Luisa Valenzuela es una de las más destacadas escritoras nacidas en Argentina, y en pocos días tendrá el honor de decir el discurso inaugural de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Cuenta con una vastísima y prestigiada trayectoria profesional e intelectual y ha publicado más de 30 libros entre novelas, volúmenes de cuentos, microrrelatos y ensayos. Durante diez años fue redactora del Suplemento Gráfico del diario La Nación, trabajó en la revista Crisis, publicó artículos y fue columnista en muy diversas revistas y periódicos en la Argentina y los Estados Unidos.

- ¿Qué le significa tener a su cargo el discurso inaugural de la próxima Feria del Libro?

¿Qué es para usted ese encuentro anual con la literatura?-Significa un honor, claro está, y un orgullo teniendo en cuenta que soy sólo la tercera mujer que toma la palabra a lo largo de muchos años de discursos masculinos, pero aquí y ahora es sobre todo una enormísima responsabilidad. Es una invitación a reflexionar sobe la vital importancia de la lectura frente a los problemas actuales de la educación pública y la cultura. En cuanto a la feria en sí, puede ser una fiesta para reencontrar amigos, descubrir novedades, abrirse a lo desconocido de ese mundo de los libros tan rico, inagotable. Conviene eso sí no dejarse apabullar ni reconocerse tan viejo como para añorar esos tiempos de la feria acotada, con olor a choripán..

- Durante muchos años ejerció el periodismo ¿Cuánto de ese oficio utiliza a la hora de escribir?

-Creo que toda experiencia es útil a la hora de escribir. El fogueo y la agilidad que da el periodismo acudió en mi ayuda al escribir libros de pseudo ensayos, como Cortázar/Fuentes, entrecruzamientos, o el Diario de máscaras. Porque para el verdadero trabajo de ficción, que es de espeleología y en el que corresponde calar en profundidad, la mirada horizontal y abarcativa que exige el periodismo no ayuda, todo lo contrario.

- ¿Cómo es su patria literaria? Sus ruidos, sus silencios, sus aromas

-Buen concepto el de patria literaria… O matria, matriz. Es interior. Es en realidad un vivir –por el tiempo de la gestación de una obra—en un estado segundo, una vida desdoblada que si bien atiende a los quehaceres y obligaciones habituales transcurre a la vez por otro carril muy diferente, con lo sentidos en carne viva y al acecho. En esos tiempos mi patria literaria es un coto de caza, solitario y silencioso: la presa suele ser muy escurridiza, tiene su propios aromas, sus rumores.

-¿El de escritor es un oficio? ¿Cómo es ese día a día en la tarea de escribir?

-Cuando el escribir se convierte en oficio la buena literatura se repliega, se contrae. Rechina crispada. Más de una vez dije que el escribir es una maldición de tiempo completo, porque sólo estamos verdaderamente en nuestro pellejo cuando escribimos, y eso no ocurre necesariamente siempre, todo lo contrario, y más vale no forzarlo porque si no caemos en el oficio.

-¿Qué construye a partir de la escritura?

-¿Una vía de entendimiento? Creo que ese es el gran atractivo, lo que nos lleva una y otra vez a acometer la insensata aventura. Me he dado cuenta de que sólo puedo derivar un sentido de la llamada realidad –y eso a penas-- cuando la pongo por escrito. Escribo para entender. Muchas veces una pregunta, o una propuesta vaga, gatillaron toda una novela. “Al crear, descubro”, dijo Martin Buber.

-¿Cómo imagina que sus lectores reciben sus libros?

-Imagino que con cierta inquietud. Pero con una comprensión fundamental de que algo esencial se está diciendo más allá de la mera anécdota. Eso es al menos es lo que yo voy sintiendo al escribirlos, y se trata de compartir.

-Más allá de algunas estadísticas ¿el argentino promedio es un buen lector?

-No creo, cada vez menos gente lee. Pero quienes sí leen lo hacen con ganas. Hay pasión en el lector y la lectora argentina. Sobre todo en las mujeres que saben lo importante, imprescindible que es abrirse al mundo que abren los libros. La ficción es una puerta abierta a la empatía.

-¿Se puede enseñar a leer y escribir literatura?

-No, por suerte. Es algo muy íntimo, personal y privativo de cada cual. Se puede sí guiar para que la persona realmente jugada encuentre su propia voz y aprenda a leer los indicios. Es una búsqueda ardua. Hay que estar disponible.

- Si tuviese que recopilar en una lista a los autores argentinos fundamentales ¿quiénes no podrían quedar afuera? ¿Cuáles son los libros que marcaron su vida literaria?

-Los fundamentales autores, canónicos, son los que ya sabemos -hago hincapié en Cortázar-, pero están las otras. Escritoras de la talla de María Granata, Silvina Ocampo, Elvira Orphée, Sara Gallardo. Y quiero agregar a mis héroes de cabecera, Inodoro Pereyra el Renegau y su perro Mendieta, del Negro Fontanarrosa, que exprimen el lenguaje para extraerle hasta su última gota de absurdo, de contrasentidos y riquezas.

-El país vive un momento político y social tenso, cargado de idas y vueltas, de grietas. ¿Cómo analiza el presente de la Argentina?

-Nuestro país, Latinoamérica, EEUU, el mundo... Es aterrador. ¿Cómo hablar de un posible análisis si lo que nos gobierna va aún más allá del neoliberalismo a ultranza, se afinca y nutre en las sombras, responde a un Moloch insaciable de ese elemento mítico llamado dinero que ya no tiene resplado alguno más que la despiadada voracidad de quienes lo controlan? ¿Qué puede analizar una simple escritora ante esa espada de Damocles colectiva? A duras penas puede tratar de sentarse a escribir una obra de ficción y mandarse otra de las suyas. Eso, si tiene suerte.

-¿Cómo es el mundo que habita dentro de su mundo?

-Es un mundo en sí. Es pasión por pueblos distantes, es un cúmulo de cosmogonías originarias, es una caja de sorpresas o más bien caja abierta a las sorpresas. Que tiene su correlato externo en un galpón que es mi estudio, cargado de libros y de máscaras rituales o carnavalescas. Y de luminosos afectos. Donde habito cuando logro aislarme, que si no....

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