Roberto Navarro, Víctor Hugo y el primer debate presidencial Suscribite

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Alberto Fernández es el candidato a presidente de la oposición. Esa es la más sencilla pero a su vez la más importante definición. Encabezará la coalición que buscará derrotar al macrismo en las urnas. Y ese rol será electoral pero a su vez político. Que sea él quien figure al tope de la boleta no es una simple alquimia para obtener votos. De hecho, lejos de tener lo que se llama votos propios la apuesta es que sea receptor de las voluntades que iban a acompañar a CFK sumadas a otras a las que el nombre de la ex presidenta les generaba rechazo. Pero sus propias virtudes, un abanico de experiencia, contactos de lo más variados y necesarios, raigambre peronista y un talento efectivo como tejedor de acuerdos y sanador de viejos rencores son la explicación política del lugar que ahora ocupa en la arena electoral. Una explicación que, tal como planteó CFK, habla de que no se trata solo de armar una coalición electoral sino una coalición de gobierno.

Para esto, movió la dama y sacudió el tablero. CFK es la líder del espacio político al que retornó para integrarse y ahora encabezar electoralmente y conducir luego políticamente Alberto Fernández. Como tal, fue ella quien lo postuló como candidato a presidente, algo (como se repitió en estos días) inédito. Pero así de inédito es el momento histórico, en el cuál las detonaciones de lawfare tienen una onda expansiva a presente y futuro difícil de contrarrestar. Una de las primeras preguntas que surgió al conocer la decisión de CFK fue cuanto hubo de estrategia propia y cuanto de un contexto de persecución judicial que empujó a esta situación. Sin dudas la respuesta no está en los extremos. Los líderes toman decisiones con la realidad. La intentan cambiar, si, pero en la ponderación de hasta donde en cada momento está el oficio que unos pocos manejan.

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La jugada termina con las especulaciones sobre el candidato opositor y marca, a mi entender, una serie de definiciones. CFK no se borra. Es candidata. A vicepresidenta, si, pero es candidata, estará en la boleta, en la campaña, en la fórmula que es, al fin y al cabo, lo que se vota. Por otro lado, confirmó que la ex presidenta sigue siendo el centro de la política Argentina. Cada decisión suya es un terremoto que sacude la casa propia y ajena. En tercer lugar, es la muestra cabal de que CFK quiere no sólo ganar las elecciones sino que el próximo presidente pueda gobernar. No niega lo que genera, no se atrinchera en que los otros no tienen razón. Sabe que recompuso algunos lazos pero no otros igual de importantes. Y que Alberto puede tejerlos, recomponerlos, y capitalizar eso.

La primera y previsible reacción del oficialismo fue trazar una analogía histórica con la fórmula “Cámpora al Gobierno, Perón al poder” con la que el Tïo Héctor asumió la presidencia en 1973. Más allá de que en esas elecciones Perón no pudo presentarse, que llevaba 18 años proscripto y fuera del país, etc., la decisión de CFK no tiene ese ejemplo en la mira. Un viejo (y mal y gorila) chiste decía que Perón le pregunto a Cámpora la hora y este contestó "la que usted diga, General". Eso no es Alberto (y no era Cámpora). Esa falsa anécdota choca con los múltiples archivos de televisión y tuits del ahora candidato a presidente que difunden tanto militantes macristas como trolls pagados por los macristas, en los que hay fuertes críticas al segundo mandato de CFK.

De ganar las elecciones, el presidente será él. Eso implica ejercer esa autoridad, no es opcional. En caso de concretarse, la situación de una vicepresidenta con el liderazgo que ejerce CFK será inédita. Pero Alberto no puede ni debe tener una relación inversa a la que marca la Constitución y es poco probable que CFK busque ese objetivo. Ambos parecen tenerlo bien claro. Parte de la gobernabilidad dependerá de ello.

De Alberto Fernández se dirá de todo. Que fue parte de las listas de Domingo Cavallo, que estuvo en el kirchnerismo originario y el grupo Calafate, que fue el jefe de gabinete más longevo, que falló en la resolución de la crisis por la 125, que tenía (demasiado) buena relación con Clarín, que se fue con Florencio Randazzo, con Sergio Massa y volvió a CFK. Todo eso es. Y eso suma. En ese recorrido, si algo le reconocen son sus contactos eclécticos y su capacidad de armado político. Pero, como leí en estos días, armar desde la nada de Randazzo o desde el poco de Massa es bien distinto a su tarea de los últimos meses: acercar sectores y limar viejos rencores de actores fundamentales para lo que hasta hace unas horas era la candidatura de CFK. La ex presidenta, con su gesto de postularlo, le reconoce no sólo eso, sino que no se trata solo de ganar la elección sino de gobernar con una coalición amplia y, para eso, Alberto es, según CFK, más indicado. El ahora candidato también tuvo una definición clave: “Si Cristina no venía de vice le decía que no”, le aseguró a El Destape.

