Peep Show es un tesoro enterrado en Netflix. Se trata de una sitcom británica que sigue la convivencia desastrosa entre dos millenials, un hippie de hoy y un geek total, y que es dueña de un humor ácido muy políticamente incorrecto. Por las venas de Peep Show corre la sangre pura del punk (como lo evidencia su rabiosa presentación) aunque sus protagonistas sean lo opuesto: el hippie, Jeremy, es un músico frívolo y ególatra de pocas luces que vive desconectado del mundo, y el geek, Mark, es un oficinista fóbico de todo que compara cada cosa que hace o persona que conoce con un hito de la Segunda Guerra Mundial.

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Peep Show no tendría la profundidad que tiene (es decir, no podría tocar fondo) si no tuviera el formato que la caracteriza: el espectador “ve” por los ojos de los personajes. Casi la totalidad de las tomas de cada capítulo son subjetivas, y este recurso sencillo, además de justificar el nombre, les permite armar el juego sobre el que se sostiene la serie entera: si oímos lo que un personaje dice, enseguida escuchamos lo que en verdad piensa. Los miedos, incertidumbres y pensamientos extraños se transforman en posiciones completamente tomadas y razonamientos sensatos. Las pasiones prohibidas, la sed de venganza, la autocompasión y las reflexiones depresivas se convierten en caballerosidad, buena onda, orgullo personal y optimismo desenfrenado. El patetismo no tiene límites, y las apariencias se sostienen a toda costa. O, al menos, hasta el final de cada capítulo, donde la miseria cotidiana emerge como una verdad ingobernable y tanto Jeremy como Mark vuelven a la comodidad que les brinda su estupidez.

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Así las cosas, no parece que se tratara de una serie muy original. Los episodios no duran más de media hora y todos tienen una estructura parecida. Pero detrás de su tono estrafalario y su afán de reírse de cualquier cosa, Peep Show es por excelencia la comedia que logra poner en escena y en escala, de una forma clarísima y a veces dolorosa, los mecanismos básicos que constituyen la mentalidad de una generación mundial de jóvenes pre-30 que se criaron (o debería decir, nos criamos) en un mundo que era otro y al que por momentos seguimos aferrándonos.

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Ese mundo que parecía brindarnos algunas garantías y, por lo tanto, nos tendía amistosamente algunas herramientas para el futuro lejano. Los títulos universitarios aseguraban la inserción laboral. Ingresar en una empresa significaba la posibilidad de ascender. Los artistas tenían espacios de legitimación propios. Una vez que se subía un escalón socio-económico, era difícil volver a bajar. Caído el mito del progreso, ¿qué nos queda? ¿Entender la deriva, no ya como un naufragio, si no como un viaje? Los protagonistas de Peep se esfuerzan mucho, mucho (créanme), por hacerlo así. Pero, por algún motivo, no lo logran.

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