Los intelectuales de la ultraderecha estadounidense han desarrollado un recorrido histórico de su país, estructurado en momentos de gran crisis y tensión saldados con saltos hacia adelante que abren etapas de avance prolongado que tienden a perdurar por varias décadas. Identifican tres momentos parteros de cada nueva etapa: el primero es el lapso entre 1757 y 1783, que asegura el control anglosajón en América del Norte con la expulsión de los franceses de Canadá primero y la independencia nacional después; el segundo es entre 1846 y 1886, de expansión territorial a expensas de México, los pueblos originarios y la liquidación del sur agrario, consolidando una extensa superficie unificada bajo la égida de un estado federal; y el último transcurre entre 1929 y 1945, del que emerge como super-potencia global, luego de superar la crisis del 30 y la segunda guerra mundial.

Estos pensadores, algunos supremacistas, intentan instalar que la llegada de Donald Trump a la presidencia ha abierto un nuevo ciclo cuyo cierre virtuoso será la recuperación de la hegemonía norteamericana dañada por el mundo multilateral del siglo XXI y el "crack" financiero de 2008.

Otra corriente de pensamiento, menos épica y más realista, explica que Trump intenta remover la bases económicas que han transformado a la sociedad norteamericana en una "sociedad pos-industrial", siendo éste un factor de decadencia (que liquidó al Imperio Británico) que comenzó después del triunfo en la guerra fría en 1989 y eclosionó en la crisis de la "burbuja financiera" de 2008, dejando a empresas y familias endeudadas y provocando una gran pérdida de autoestima social, sobre todo en el denominado "EEUU profundo" alejado de las costas.

Una tercera línea, más arraigada en el Partido Demócrata y en intelectuales orgánicos de los núcleos exitosos de las grandes ciudades costeras (Washington, Boston, New York, San Francisco) plantea la necesidad de acabar de inmediato con el gobierno de Trump y retomar el sendero multilateral, pero con un claro liderazgo norteamericano.

De la revisión de estas corrientes surgen dos elementos comunes a ellas: el primero establece que en el presente siglo EE.UU. efectivamente ha experimentado retrocesos en el nivel de vida de sus ciudadanos y a la vez desafíos a su rol de potencia mundial y el segundo es el planteo disruptivo de Donald Trump en el devenir de este escenario.

En el siglo XX la potencia del norte salió victoriosa de dos confrontaciones extremas, la Guerra del Pacífico (1941-1945) sangrienta y costosa contra el Japón Imperial por la hegemonía en Extremo Oriente y la Guerra Fría (1945-1990), ideológica, económica y militar contra la Unión Soviética, que abarcó a la totalidad del planeta. Ambos rivales nunca alcanzaron un desarrollo de sus fuerzas productivas que pudiera equipararse con el estadio de bienestar de la sociedad estadounidense en los distintos momentos. “El estilo de vida americano” siempre legitimó cualquier esfuerzo en defensa de las amenazas externas del siglo pasado.

El actual conflicto con China reviste características singulares respecto de los anteriores porque se presenta en un terreno exclusivamente económico, de tensión capitalista clásica por los recursos planetarios, que remeda más a los ocurridos en el siglo XIX y que desembocaron en la primera guerra mundial.

Ninguna potencia en el pasado había logrado un tamaño de su economía, siquiera próximo al de la norteamericana. Pero China es el segundo PBI del mundo (u$s 12,2 billones) y representa el 63% del PBI de EE.UU. (u$s 19,4 billones), ambos medidos en dólares corrientes del 2017. Si bien el PBI “per capita” chino (u$s 8.800) es un sexto del estadounidense (u$s 59.700), el consumo promedio de las capas más elevadas de la sociedad oriental, que comprende un universo de alrededor de 400 millones de habitantes, iguala al de la totalidad de la población de la potencia occidental. Con la perspectiva de continuar elevando el nivel de vida de la población china de casi 1.400 millones de personas. China además cuenta con excedentes de capital para realizar inversiones productivas en todo el mundo y batalla paulatinamente para consagrar a su moneda, el yuan, como divisa de reserva internacional, realizando acuerdos de “pase” de monedas con todos los Bancos Centrales de los países con los que comercia (incluida la Argentina) para desdolarizar su intercambio.

Este escenario de confrontación planteado copiando tanto el modelo interno de sociedad como externo de expansión global, es inédito respecto del pasado. A la vez, la desencadena la irrupción de Donald Trump y su política proteccionista y de recuperación industrial apoyada en la enorme ventaja competitiva alcanzada en el terreno de la producción de energía y de estímulo fiscal a la demanda (plan de obras públicas) y a la inversión (rebaja impositiva). El EE.UU. que avanza en una política internacional bilateral rompiendo el multilateralismo construido al fin de la Guerra Fría es un EE.UU. fuertemente reactivo al jaque que viene sufriendo y que impacta sobre su propia sociedad.

América del Sur -que permaneció alejada de los teatros de operaciones de la Segunda Guerra, y fue campo de batalla de la Guerra Fría con singular rudeza a partir de la crisis del petróleo en 1973- ahora enfrenta una feroz ofensiva estadounidense para impedir cualquier inserción comercial y financiera con China u otras potencias. Un Área de Libre Comercio Americana (ALCA) de prepo, pero inviable técnicamente porque sin exportaciones primarias -competitivas con las de Noteamérica- Suramérica no tiene poder de compra global. Durante la Guerra Fría se implementó el “desarrollismo” para impulsar las economías de la región y alejar al comunismo, centrado en inversiones estadounidenses, la seducción acompañaba el “garrote”.

Hoy pareciera que sólo queda el slogan de José Sanfilippo: “garrote, garrote….y garrote”.