Desde diciembre de 2015 no se asiste al fracaso del macrismo, sino a las consecuencias predecibles y esperables del neoliberalismo. Se trata del “fracaso” de un modelo económico, no de una gestión. Es fundamental remarcarlo porque frente a la debacle del presente una porción de la gran burguesía local intenta continuar el modelo por otros medios, como intentó hacerlo en 2002, es decir con otras caras, no precisamente nuevas, a las que se pretende presentar como una presunta síntesis frente a los extremos del pasado.

Estos “extremos” serían el modelo nacional popular del kirchnerismo y el neoliberalismo encarnado por el macrismo, contradicción polar que representa la verdadera contradicción histórica de los últimos “70 años” de la economía local. De la elección entre estos polos dependen la evolución de la estructura económica y la distribución del ingreso. Entre estos mal llamados “extremos”, desarrollo con inclusión versus desarrollo dependiente, no hay punto medio. Luego el primero, a diferencia del segundo, supone no aceptar el lugar que los países centrales quieren para la economía local, el de proveedor de commodities e importador de todo lo demás. El problema de base es que una inserción internacional basada en la provisión de commodities no alcanza para el conjunto de la población. Como lo demuestra la experiencia histórica, queda demasiada gente afuera, situación que conduce a la inestabilidad política.

Cuando se habla de neoliberalismo los economistas del régimen, los que lo conducen y los que le dan letra, se hacen los distraídos, los que no entienden la referencia. Sin embargo, la expresión tiene un significado muy preciso: se trata de las viejas políticas del llamado Consenso de Washington: apertura, desregulación y privatizaciones. Con una aclaración, luego de la tanda privatizadora de los ’90 en el presente “privatizaciones” tiene un significado más amplio: la destrucción de las funciones que todavía conserva el Estado. Las tres consignas persiguen un solo objetivo central: la libre circulación de capitales y mercancía, excluyendo la mercancía trabajo. Se trata de la política demandada por las multinacionales que conducen la economía mundial por sobre los Estados.

El gobierno de Mauricio Macri terminó de hecho el día que regresó al Fondo Monetario

En un nivel muy general de análisis, las políticas implementadas por el macrismo desde diciembre de 2015 se concentraron en facilitar en todos los planos esta libre circulación más un agregado para consolidarla en el largo plazo, el uso del endeudamiento como mecanismo de disciplinamientopara la extracción del excedente. El endeudamiento externo, es decir en divisas, no es sólo una relación económica, sino que funciona como un instrumento de dominación. Luego, que este endeudamiento acelerado se haya perfeccionado con el regreso al FMI supone la consolidación de un orden. El gobierno de Mauricio Macri terminó de hecho el día que regresó al Fondo Monetario. El organismo no le prestó a la Argentina solamente por la voluntad geopolítica de Estados Unidos de ayudar a un gobierno amigo, amistoso con los mercados y cabeza de playa en la región, sino para volver a gobernar de hecho la economía local. El acreedor privilegiado es quien hoy diseña la política económica. Si no se cumplen sus pautas los ejecutores locales deben pedir “perdones” (waivers). Nada de andar con eufemismos.

Existe una puja de negocios entre multinacionales extranjeras y locales.

Lo dicho parece lo más obvio del mundo. Resulta por lo menos notable que quienes difunden y machacan en la falacia de que “la economía de un país es como la de una casa y no se puede gastar más de los que entra”, no apliquen el mismo principio de “la casa” a la dependencia con el acreedor generada por el endeudamiento. Luego de un largo y costoso proceso de desendeudamiento de más de una década, que permitió ganar grados de libertad crecientes para la política económica, el macrismo reendeudó a la economía en tiempo récord sometiéndola nuevamente al poder extranjero.

Pero Cambiemos no fue, no es, una anomalía. Si bien existe una matriz de negocios de amigos paralela al ejercicio del gobierno, el neoliberalismo es la política económica “normal” que se corresponde al orden planetario conducido por las multinacionales. En este orden las clases dominantes locales son, en términos gramscianos, auxiliares de las hegemónicas de los países centrales. Dicho de otra manera, existe en el orden mundial una transnacionalización funcional de las clases dominantes, todas ellas, al decir de la investigadora de la Universidad de Londres Sandra Halperin, habitantes de la Ciudad Global.

Este orden no es armónico. La lucha de clases no opera solamente entre dominantes y subalternas, sino también al interior de las dominantes, en este caso entre las hegemónicas extranjeras y sus auxiliares locales. La disputa aparece porque el macrismo fue exitoso en la restauración del neoliberalismo, es decir en resubordinar a la economía local al orden global, pero incapaz de construir la base material para sostener una nueva hegemonía política. Traduciendo, además de la tensión entre el capital y el trabajo existe una puja de negocios entre multinacionales extranjeras y locales. La operación de los cuadernos aparece como una de las manifestaciones de esta tensión. Sin embargo, lo tensión más grave que dejará como herencia la actual administración es la desmesura del nuevo endeudamiento.

