En la última década, los indicadores fundamentales en el nivel primario muestran comportamientos positivos. Tanto la promoción de los estudiantes como los aprendizajes medidos por las evaluaciones nacionales muestran tendencias firmes de mejora. Este progreso se verifica con mayor intensidad en las escuelas rurales y en las de gestión estatal. Si bien se da en todo el país, algunas provincias –Formosa, La Pampa y Tucumán, entre otras– muestran notables mejoras en sus rendimientos. Aunque es prematuro determinar si se trata de un nuevo comportamiento del sistema o un fenómeno transitorio, la consistencia de los datos impulsa a analizar elementos que ayuden a entender el proceso en este nivel.

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Una aproximación inicial muestra la correlación entre esta mejora y tres decisiones políticas. En primer lugar, la aprobación de los Núcleos de Aprendizajes Prioritarios dio una orientación curricular centrada en las prioridades fundamentales del nivel. En segundo lugar, el acuerdo sobre la unidad pedagógica para el primer ciclo permitió proteger el proceso de construcción de la alfabetización inicial. En tercer lugar, el crecimiento sostenido de la inversión nacional y de las provincias permitió mejorar la infraestructura, apoyar con capacitación y materiales didácticos, y garantizar la presencia de cargos docentes donde fuera necesario.

Esa confluencia de voluntades generó el respaldo concreto a cambios que parecían de difícil instrumentación porque chocan con el statu quo. Ello se pudo lograr a partir de un proceso de decisión que articuló lo político con el saber técnico. Estas iniciativas partieron del conocimiento pedagógico: para mejorar la calidad, había que focalizar la atención en las capacidades fundamentales de lectura, escritura y matemática a lo largo de todo el nivel. También era necesario dar un horizonte temporal más amplio que el año calendario para proteger los procesos de aprendizaje de los alumnos, evitando interrupciones negativas. A ese conocimiento pedagógico se agregó la viabilidad política del consenso con diversos actores –gremios, gobiernos de diferentes signos– que permitió preservar estas decisiones de los conflictos, que esterilizaron tantas otras iniciativas.

El progreso es real, pero estamos lejos del techo. Las mediciones internacionales muestran cierto estancamiento de nuestro país en un contexto regional de mejora. Los avances acá destacados tienen que impulsarnos a mayores desafíos de calidad en todas sus dimensiones, especialmente en la equidad, la relevancia y la pertinencia de los aprendizajes. Lo hecho muestra que es posible. Tal vez algunos elementos sean útiles también para pensar en la mejora de la educación secundaria, con similares niveles de compromiso, financiamiento, estrategias técnicas y construcción de consensos.

* El autor es especialista en política educativa e integrante de la Asociación Civil Educación para Todos.

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