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Ni bien llega a una segundaria pública, Merlí, un profesor de filosofía muy políticamente incorrecto, elige como enemigo a un colega docente y escandaliza a la comunidad educativa con sus clases experimentales. Sin importarle lo que se diga en los pasillos, se acuesta con profesoras y hasta con madres de alumnos. Se involucra en la vida personal de los adolescentes, desafía las jerarquías de la institución y, como si todo esto fuera poco, intenta enseñar su materia. Por lo demás, en su clase hay un alumno muy particular: el Bruno, su hijo, un homosexual reprimido al que su padre no teme en dejar en ridículo en clase cada vez que puede hacerlo.

Así planteada, Merlí podría caer en, por lo menos, tres lugares comunes. Para empezar, el profe progre, tipo héroe asocial incomprendido que tiene una “conexión especial” con los adolescentes, porque comparte su fe en las ilusiones y, sobre todo, porque confía en la cultura como salvación. Nada más lejos de Merlí. A través de ideas claras que funcionan como preguntas concretas sobre el mundo de hoy, este profesor intenta advertir a sus alumnos sobre la cruda realidad (la cruda cultura) que los espera al otro lado del egreso. ¿Para qué estudiar si el mercado laboral está tan precarizado? ¿Por qué colaborar en una colecta benéfica si después nos olvidamos de los pobres? ¿Nos hacen más libres las redes sociales? Así, nombres que antes funcionaban como etiquetas, tales como Foucault, Sócrates, Debord o Nietzche, de pronto tienen mucho que decir sobre los I-Phones, los Drag, o lo que los padres repiten todas las noches en la sobremesa de la cena.

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Merlí y una de las pintadas cariñosas (sin ironía) que le hacen sus alumnos.

De ahí que cada episodio arranque con la clase donde Merlí explica una filosofía pero que esas lecciones no pretendan alfabetizar al espectador. Este es el segundo error que la serie podría cometer, pero que evade hábilmente. Solo vemos fragmentos de las clases, que son dinámicos y divertidos, y que funcionan como puntos de partida para el desarrollo temático de cada capítulo. Y los capítulos tratan, más que sobre Merlí, sobre sus alumnos: el Iván (sí, los catalanes se llaman entre ellos el Iván o la Berta, como en algunas partes de Argentina), que padece un prolongado ataque de claustrofobia, la Berta, que se lastima a sí misma para llamar la atención de los demás, el Paul, que quiere dejar de estudiar para poder llevar dinero a su casa, o el Joan, que padece los mandatos castradores de su padre abogado. La vasta extensión de las problemáticas adolescentes se ve representada, de manera casi programática, en cada uno de los discípulos -el nombre técnico es otro, pero eso sería una forma del spoiler- de Merlí. Ellos van encontrando caminos para resolver sus enigmas de vida, sin caer en territorios sórdidos pero con pequeños, a veces diminutos, avances personales. Y por supuesto que la ayuda de su profesor les resulta fundamental.

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El Iván se niega a salir de su casa, no se baña y vive pegado a su computadora.

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El Paul, chico malo de la clase, se quiebra cuando muere su abuela.

Ahora, ojo; la rebeldía militante de Merlí es solo una contracara de su egolatría sin límites, y con esto la serie evita su tercer y más peligroso cliché de manual. En palabras de Merlí, cuyo apellido es Bergeron, hay tres maneras de hacer las cosas: mal, bien, y a la Bergeron. El tono de la serie es suavemente cómico, algo así como una comedia dramática, y su estética no cuadra precisamente con la definición de realismo: imposible que un argentino (ni nadie en el mundo, pero menos un argentino) se reconozca plenamente en ese aula donde impera la amistosidad entre alumnos y una respetuosa tibieza en el trato hacia los docentes (esto último, solo en los primeros capítulos). Sin embargo, la consistencia dramática del guión y la brillantez de las actuaciones consiguen que las historias lleguen directo al corazón del espectador, y uno no pueda más que dejarse encandilar por unos personajes adorables y los conmovedores gestos solidarios que cruzan como puentes ese barro de bronca e incertidumbre que es la adolescencia. Claro que, con Merlí como maestro mayor de obras, esos puentes se levantan con mayor facilidad. Y con mayor alegría.

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