Domingo

Milagro

Ayer fuimos a "visitar" a Milagro; no era de tecito de las 5 de la tarde, no era como aquellas preciosas canciones de María Elena Walsh que iluminaron mi años de niña, y a mis hijos y a mi nieta hoy. No habían teteras de porcelana que no se veían...No había un Coronel que se llevaban preso por pinchar a la mermelada con un alfiler.

No.

Había una mujer presa porque en un pais que parece de ficción la Ley no es Ley, a veces.

Y en esa canción y en esta mi vida, el estribillo sigue marcando mis pasos, ya no como un juego delicioso de niña que va descubriendo el mundo sino como una mujer adulta con el mismo eco de "yo no sé por qué".

Aunque claro, a estas alturas una no puede permitirse ser ingenua, a estas alturas los llamados "pecados"no tienen los mismos nombres conocidos, a estas alturas es mi obligación buscar respuestas. Claro, encontrar soluciones, en fin, eso ya es otra cosa.

Milagro.

Días previos de una intensa emoción con los preparativos de un gran viaje. Éramos un grupo de 9 llevando los corazones de cientos.

Entre los regalos elegidos, los posibles de ser aceptados en una cárcel, una de mis opciones fue un riesgo. Alguien contó que a Milagro le gustaban los alfajores de maicena, eran sus preferidos. Se habló de comprar los más ricos del mercado pero qué oportunidad para mí! Hacerlos yo misma con la receta de mi madre, que ya no puede olerlos con el dejo de ralladura de limón, esencia de vainilla y un toquecito de cognac. El riesgo era ¿me los dejarán pasar? Lo iba a intentar como fuera necesario.

Sí, quería que Milagro y sus compañeras presas comieran esos alfajorcitos y así honrarlas a ellas y a mi madre.

Los hice el jueves de tarde, con los ingredientes cuidadosamente elegidos, y maravilla de maravillas, aparecieron entonces mis hijos también de aquellas tardes al regreso de la escuela y de los cumpleaños y tantos otros momentos calentitos de los tiempos.

Tomé el riesgo...Y sí!!! Los pude pasar, se los pude entregar en mano en una cajita blanca elegida con todo amor.

La emoción me rebalsaba. Ahora también.

Abrazos, risas, lágrimas, historias, música, cuerpos comprometidos en aprovechar al límite el pequeño tiempo de encuentro y compañía.

En medio de todo, algo se me hacía insoportable: había tanto sol! Ese sol tan bello que algunos días de la vida, hiere. Estábamos en ese patio de pasto, jardín?...No, un lugar con pasto en una cárcel de mujeres. Milagro estaba ahí, apenas a unos metros de la calle, pero estaba presa, no podía salir por la puerta por donde en un ratito saldríamos nosotrxs. Me resultaba intolerable esa sensación de la no vida. Y por supuesto las razones de la no vida, si consideramos la vida merecida como humanos y como constructores ineludibles de lo propio y lo ajeno.

Suena la musiquita "Yo no sé por qué".

Y no, no soy ingenua. En realidad ya lo sabía, pero en ese lugar, en ese círculo de humanidades, sobre ese pasto, con una guitarra que suena entera, oportunamente autorizada a entrar a ese lugar, y las voces, y la sonrisa enorme y tenaz de Milagro, los por qué toman toda la fuerza de su absoluto.

Llevar los alfajores era un riesgo, tal vez no me dejarían pasarlos, pero liberar a Milagro, si se me permite el humor, eso sí que es un riesgo. No porque se va escapar, todo lo contrario, porque se va a quedar, obstinadamente, para reconstruir cuantas veces sea necesario las almas y los sueños de los sufrientes de nuestra Patria.

Su bandera es la dignidad, hay que estar a la altura para convivir con ella.

Y entonces río, este es el momento del triunfo. No hay barrotes, no se pude abolir por mandato la necesidad primera de vivir en estado de justicia e igualdad.

Lo sembrado es memoria y fruto. El camino siempre fue doloroso, difícil, desde el inicio de los tiempos y aunque ahora crean que ganan quienes le arrebataron su libertad, eso, eso es un espejismo.

Milagro es superlativa. Ayer nos dio vida y le dimos vida.

Hoy amanecí con fuerza adolescente, me vibra la espalda y el pecho, y mis piernas están ágiles para seguir bailando.

Gracias Milagro, compañeras y compañeros que tejen el futuro a pesar de las maldades del presente, inexorablemente.