Por la ausencia de Mauricio Macri, Gabriela Michetti fue la encargada de poner la cara en el Tedeum en Tucumán por el Día de la Independencia. Allí, un arzobispo dio un duro discurso sobre la educación y las políticas que está llevando adelante Cambiemos.

Fue en la homilía en San Miguel de Tucumán, donde dio un fuerte discurso Alfredo Zecca en la catedral de esa ciudad que incomodó a la vicepresidenta y a algunos ministros presentes, como el de Cultura, Pablo Avelluto.

Allí, Zecca afirmó: “Un buen gobierno debe generar las condiciones para que todos los ciudadanos puedan crecer como personas. Se trata de condiciones sociales, económicas, jurídicas y, sobre todo, culturales. Ningún pueblo saldrá de sus dificultades si no toma en serio la educación".

Mauricio Macri no estuvo presente porque se encuentra en Alemania, en la cumbre del G20 en Hamburgo. Zecca hizo foco en la educación, a semanas de las PASO, donde el macrismo presenta como su principal candidato a Esteban Bullrich, el polémico ministro de Educación que dejará su cargo si logra entrar al Senado.

“Quisiera recordar a los políticos, a los empresarios, a los sindicalistas, a toda la dirigencia, que el poder tiene, necesariamente, una función social, y que sólo cuando es ejercido desde esa función social que deja atrás intereses personales y partidistas siempre secundarios ante lo que constituye, en definitiva, lo primordial, dicho poder puede tener consecuencias constructivas”, agregó duramente el arzobispo.

EL DISCURSO COMPLETO

El 9 de julio es, sin duda, la fecha más emblemática para nuestra Patria argentina. Por ello mismo nos encuentra hoy, reunidos aquí, en Tucumán, en esta Iglesia Catedral, a pocos pasos de la Casa Histórica en la que nuestros próceres, en aquél memorable 9 de julio de 1816, declararon la Independencia de toda dominación extranjera y nos presentaron ante el mundo como la nueva y gloriosa Nación que queríamos ser.

Saludo con respetuoso afecto y doy la más cordial bienvenida a todos a esta Iglesia que es la casa de Dios en medio de las casas de los hombres; el ámbito en el que todos, sin distinción, son recibidos y tratados como hermanos hijos de un mismo Padre, Dios, al que nuestra Constitución invoca como “fuente de toda razón y justicia”. A la Señora Vicepresidente de la Nación; al Señor Gobernador de la Provincia de Tucumán y al Señor Intendente de la ciudad de San Miguel de Tucumán; al Señor Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia; a las autoridades presentes de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de la Nación y de la Provincia; a los miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad; al clero de la Arquidiócesis de Tucumán; a los representantes de las diversas religiones y al querido pueblo tucumano que nos acompaña.

Aquél memorable 9 de julio de la Independencia patria terminaba una época y, al mismo tiempo, se abría un camino nuevo. Los Padres de la Patria discernieron, en nombre de todos los argentinos, que era justo y necesario que ese nuevo camino por ellos vislumbrado comenzara; y tomaron una decisión que nos llevó, como siempre sucede con lo que comienza, por caminos arduos y arriesgados.

Pero contábamos con su capital humano, con su pasión por el ideal nacional y por la tradición acumulada de varios siglos de haber sido regidos por sólidas instituciones europeas. Y en primer lugar hubo que defender ese ideal, protegerlo, cuidarlo, hacerlo crecer. Había que generar en las personas la conciencia de pertenencia a un nuevo proyecto, a un nuevo pueblo. Había que organizar ese proyecto, abrirlo con generosidad a quienes quisieran compartirlo. Había también que gobernarlo.

Si hoy no nos resulta fácil hacerlo, en esa época en que estaba todo en sus inicios, lo era menos aún. Se requería mucho carácter, determinación, disposición a resignar intereses personales, económicos, de salud. Ceder tiempo, bienes, tranquilidad. Pero el proyecto los atraía apasionadamente y, por ello mismo, esos argentinos a quienes hoy recordamos con afecto y de los que nos sentimos herederos dieron sus vidas para verlo crecer.

Todos sabemos que los primeros años de la Argentina no fueron fáciles ni tranquilos: las guerras golpearon a todas las familias, la organización definitiva tardó en llegar, la calidad de vida no siempre fue buena, la precariedad de la existencia se hacía notar. Pero había espíritu de sacrificio, amor por la Patria, grandeza, generosidad y, por ello mismo, lograron hacer realidad lo que soñaron. Sí hacerlo realidad para nosotros.

Lograron una Patria que asombraba a quienes la veían crecer desde afuera, y que atrajo a miles de inmigrantes que llegaban con gratitud y eran recibidos con fraternidad. La misma fraternidad que la Constitución Nacional, prometía “a todos los hombres que quisieran habitar el suelo argentino”. Enseguida la Argentina se abrió e integró a esos miles: la nacionalidad se iba abriendo paso, y mostraba grandes e insospechadas posibilidades. Gentes de todas las razas, religiones, procedencias, banderas políticas e ideológicas empujaron y pusieron el hombro para que este país creciera y se desarrollara.

