental en defensa de la autonomía nacional y el respaldo popular que ha recibido en las últimas elecciones y a lo largo de su vigencia.

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EE.UU. enmascarado en la defensa de la democracia ha destruido dos países petroleros en Medio Oriente: Irak y Libia, para luego verse obligado a salir de Siria cuyo objetivo no fue la riqueza petrolera que no posee, sino el aniquilamiento de su potencia militar. El respaldo de Irán y Rusia a Siria concluyeron con la retirada estadounidense. Todas estas acciones fueron sangrientas.

En Venezuela, también país petrolero, está aplicando el mismo planteo que en Medio Oriente, el reconocimiento de un gobierno ilegal que desencadene un conflicto contra las autoridades legales y legítimas. Los gobiernos suramericanos, con la honrosa excepción de Bolivia y Uruguay, han acompañado este preludio de barbarie.

Es bueno recordar que en condiciones parecidas, la Revolución Cubana resistió y acaba de cumplir 60 años, mientras que los sumisos gobernantes regionales que avalaron el bloqueo de la nación más poderosa de la tierra contra una isla de 110.000 km2 son olvidados o repudiados. Igual suerte correrán los actuales.

La independencia suramericana debe ser defendida.