Paredón tiene la forma de una bomba activada. Es decir: es un mecanismo perfecto del que el espectador se hace engranaje ni bien cruza el umbral de la sala, cuando todavía ignora (aunque por poco tiempo) que la cuenta regresiva ya comenzó. Una familia de clase alta vive en un confortable piso de Puerto Madero. A la madre, una cuarentona histérica, últimamente le han desaparecido algunos objetos de valor, así que decide someter a interrogatorio a la mucama, no sin la ayuda de su mejor amiga. Hasta acá, podemos creer que estamos ante un incidente doméstico habitual; pero este evento será el primer eslabón de una cadena paranoica que se terminará de desatar cuando la familia se entere de que alguien ha muerto en otro piso del edificio y que a causa de una restricción policial están impedidos de salir de casa. Por tiempo indefinido.

Lo que era un espacio de confort se convertirá en una jaula, y la jaula en un horno, cuya temperatura irá en ascenso constante. La presión para que la mucama confiese explota en confesiones inesperadas, no de la mucama si no de otro miembro de la familia, pero que solo revela su secreto a costa de revelar el de otro. Estamos entonces en medio de un baile de máscaras, pero de máscaras que se derrumban entre ellas, como una hilera de dominó. Es una purga. Un infierno donde cada cual tendrá que rendir sus cuentas, pero la obra tiene bajo la manga dos certezas que la distinguen de juegos similares.

La primera es que, a medida que vamos conociendo los engaños, entendemos que son muchos más los que se salvan de ser confesados que los otros. De hecho, esos secretos que nunca escucharemos de boca de los personajes pero que son constantemente iluminados por sus actos y sus palabras, son los que estructuran las relaciones, los que motivan a los personajes a moverse como se mueven, los que los sostienen. La segunda certeza es que ni siquiera la mucama, único personaje honesto (y constantemente humillado por el resto), está dispuesta a no pertenecer. Todos tienen sus argumentos para seguir montando el circo, incluso cuando sus trucos no les funcionan. Nadie queda afuera de la ley del beneficio.

El tono es cómico, ramplón, caricaturezco. Pero los caracteres son más tipos que estereotipos: el empresario cocainómano y alcohólico, la cheta superficial y medicada, la amiga cool-grasa, el playboy que vendería a su madre por verse en una pantalla (de hecho, la vende), la hippie con osde y aires de independencia que no puede vivir sin la plata de su papito. Los personajes no caen en los lugares comunes, si no que los agotan. El público sonríe todo el tiempo. A veces, ríe. Y en momentos explota en carcajadas. Pero lo denso es lo otro: acaso nosotros, la clase media porteña que aspira al confort del que los personajes hacen gala, nos veamos reflejados en varios de los brillos banales que ellos lucen como medallas. Mañana será igual, pero anoche ya es viejo. La plata nunca alcanza. El estrés nos mata poco a poco. Siempre queremos más, porque no sabemos lo que queremos. Y entonces llegamos a entenderlo. Es el público el que está en el paredón. Y es literal: las butacas corren como las líneas de una cancha, formando un cuadrado alrededor del escenario, que está al ras del público. Adelante la obra, atrás la pared: no hay salida.

Estamos acorralados por una historia cuyo final seguro es el develamiento de la verdad. La verdad es lo que habita detrás de la mentira, el fondo bajo la superficie, la identidad de los personajes. En este sentido, hasta tal punto la obra es un mecanismo perfecto que uno, como público, siempre se pierde algo: los personajes se mueven por el cuadrado todos juntos, de a grupos, o en soledad, y van bloqueando puntos de vista, o habilitándolos a medias. A veces el playboy está justo delante nuestro, pensando cuál será el próximo paso a seguir, y nos obliga a solo escuchar (sin poder ver) lo que sucede a sus espaldas entre los protagonistas de la escena. A veces suceden diálogos en paralelo, de manera que uno tiene que elegir.

Siempre estamos entreviendo, espiando, rastreando dónde suceden los acontecimientos. Paredón es, en ese sentido, un hecho irreductiblemente teatral. Un último halago antes de la reflexión final. Esta obra tiene un texto dramático de una solidez y justeza muy poco habitual en el circuito porteño. Todo sucede exactamente cuando debe suceder, y sin embargo es impredecible. Por eso su empaque es clásico, aunque su temática y su urgencia sean estrictamente contemporáneas. Pero entonces, ¿podrá la respuesta final ofrecernos una salida a nuestro modo de vida actual? ¿Qué quedará bailando cuando todas las máscaras hayan quedado acribilladas? El título resulta aquí un hábil contrapunto, porque no puede remitir a algo más lejano de lo que la obra muestra. La palabra paredón remite a los 60´s, al heroísmo guerrillero de una época remota, a la confrontación entre capitalismo y comunismo. Remite a una idea por la que puede darse la vida. Remite a una causa. En los tiempos del Smartphone, quizás la causa resulte más banal e insípida que los actos que la representan.