Y hay que decir que este esfuerzo fue protagonizado y tuvo éxito gracias a la existencia y al cultivo de las virtudes cívicas, esas de las que hoy constatamos con dolor su carencia. Virtudes que – hay que decirlo – no son exclusivas de los gobernantes, sino que también deben estar presentes en el pueblo recordando, sin embargo, que el ejemplo debe venir de arriba hacia abajo, y no al revés. Las virtudes, queridos hermanos, son las que sostienen al buen gobernante en su lucidez, prudencia, esfuerzo, perseverancia y espíritu de sacrificio; pero también las mismas fomentan en los gobernados, en los ciudadanos, la capacidad de superación y la disponibilidad y generosidad para el aporte que deben hacer en la construcción del bien común que a todos incluye y supera.

Ningún triunfo social se logra sin postergar los propios intereses: para tener éxito como país, es necesario dejar de lado muchas pretensiones – aun legítimas – para apostar al bien común. Los primeros que deben hacer esto son quienes nos gobiernan, para así enseñarlo, con la acción y con el ejemplo, a los demás. Es difícil, cuando uno sospecha de sus dirigentes, hacer esfuerzos, dejar de lado las protestas fáciles para comprometerse con el cultivo de las virtudes, con el estudio que ennoblece, con el trabajo honesto y esforzado. Y, cuando esto no se logra, se produce inevitablemente un quiebre social capaz de poner en jaque todo cuanto, con esfuerzo, ha sido logrado.

Por eso, pienso que en estos momentos, en que todos miramos expectantes la situación social, política y económica de nuestro país, es bueno proponer el cultivo de las virtudes humanas y cristianas que, en definitiva, se convierten de un modo u otro – y más allá de las legítimas opciones políticas que existen y constituyen el núcleo de una sociedad moderna y pluralista – en auténticas virtudes cívicas. En este marco quisiera recordar a los políticos, a los empresarios, a los sindicalistas, a toda la dirigencia, que el poder tiene, necesariamente, una función social, y que sólo cuando es ejercido desde esa función social que deja atrás intereses personales y partidistas siempre secundarios ante lo que constituye, en definitiva, lo primordial, dicho poder puede tener consecuencias constructivas. No debemos caer en la tentación de demonizar el poder. El poder – todo poder – cuando es bien utilizado, cuando contribuye al desarrollo y al bien común, es siempre bueno. Cuando se lo utiliza en beneficio propio excluyendo a los demás, por el contrario, inevitablemente, destruye.

Un buen gobierno debe generar las condiciones para que todos los ciudadanos puedan crecer como personas. Se trata de condiciones sociales, económicas, jurídicas y, sobre todo, culturales. Ningún pueblo saldrá de sus dificultades si no toma en serio la educación. Si hay algo que una Nación inteligente exige a sus gobernantes es que se reconozca a cada ciudadano el derecho y las condiciones para aspirar a una vida cada vez más humana, y eso no se logra si la educación no se convierte realmente en una prioridad de las políticas públicas que, por ser tales, pertenecen a todos y no son propiedad de ningún gobierno en particular. Esto ciertamente unido al compromiso solidario para erradicar la pobreza, procurar una justicia más eficaz y garantizar el trabajo digno para todos. Pero cuando hablamos de educación nos referimos no a una política educativa que adoctrine unilateralmente basándose en una propia ideología, sino la que permita a los padres ejercer realmente su derecho humano a educar a sus hijos en sus propias convicciones, tal como lo reconocen numerosos tratados internacionales que nuestro país ha ratificado y elevado a la jerarquía constitucional.

La educación en Argentina está, cuando menos en “emergencia”, por no decir “tragedia”. Todos sabemos de la necesidad de mejorar la calidad educativa. Sin duda de las instituciones de gestión estatal, pero también de las de gestión privada en las que participa también la Iglesia. Sin educación no hay futuro. Es necesario volver a decirlo una y otra vez, pero sin convertir la afirmación en un eslogan fácil que se repite sin jamás entrar en la mente y mover el corazón a la acción. Hay que hablar menos y hacer más y aquí el sayo nos cabe a todos: a los dirigentes, a los docentes y a algunos padres, que renuncian a su condición de tales desentendiéndose del importante lugar que deben ocupar en la misma. La educación comienza en la casa. La función del estado y de la escuela es y será siempre subsidiaria. La reivindicación de la patria potestad sobre los hijos se puede hacer cuando se está dispuesto a asumir las responsabilidades y el sacrificio que ello implica, en todos los sentidos. Los retrocesos en los resultados de la educación, que debemos asumir con sinceridad y espíritu de superación, en escuelas, colegios y universidades comienzan en realidad en los hogares y terminan trasladándose, inevitablemente, a la sociedad y acaban inspirando políticas públicas que no priorizan esta cuestión crucial.

