Hace unos días llegó al Teatro Ópera de Buenos Aires un espectáculo único, que repasa los puntos nodulares de la carrera de esa estrella del pop mundial que fue Gustavo Cerati. Se trata de “Cerati Sinfónico”, el show que la talentosa banda Música para volar viene realizando desde 2012, aunque cada vez la escala (y los resultados) sean mayores. Porque el espectador nunca sabe con qué nueva sorpresa se va a encontrar en la siguiente presentación. Si hoy en día cuentan no solo con la banda si no con una orquesta, un coro, instrumentistas destacados que lideran los bloques y un genial despliegue de imágenes en pantalla, ¿a qué podrán llegar?

El itinerario musical es arbitrario y acertado: así como se recorren canciones del corazón clásico de Soda Stéreo, también florecen joyas del solista más tecno o de la época del trío ska. De la banda se destacan especialmente Alexis Thompson, el guitarrista, y Julieta Sciasci en bajo, quien además lidera la escena. Brilla por su atrevimiento formal la versión orquestada de Canción Animal, y conmueve profundamente una versión de Cactus que tiene como protagonista a un arpa maestra. Otra de las virtudes en los arreglos es que incorporan algunos de los potentes hallazgos propuestos por el disco Séptimo Día: esas manías roqueras que emergen en Persiana Americana, ese aire groovero en Hombre al agua.

Si algo quedó en claro tras la muerte de Gustavo Cerati es que la historia de su música, y en particular la de Soda Stéreo, no dejó de escribirse. Así como el Cirque du Soleil supo transcribir la belleza de una banda emblemática a un lenguaje más actual, Música para volar tomó esa posta y actualiza, con cada función, el legado de un artista que le pertenece al futuro

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