Algunos discursos económicos se instalan y comienzan a funcionar como verdades. En los últimos meses, por ejemplo, aparecieron dos axiomas fuertes. El primero abunda sobre la presunta imbatibilidad de la actual administración. El hecho de que Cambiemos se haya impuesto por magros dos puntos en un balotaje contra un gobierno que llevaba 12 años en el poder y que haya sido ratificado dos años después tras una expansión económica inducida para las elecciones serían una demostración palmaria de que la segunda Alianza llegó para quedarse y que su reelección en 2019 es virtualmente inevitable. El segundo axioma, más compleja y relacionado, parte de la idea profundamente conservadora de que “no hay otro camino” y que los cambios provocados por el macrismo son de muy difícil reversión, especialmente por los gigantescos niveles de endeudamiento.

Los dos axiomas, imbatibilidad e irreversibilidad, tienen contenidos de verdad, pero no son verdades.

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Como se preveía apenas se conocieron las primeras medidas de Cambiemos su modelo resultaba materialmente insustentable. Cuando esto se afirmaba a comienzos de 2016 era una predicción basada en la teoría y en la experiencia histórica reciente. Tras la corrida cambiaria más larga de la historia y el regreso al FMI ya se trata de un hecho confirmado. Hoy el modelo cambiemita sólo se sostiene sobre la base de los dólares que aporta el FMI. La reducción del rojo externo se mantiene dentro de lo predecible. No se trata de un presunto salto exportador motivado por la súper devaluación, como quedará más claro en los próximos meses a medida que se mantenga relativamente plana la curva de exportaciones (en el mejor de los casos alimentada por lo que no se consume internamente o por resultados puntuales de cosecha), sino del predecible resultado de la recesión que, dada la estructura productiva local, correlaciona caída del PIB con caída de las importaciones.

Se dijo muchas veces, pero vale la pena recordarlo para quienes no conviven cotidianamente con estas variables: el objetivo de los planes de ajuste del FMI es mejorar las cuentas externas por la vía rápida de la recesión interna. Es muy doloroso socialmente en términos de destrucción de las funciones del Estado y caída de la demanda, desarticulación productiva y desempleo, pero es eficiente para generar un excedente de dólares que ya no se destinan a importar.

Pero el efecto es político y es aquí donde entra la cuestión de la imbatibilidad del oficialismo. El empeoramiento de las condiciones de vida de las mayorías socaban las bases de la construcción de la hegemonía política. El orden legítimo se basa en el consenso. La recesión y la transferencia de ingresos destruyen este consenso por más que el aparato mediático diga lo contrario o intente cambiar la agenda. No hay hegemonía política si no se sostiene en la base material. Esto no quiere decir que la oposición tenga la elección ganada, le queda un largo camino, pero para un gobierno que se impuso por apenas dos puntos en el balotaje de 2015 será muy difícil conservar el poder. Obviamente dirá que se propone conservarlo. Si así no fuese no podría siquiera gobernar el año que le queda.

En 2018 todavía queda margen para el ajuste social

Vale recordar también que el propio FMI se sorprendió por la baja resistencia social generada durante los primeros tramos del ajuste. Esta idea conduce a otro axioma de época, la comparación del presente con 2001. Las similitudes son muchas, las diferencias también. Comenzando por las primeras: existe un plan de ajuste en curso que profundiza la recesión. Ese plan con el FMI significa que los mercados voluntarios de crédito están cerrados desde principios de año. El riesgo país vuela, volvió a superar los 800 puntos y ya se cuenta entre los más altos del mundo. Sólo los dólares del Fondo evitan el estallido cambiario y, por extensión, del modelo. Todos recuerdan lo sucedido en 2001 cuando el Fondo cerró el grifo.

Respecto de las diferencias se destaca que la economía viene de un largo período de expansión (2003-2012) que dejó los ingresos de las mayorías en niveles altos y, a pesar de la caída de los últimos tiempos, no se deterioraron en promedio hasta niveles de rabia social. En 2001 en cambio, se venía de una larga recesión de 4 años y con niveles de desempleo que prácticamente duplicaban a los actuales. La gran diferencia entonces es que así como en 2015 existía mucho margen para tomar deuda en divisas, en 2018 todavía queda margen para el ajuste social, dato al que se agrega que desde 2002 se desarrolló una batería de herramientas de contención “por abajo” que hasta el propio FMI se encarga de cuidar. A diferencia de los trabajadores, el capital siempre registra y aprende de sus errores.

Lo que ingresa por la ventanilla de la deuda se va por la canaleta de la fuga

En este contexto en el que se evidencia el agotamiento del modelo macrista es donde aparece el segundo axioma, que es su sustento ideológico. La idea de que no hay otro camino y que por lo tanto las medidas tomadas son irreversibles. En el fondo se encuentra la vieja trampa de la deuda. Los regímenes neoliberales toman deuda en divisas con el objetivo doble de reconstruir la dependencia y destruir las funciones del Estado. Mientras ingresan los recursos no se destinan a financiar infraestructura o desarrollo, sólo sostienen el rojo externo (de la cuenta corriente del balance de pagos), lo que hablando en criollo significa que lo que ingresa por la ventanilla de la deuda se va por la canaleta de la fuga. La deuda se toma, pero cuando el proceso termina los dólares no están por ningún lado, salvo en manos de algunos privados. Es notable que la secuencia se repita a lo largo de la historia. Son las maravillas de un país dependiente al que el orden mundial pugna por resituar en sus rol de proveedor de commodities.

Una vez que la deuda es muy elevada se inicia el ciclo de ajuste permanente para pagarla, el país queda subordinado a los intereses de los acreedores y resulta directamente impensable avanzar en cualquier programa de sostenimiento de la demanda interna, una de las condiciones necesarias para el desarrollo.

Regresando a 2001, aquellos tiempos también demostraron que los procesos de megaendeudamiento y su contrapartida de miseria popular no son irreversibles. Luego del llamado “megacanje” de la deuda pública parecía que Argentina jamás podría escapar de la trampa de la deuda. Pero la realidad material indica que ni siquiera un Estado nacional puede pagar cualquier cosa. Tras el megacanje los mercados financieros advirtieron que la deuda argentina era impagable, los flujos para renegociar vencimientos se cortaron, el riesgo país superó los 1000 puntos y, en tiempos en que en los países centrales se hablaba de “riesgo moral”, de que no podía ser que los organismos financieros rescaten siempre a los acreedores, que por eso existía la tasa de riesgo, también el FMI le bajó el pulgar a la Argentina.

El resultado es conocido: devaluación, default y comenzar lentamente a recomponer con lo propio. Fue recién a partir de 2003 que se decidió apostar por el sostenimiento de la demanda interna, como se dijo la condición necesaria para el crecimiento. La historia, entonces, no sólo la teoría económica, también enseña que sumergirse en las trampas del endeudamiento no es el único camino y que el proceso no es irreversible. Es posible en poco tiempo volver a la senda del desarrollo y recordar, también, que si la deuda es muy grande es un problema… para los acreedores.