Es indispensable tener clara conciencia de que sin un pueblo debidamente educado, sin estímulo para el pensamiento creativo, sin disciplina, sin exigencias y sin una escuela y universidad que garanticen el logro de los objetivos propuestos y los conocimientos necesarios que avalen realmente los títulos otorgados, en suma, sin un lenguaje adquirido a fuerza de lectura, escritura y expresión oral que transmita ideas y muestre la madurez del intelecto resulta imposible el diálogo social.

Este diálogo no consiste simplemente en palabras y menos aún en el ejercicio de una violencia verbal que cierra la posibilidad de un intercambio civilizado de ideas, de conceptos. El mismo nunca puede ser palabra iracunda y ofensiva, ya que, por definición, una palabra reflexiva fruto del pensamiento que no puede menos que ser crítico, en el mejor sentido del término. El diálogo exige, a la vez, divergencia, capacidad de expresión y de escucha, así como huida de la uniformidad. Este se convierte, así, en máxima expresión de la inteligencia, es decir, de la capacidad humana de penetrar el interior de la realidad para arrancarle su verdad más pura.

Quisiera volver – todavía otra vez – a la responsabilidad ciudadana. No todo recae en los gobernantes. También los ciudadanos deben asumir seriamente su deber de crecer como personas para aportar su cuota al bien común de la Nación. Es necesario recordar que ningún gobierno ni política pública va a hacer lo que a ellos compete. El crecimiento personal, social, cultural y moral necesario para que una Nación salga adelante no se logra sin esfuerzo. A veces parece que esperáramos todo de las políticas públicas y de las dádivas del gobierno, y es precisamente esa actitud, la que nos mantiene en la mediocridad. Necesitamos tomarnos en serio nuestro papel protagónico en una Argentina que aspire, en verdad, a ser nueva. Protagonismo que comienza con el fortalecimiento de las instituciones democráticas, con el respeto por el federalismo, con el trabajo y, finalmente, con la valoración de un proyecto común y el reconocimiento de nuestro deber ciudadano de contribuir al mismo desinteresadamente.

La Iglesia no cesará jamás de exhortar a los argentinos al diálogo, a la reconciliación que todavía nos debemos, al cultivo de una cultura del encuentro. Pero hemos de ser conscientes de que el tan ansiado diálogo social se dará en la medida en que nos acostumbremos a mirar en la misma dirección para alcanzar el crecimiento de esta casa común, que es la Nación, que todos compartimos y de la que somos solidariamente responsables. Pero para lograr esto es indispensable un gran esfuerzo al nos hemos desacostumbrado durante muchos años. Nos va a llevar mucho tiempo, pero alguna generación debe poner la piedra fundamental para construir este edificio, así como, en aquél memorable 1816, un puñado de argentinos puso la primera piedra para levantar una gran Nación. Nosotros somos la generación del bicentenario. Debemos estar a la altura y recoger este desafío que nos lanza la historia.

El mundo se encuentra en un proceso irreversible de globalización que, junto a las innegables ventajas, comporta también importantes riesgos en el plano de la justicia y la equidad en la distribución de las riquezas. En este marco cobra valor la decisión, que debe ser necesariamente compartida por todos, de insertar a nuestra Nación en este proceso afianzándonos como un país que está dispuesto a hacer los indispensables esfuerzos para su desarrollo pleno, la única garantía para ocupar un lugar de importancia en el complejo escenario mundial. “El tema del desarrollo de los pueblos - subraya Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate (2009) – está íntimamente unido al del desarrollo de cada hombre […] El desarrollo de la persona se degrada cuando esta pretende ser la única creadora de sí misma […] El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común” (CV 68. 70).

Estas reflexiones del Papa Benedicto traen al presente la lúcida Encíclica del Beato Pablo VI “Populorum Progressio” (1967) de la que se cumplieron, el 26 de marzo pasado, 50 años de su publicación. No es un aniversario para pasar por alto. Muy por el contrario, deberíamos tomar nuevamente este texto y estudiarlo, porque tiene, para nosotros, una especial actualidad. El texto culmina con una frase categórica: “Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz ¿quién no querrá trabajar con todas sus fuerzas para lograrlo?” (n.87). Pero no se trata de cualquier desarrollo.

En los comienzos del texto, Pablo VI, afirma que “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre – y agrega – ‘nosotros no aceptamos la separación de lo económico de lo humano, (ni tampoco) el desarrollo, de las civilizaciones en las que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera” (n.14).

Queridos hermanos todos ¿seremos nosotros la generación que se anime a asumir este gran desafío para la Argentina que soñamos y podríamos realizar?. Dios nos ayude a recoger este urgente desafío y lanzarnos en pos de estos grandes objetivos cuya consecución unifica, reconcilia, hermana y hace dejar atrás rencores y diferencias tan inútiles como estériles, para construir una “casa común”, una Nación de la que todos nos alegremos de formar parte porque nos permite desarrollarnos plenamente como personas y crecer en libertad y fraternidad. Que la Virgen de Luján, patrona de la Patria, interceda por nosotros y nos alcance esta gracia que humildemente suplicamos como pueblo. Amén.

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