La hegemonía del neoliberalismo -entendida como la creciente facultad de los mercados de asignar recursos con exclusivos criterios de rentabilidad- reconoce tres fases de desarrollo.

La primera, de despliegue e instalación, entre 1973 y 1989, signada por la resolución de la crisis de la tasa de ganancia global a favor del capital y en desmedro de los trabajadores. Este éxito se plasmó en el triunfo del bloque occidental en la guerra fría y la retirada de la planificación económica y las políticas de intervención estatal en los mercados. Tal victoria se apoyó en la ciencia y la tecnología como medio de producción dominante, el complejo electrónico como nuevo paradigma productivo, la segmentación permanente de la demanda y el final de la producción en serie.

La segunda fase, de fuerte legitimación del capitalismo ganador, se desenvuelve entre la caída del Muro de Berlín en 1989 y la crisis financiera de 2008. En estas dos décadas el PIB global creció a una tasa promedio de 5,3 % anual, con dos movimientos simultáneos: la fuerte recomposición de la tasa de ganancia del capital y la fractura de las sociedades vertebradas del siglo XX. El capital alcanza niveles de acumulación históricos, en tanto los pueblos se dividen entre quienes pueden abordar los cambios productivos y tecnológicos y aquéllos que sufren la marginación. Fue el auge del pensamiento único y el fin de la historia.

La fase presente comienza con la quiebra generalizada de bancos y fondos de inversión tenedores de activos financieros, sin posibilidad de ser repagados por la economía real. El 2008 marcó el final del proceso legitimador del mundo global, el libre mercado y las democracias formales. El desacople entre los capitales financieros y la capacidad real de repago de los mismos provocó un desequilibrio que concluyó con la explosión de la burbuja de precios inflados artificialmente. El sistema construido por los denominados bancos de inversión quebró.

Ahora bien, esta crisis -la más relevante dentro del capitalismo desde las ocurridas en 1930 y 1973- adquirió características singulares en sus modos de resolución. En principio, la política monetaria siguió predominando sobre la fiscal. Las acciones de los bancos centrales de los países desarrollados, en particular la Reserva Federal, se orientaron a comprar, a través de la emisión monetaria, los activos financieros defaulteados y a preservar a los bancos tenedores y a los fondos de inversión de una debacle generalizada.

El rescate de los bonos incobrables no fue acompañado de políticas fiscales tendientes a la recuperación de la demanda efectiva. Los gobiernos no pretendieron resolver el desequilibrio entre activos financieros y reales por la vía de la destrucción de los primeros, sino que los preservaron y mantuvieron el desenvolvimiento de las economías librado a su auto capacidad de expandirse para salir de la crisis.

Este cuadro de situación generó una fuerte caída de la tasa de crecimiento del PIB global, del 5,3% promedio anual en las décadas previas al 2,1% en el lapso 2010-2016.

En qué situación se encuentra el capitalismo neoliberal en la actualidad es un interrogante. Existe una firme decisión del poder económico asociado a las finanzas de impedir cualquier rumbo que entorpezca la capacidad del capital de reproducirse a sí mismo en el marco de la valorización financiera, utilizando para ello a los bancos centrales, autónomos de cualquier poder político soberano, como gendarmes de ese esquema.

Es indudable que este diseño cuestiona la democracia representativa, algo que se advierte con mayor nitidez en la Europa del euro, y también en Suramérica con el refluir los procesos populares de los últimos quince años.

Los avances en la robotización de la producción industrial, asociados a la relocalización de plantas desde países emergentes hacia los desarrollados, las ganancias de competitividad a través del autoabastecimiento energético que ha logrado la economía estadounidense y los límites de crecimiento económico que encuentra el capitalismo de Estado chino desembocan en enormes tensiones que tienden a recibir respuestas nacionalistas y proteccionistas, inéditas en los últimos treinta años. Esta fase de desarrollo capitalista pareciera ir, como nunca, contra el ser humano.

Hasta el momento, no ha surgido con potencia un cuerpo de pensamiento que pueda plantear rumbos distintos a los presentes.

Ante este escenario, se torna imprescindible el surgimiento de un nuevo paradigma de orientación humanista, que revalorice el papel del Estado como asignador de recursos y sea capaz de reconstruir sociedades democráticas e integradas.

Los suramericanos tenemos mucho para aportar a ese proceso, ya que de su exitosa resolución dependerá el futuro de nuestra región.

Roberto Feletti

Secretario de Economía y Hacienda de La Matanza