La jugada también revela lo que a esta altura es obvio: que un próximo Gobierno tendrá serias dificultades para llevar adelante un plan económico y social opuesto al actual y le costará cubrir las expectativas de una regeneración post Macri, no por falta de voluntad propia sino por el duro contexto en el que le tocará actuar. “Hoy lo épico es renunciar a la pretensión épica. Porque la épica es recuperar el país”, le dijo a El Destape un experimentado ex funcionario.

Igual de cierto es lo que planteó ayer Roberto Navarro: “Sabía que a Cristina le iban a hacer la vida imposible si era presidenta y que no solo la pagaría ella sino el pueblo todo. Me queda una pregunta que no puedo contestarme aún: ¿Es una cuestión de nombres o cualquiera que quiera llevar adelante un gobierno con justicia social se encontrará con los mismos enemigos?

Pasadas las horas, la reacción del kirchnerismo orgánico, pero sobretodo el inorgánico, fue que recibió la noticia con el corazón y la asimiló con la cabeza. No por ser evidente deja de ser real que existe un vínculo emocional con CFK que es intransferible. Pero es igual de cierto que CFK dialoga con su “tropa propia”, orgánica e inorgánica, y les explica, los persuade, los convence. Es su decisión, pero es necesario que tanto la militancia como quienes la siguen por fuera de cualquier organización la asuman como propia. No fue un tuit y una orden ejecutiva, fue un video de 12 minutos.

El anti kirchnerismo tardará en asimilar la jugada. Fue otra virtud de CFK: jugó primera. Ahora las decisiones de Macri serán reacciones a este cismo, aunque no quieran reconocerlo. El jefe de Gabinete Marcos Peña se apuró a filtrar el mensaje que le envió a su tropa por Whatsapp, donde asegura que nada cambió. Imposible, aún con la ceguera discursiva que caracteriza al PRO. La candidatura de Alberto Fernández le quita kirchnerismo a la campaña pese a la paradoja de que se trata de uno de los fundadores del kirchnerismo. La estrategia de la polarización Macri-CFK se diluye. La táctica de lawfare, que pretendía tirar las chances de Cristina debajo del banquillo de acusada, quedó herida de muerte. Es una carambola a enésimas bandas de CFK. Eso si, Alberto llegó hasta acá sin problemas judiciales, pero sería extraño que la santa trinidad de Medios-Jueces-Servicios de inteligencia deje que esto continúe. Es obvio, pero no por obvio es menos tentador para el Gobierno apretar ese botón.

Alberto tiene, pero sobretodo le reconocen, diálogo con sectores importantes. Desde la política hasta el mundo empresario, sindical y organismos internacionales. A pocas horas del anuncio de su candidatura ya sumaba los apoyos de 8 gobernadores y de Héctor Daer de la CGT, dos precandidatos por el mismo frente como Felipe Solá y Agustín Rossi daban de baja sus postulaciones y el todo el arco del kirchnerismo salió a respaldar la decisión de CFK.

Hay algo que, seguro, CFK debió ponderar. Alberto sabe lo que es gobernar. Y gobernar una crisis, que es lo que viene. El video del anuncio es claro al respecto. Y los nombres que serán parte de su entorno económico, como reveló Roberto Navarro en El Destape, ya muestran una conciencia de lo que planea si logra imponerse en octubre. Desde Guillermo Nielsen, que fue parte de las negociaciones con los acreedores en los albores del gobierno de Néstor Kirchner, hasta Emmanuel Alvarez Agis, que secundó a Axel Kicillof en las turbulencias que les tocó durante el segundo mandato de CFK.

Alberto fue muy crítico, a mi juicio incluso en exceso, de CFK y su segundo Gobierno. Es público, ya circulan los archivos y tuits. También es público su reencuentro con CFK, su aceptación de errores propios y su insistencia en que se puede trabajar aún con desacuerdos. Lo mismo vale para CFK, es obvio.

Lo que quedan son preguntas de difícil respuesta. ¿Cómo funcionará, en caso de triunfo, un Gobierno con un presidente cuya vicepresidenta es la líder del movimiento que lo unge? Descartado que se trate de una relación de obediencia (repetimos, Alberto no fue ni es eso), no faltarán los que en caso de que llegue a la presidencia ausculten cada movimiento de Alberto con un “lealómetro”. La situación es inédita. Será inventar o errar.