El gobierno de Cambiemos llevó a la Argentina a chocar de lleno con la realidad internacional dilapidando uno de los principales activos de la mal llamada “herencia recibida” -a saber, el Estado desendeudado- sin resolver además ninguno de los desequilibrios macroeconómicos -que por el contrario agravó- y debilitando al país frente al contexto global.

Las potencias desarrolladas se debaten en una guerra económica y financiera que pretende clausurar el multilateralismo globalizador iniciado con la caída del Muro de Berlín en 1989 y quebrado con la Crisis de 2008. Los Estados Unidos de Donald Trump plantean al mundo una doble restricción: la del comercio y la de la liquidez. Los aranceles aduaneros y la suba de la tasa interés que blande la política estadounidense han golpeado a las economías abiertas que gozaban de la demanda externa norteamericana y de la abundancia de dólares circulando por el mundo. Mal momento para los países emergentes con déficits de cuenta corriente sustentados con deuda en los mercados internacionales.

La torpeza del gobierno de Cambiemos se evidencia por el grado de desequilibrio con el que ingresamos al cambio de escenario global, anunciado por EE.UU. y Gran Bretaña desde el año pasado y desplegado con fuerza a partir de 2018.

El cuadro que continúa muestra la magnitud del déficit de la Cuenta Corriente del Balance de Pagos en el año 2017, previo al inicio del conflicto, de las principales economías de América latina: Argentina, Brasil y México.

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La vulnerabilidad externa de Argentina en sensiblemente mayor en términos absolutos y relativos a las de Brasil y México. Corregir un desbalance de 3,1 % del PIB (respecto del 0,5 % de Brasil y el 1,8 % de México), sin capacidad de financiarlo, implica un ajuste a la economía real aún superior a la caída interanual del 5,8 % a junio que el Gobierno ha producido con sus errores y sus políticas.

Los tres países están experimentando fuertes convulsiones políticas al calor del modo de afrontar el nuevo escenario global. En México, el contundente triunfo de Andrés Manuel López Obrador ha puesto fin a treinta años de hegemonía neoliberal que colocó a la nación a punto de convertirse en un estado fallido y ocurre al tiempo que se agota el modelo diseñado por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) cuya reformulación exigen los propios Estados Unidos.

En Brasil ha ocurrido la ruptura de la alianza de clases que permitió que un obrero metalúrgico llegara a la Presidencia de la octava economía mundial. Dilma derrocada y Lula encarcelado abortaron el proyecto del PT de reformas paulatinas, violentando la democracia, a tal punto que en octubre se elige presidente con el candidato mejor posicionado en la cárcel. No es menor la conciencia de que una parte del destino argentino se juega en la elección de Brasil.

En Argentina gobierna una élite sin mediación alguna que sólo promete, a dieciocho meses de la renovación de autoridades ejecutivas, un ajuste tan duro como inútil en el objetivo de estabilizar la economía dañada por sus propias políticas.

Las oligarquías de los grandes países latinoamericanos están asustadas porque se avanza a un nuevo orden internacional que restringe la renta global y obliga al desarrollo interno para hacer sustentables la economía y la sociedad, y temen no poder controlar los procesos políticos que emergen de ese recorrido. Ese miedo las vuelve brutales y antidemocráticas.

Los movimientos populares de Argentina, Brasil y México enfrentan el escenario con cohesión y sin dogmatismos. No está definida la hegemonía mundial, hay multipolarismo en conflicto y las oligarquías sólo ofrecen proyectos inviables de sangre, sudor y lágrimas.

La confrontación se desenvuelve un terreno singularmente duro, respecto de las últimas décadas, pero las probabilidades de ganar la partida son altas.