Paulina (Dolores Fonzi) tiene una mirada luminosa pero el rostro está paralizado en un rictus de severidad. Mala combinación: mucha dureza y mucha fragilidad. A Paulina le duele el mundo. Su voz es suave y sus juicios son terminantes. Sólo sonríe en un momento, y es por borrachera. Paulina discute con su padre, un juez y abogado ex/progre -encarnado por Oscar Martínez, otrora el emblema de la farándula progresista- y con su novio Esteban Lamothe. A los dos, al padre burócrata y al novio que viene-la-besa-y-se-va les reprocha que no sean capaces de poner el cuerpo. Porque de eso se trata el asunto; del poner el cuerpo.

Paulina se interna en el Misiones profundo para enseñarle democracia y derechos humanos a un grupo de adolescentes desganados. Una noche confusa es violada por cinco jóvenes, de los cuales cuatro son alumnos suyos. La escena de la violación se resuelve rápidamente y en pocos planos; no estamos acá ante la abyección cool de un Garpar Noé o un Lars von Trier. Pero es doloroso, duele en todo el cuerpo del espectador, el esfuerzo físico de Paulina por levantarse y tratar de caminar. Eso es La patota, el film de Santiago Mitre: la crónica del dolor por levantarse cuando se ha puesto el cuerpo y cuando el alma -si es que la hay- se encuentra dañada. El daño en movimiento. Pero Paulina decide no denunciar a sus violadores.

El filme ganó el Premio de la Crítica en el último festival de Cannes. Encaja perfectamente en ese esquema de pobreza/injusticia/salvajismo que suele darle premios a películas de Europa central o Medio Oriente. Pero además, y esto es un elogio, La patota es una película extremadamente incómoda. El público abandona la sala con insatisfacción; se oyen murmullos de discusiones. Quizás sea el mismo público que aplaudió la solución de la justicia por mano propia de Campanella en "El secreto de sus ojos" o de Szifron en "Relatos salvajes". El mismo que adhirió a la marcha de #niunamenos; el que aparece en los noticieros exigiendo sanciones duras y penas extensas para los delincuentes. "Cuando hay pobres metidos en el medio, la justicia no busca la verdad: busca culpables", disiente ella, y agrega que lo que necesita saber la verdad. Ante la humillación de la vida Pauilina se queda cada vez más sola: no la entiende su padre, ni su novio, ni sus amigos, ni mucho menos sus violadores.

La primera versión de La Patota (de 1961, protagonizada por Mirtha Legrand y dirigida por Daniel Tinayre) se sostiene sobre la idea cristiana del perdón; "No una vez sino setenta veces siete debéis perdonar" se dice allí. El perdón de aquella Paulina legraniana redimía a los culpables. Pero la actualización de este film pensada por Santiago Mitre con la colaboración de Mariano Llinás viene alimentada por el nihilismo y le desesperanza. Ni la ley ni religión ni la creencia en los derechos humanos son capaces de brindar consuelo ni justicia. El de Paulina es un camino del calvario con expolio, juicio y carga de la cruz ante los ojos del pueblo. Detenida en ese momento en el que Jesús, ya crucificado, pregunta al cielo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" y no obtiene respuesta. Apenas una perspectiva de resurrección -pero muy pequeña- al final del camino.