La economía local reposa sobre la superficie tibia de la chimenea de un volcán. Aunque en la superficie se vive con cierta calma, el volcán no está apagado. Y aunque no se puede prever el día exacto en que sucederá, la erupción es inevitable. Los economistas financiados por el poder económico pretenden desconocer la tectónica de placas. Sus clientes no quieren saber nada sobre fuerzas sísmicas, por eso se limitan a relatar, con falso aire técnico, lo que ocurre en la plácida superficie del techo de la chimenea. Se entretienen, por ejemplo, con los mecanismos de interacción entre las tasas y el dólar, hablan de las cantidades que se mueven en función de una u otra señal, se deleitan con el automatismo de las bandas de flotación y se dan la razón entre sí sobre lo bien que funciona el torniquete monetario. La consigna pareciera ser ignorar con fruición lo que ocurre bajo la tierra.

La negación sucede a pesar de que las primeras explosiones y temblores comenzaron hace más de diez meses. Desde entonces se le entregó la conducción económica al FMI que no tardó en hacer lo que mejor sabe: provocar una profunda recesión con el objeto de reducir drásticamente las importaciones de bienes y servicios. Se suponía que al mismo tiempo, vía la fuerte devaluación, aumentarían también las exportaciones, la parte de la previsión que nunca se cumple.

¿Pero qué hay realmente debajo la tierra? ¿Cuáles son las fuerzas que amenazan la calma relativa de la superficie?

La semana que pasó hubo algunas señales. No son nuevas, apenas la difusión de los números oficiales que confirman los procesos. Importan dos datos que el Indec difundió esta semana. El primero es el de la evolución del costo de las canastas que se utilizan para medir indigencia y pobreza, las canastas básica alimentaria (CBA) y la básica total. Las dos evolucionan igual porque sólo se mide en forma directa la primera, mientras que la segunda es una proporción (que surge de multiplicar a la primera por “la inversa del coeficiente de Engel” que a su vez surge de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares).

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La CBA es un excelente indicador de lo que sucede con la inflación de los alimentos básicos, es decir con la inflación que más afecta la calidad de vida de las mayorías en un contexto de salarios que se retrasan. En enero el valor de la CBA volvió a dispararse. Esta vez el 3,7 por ciento, con lo que acumuló una suba interanual del 55,8 por ciento. Más allá de los efectos estadísticos (y muy concretos en la vida cotidiana) que estos números tienen sobre el aumento de los niveles de indigencia y pobreza, “líneas” que son determinadas por ambas canastas, el dato fuerte es que la inflación de alimentos se mantiene bien por arriba de la inflación a secas, la que surge del IPC Nacional que en enero mostró un alza mensual del 2,9 e interanual del 49,3. El descontento ya golpea la superficie, aunque todavía por debajo.

La inflación se mantiene bien arriba porque el gobierno no se detiene en su política de profundizar los cambios de precios relativos

Tratando de no aburrir con la teoría, también es un dato fuerte que la inflación continúe a toda máquina a pesar de la política monetaria superrestrictiva, de la fuerte reducción del Gasto primario del sector público y de la caída global de la demanda por la recesión. Dicho de manera rápida, poniendo en evidencia que la inflación actual no es ni un fenómeno monetario ni un fenómeno de demanda. En otras palabras, confirmando una vez más que la teoría convencional es pura sarasa incapaz de explicar la evolución de las variables fundamentales. La realidad es que la inflación se mantiene bien arriba porque el gobierno no se detiene en su política de profundizar los cambios de precios relativos o básicos, en particular por la continuidad en los últimos meses de los aumentos de tarifas derivados de la dolarización de sus precios, uno de los cambios clave del régimen reinstaurado en diciembre de 2015.

El segundo dato difundido esta semana, que seguramente también está por detrás de la vuelta a escena de las presiones sobre el dólar, es el resultado del Intercambio Comercial Argentino (ICA), es decir la evolución de las importaciones y las exportaciones. Lo que se observó en enero es una drástica disminución del comercio exterior. Pero vayamos por partes.

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La caída de las importaciones era un efecto esperado en tanto las compras al exterior de la economía local son una función del PIB. Era lógico esperar que en un período recesivo las importaciones caigan. Además, en el presente se combinaron todos los factores que inducen a la baja, tanto de las importaciones vinculadas al consumo como a la inversión. En última instancia este era un efecto buscado por un programa de estabilización cuya primera pieza fue una fuerte devaluación de la moneda local, con el consiguiente encarecimiento de las compras externas, y la caída de la demanda, por efecto de la caída de salarios inherente a la devaluación. Siguiendo lo que podía preverse el ICA mostró en enero una caída interanual de las importaciones del 26,5 por ciento.

El dato presuntamente “inesperado” fue el de las exportaciones, que también mostraron una caída interanual del 4,7 por ciento, con rubros cayendo a 2 dígitos. Como la caída de las compras fue mucho más fuerte, igual se consiguió en el mes un leve superávit comercial de 372 millones de dólares, pero el dato clave es otra vez el de la mala teoría. La realidad vuelve a confirmar que las devaluaciones nunca provocan en la economía local saltos exportadores, ni siquiera con la duplicación del precio del dólar como ocurrió en 2018. Si hay alguna mejora en 2019, será por mayores cantidades producidas (agro post sequía) y no por el incentivo cambiario.

Luego, los malos diagnósticos provocan efectos macroeconómicos severos. Sucede que el plan económico en curso prevé abastecer la demanda futura de dólares por dos vías principales, los préstamos del FMI y… el aumento de las exportaciones. En la medida en que “se descubra” que este aporte extraordinario no ocurrirá o será bastante menor a lo esperado --incluso hasta podría haber retaceo de las liquidaciones por la “incertidumbre electoral”-- y que sólo quedará como firme el dinero del FMI, que no es infinito, las presiones sobre el dólar se incrementarán exponencialmente. El gobierno seguramente recurrirá a la continuidad de la suba de la tasa de interés, pero las herramientas puramente financieras nada pueden hacer si las variables reales van en dirección contraria. A lo sumo pueden postergar el desenlace, lo que hoy parece ser la única apuesta oficial. El camino será difícil, de febrero a octubre los meses son muchos.