El FMI siempre supo que una megadeuda adicional de casi 60 mil millones de dólares colocada a un plazo muy corto no era sostenible para un país ya endeudado y con problemas para proveerse de divisas. Cualquiera con capacidad para sacar cuentas elementales sabía que préstamos tan grandes condicionarían a las administraciones venideras. No obstante, para los sectores locales comprometidos con el orden neoliberal se trató de un objetivo buscado. Se sabe que el próximo paso, inevitable, será el de la reestructuración de la deuda, los indican los números, el riesgo país y los informes de las consultoras internacionales. En este camino el objetivo del FMI es que durante la próxima administración los créditos de corto plazo (stand by), que se otorgaron para escapar de la crisis externa que, de no mediar estos préstamos se habría producido a mediados de 2018, se refinancien y transformen en créditos a largo plazo (de “Facilidades Extendidas”) a cambio de “reformas estructurales”, como por ejemplo en materia laboral y previsional, pero no solamente. En otras palabras ya no se tratará sólo de reducir el gasto, sino de seguir avanzando sobre los tres ejes del Consensus.

Lo único que queda por destruir en el Estado es el sistema previsional y muy pocas empresas públicas

Más allá de lo que repiten los economistas del régimen, la buena teoría económica sabe que los objetivos fiscales no pueden separarse de los objetivos de crecimiento. Una reducción acelerada del gasto en busca del absurdo “déficit cero” no provoca el saneamiento de las cuentas públicas, sino una caída de la actividad económica. Y es precisamente esta caída del PIB la que sirve, junto con la devaluación, para reducir las importaciones y, con ello, mejorar las cuentas externas, el verdadero objetivo buscado por los planes de estabilización del FMI. En términos de cuentas internas lo que sucede es que la caída de la actividad reduce la recaudación obligando a la continuidad permanente de la destrucción de las funciones del Estado. El problema es que lo único que queda por destruir en el Estado es el sistema previsional y muy pocas empresas públicas. Seguir contrayendo todavía más otros gastos significaría afectar prestaciones básicas de seguridad, salud, educación e infraestructura. Es posible hacerlo, pero significa avanzar sobre consensos históricos, como lo son los grados mínimos de educación y salud públicas.

Finalmente vale recordar que la reducción del déficit primario no equivale a reducir el déficit global. La reducción del gasto, la actividad y con ella la recaudación ocurre en paralelo al crecimiento del déficit financiero producto del megaendeudamiento. Esta relación es a todas luces insustentable. Los aportes del FMI hasta el final de la administración Cambiemos sólo servirán para ponerle un pulmotor al precio del dólar y financiar la formación de activos externos o “fuga”, pero nada más. Son recursos para el aguante, pero que al final del camino no dejarán más que deuda.

Quienes financian al Estado, es decir quienes pagan o pueden ser sujetos de mayores impuestos, saben que cuando la plata del Fondo se termine les exigirán mayores gravámenes. La clase empresaria que se ilusionó con la reducción de salarios e impuestos sólo habrá obtenido al final del camino menores ventas en el mercado interno junto a la necesidad latente de mayores tributos. Salvo que pertenezcan al privilegiado círculo íntimo presidencial, o bien sus economistas no los asesoraron debidamente o bien fueron ganados por la codicia de cortísimo plazo. Quizá luego de 40 meses de macrismo entrevean que apretar a los sectores populares, a las clases subalternas, tiene un límite y que pasado ese límite los acreedeores, a través del FMI, hurgarán en sus bolsillos. Ni siquiera ellos quedarán a salvo del ajuste perpetuo que supone quedar bajo la férula del FMI. El gobierno de la Alianza Cambiemos tiene muy pocos ganadores, claramente menos de los necesarios para la sustentabilidad política de su modelo.

El panorama del presente muestra que una porción cada vez más amplia de la burguesía advierte tardíamente que el orden neoliberal también viene por ella. Ahora sólo le falta darse cuenta que no puede haber un orden político estable sin desarrollo con inclusión, la única manera de salir del “péndulo argentino”. La amenaza es que no sólo está en juego el desarrollo de la estructura económica y los ingresos, sino también la república, las instituciones y la democracia tal cual se conocieron hasta ahora. La colusión entre poder judicial, servicios de inteligencia y clase política es apenas una pústula de una degradación mucho mayor y extendida.-