El periodista Rodolfo Barili escribió un dramático texto sobre el show del Indio Solari. El conductor de Telefe Noticias estuvo presente en Olavarría y fue uno de los 300 mil asistentes.

Al terminar el concierto y conocida la tragedia, Barili escribió un texto que compartió y se viralizó.

LA COLUMNA

Hechos para la tragedia

Crónica en primera persona sobre el recital del Indio Solari en Olavarría que terminó con la muerte de dos personas. Texto de Rodolfo Barili.

¿Puede un predio habilitado para 200 mil personas albergar a (al menos) el doble de esa cantidad?

¿Puede la mística de un rito desconocer los riesgos que esa masividad representa?

¿Pueden determinarse las responsabilidades de una tragedia ocultando las responsabilidades individuales de quienes asisten a la supuesta fiesta?

¿Puede organizarse en Argentina un espectáculo de medio millón de personas de manera adecuada sin poner el riesgo vidas?

Estas y otras preguntas son una autopsia ya de la tragedia vivida. Tal vez sirvan para una próxima vez (que estoy seguro ya no habrá con el Indio sobre un escenario). Las dos víctimas fatales del recital del ex líder de Los Redondos en Olavarría pudieron ser decenas anoche por la magnitud inesperada de lo que sus seguidores llaman "misa". Todo se desbordó. Todo.

Pasé gran parte de la madrugada intentando contar lo que pasaba acá vía redes. Con los teléfonos colapsados, las versiones de más de una decena de muertos generaban angustia en familiares de aquellos que habían estado en el recital y no tenían comunicación alguna a esa hora. Por casi dos horas la gente caminaba las calles de Olavarría saliendo aún del predio donde fue el evento. Una marea de fanáticos ajenos la mayoría a la información que corría en redes sociales sobre la cantidad de víctimas. Decirles que había muertos generaba asombro pero definitivamente no generaba sorpresa: la mayoría, creo, de quienes estuvimos allí, sentimos que en ese lugar había más personas de las que se suponía que iba a haber.

Solo cuando tuve la certeza de los dos muertos la publiqué. La muerte no es primicia en estos casos. No se vuelve de la irresponsabilidad de dar números sin confirmación real cuando hay decenas de miles involucrados en el temor absoluto a perder a un ser querido. Supimos de las versiones de siete muertos más, y hasta otros tres. De chicos. Edad específicas daban. Pero oficial no había nada. Nada hasta que la propia fiscal de la ciudad contó que eran dos los muertos pero que creyeron en un momento que eran más. Salió de fuentes cercanas a ella, a supuestos responsables del operativo el dato erróneo que sin chequeo periodismo trascendió.

Debió haber ningún muerto. Ninguno. Debió ser una fiesta. Un recital histórico por lo bueno, no por el desastre. La caminata de decenas de cuadras de un interminable océano de gente ya nos anunciaba a quienes vinimos a ver al Indio que era mucha la gente convocada. ¿Pero cómo contar? ¿Cómo determinar si somos 200 mil o el doble de eso? Estaba seguro de que no se pedirían tickets. No imaginaba mientras caminaba hacia el recital forma alguna de pedirles uno por uno a los asistentes su entrada. Y así fue. Pasamos caminando sin que nadie nos pidiera el comprobante de compra. Es sabido que cuando comienzan los recitales del Indio se puede entrar ya sin entrada. Esta vez fue desde el inicio mismo de la supuesta fiesta. Fue la segunda alerta que teníamos. La primera había sido la forma en la que llegamos al predio.

Las anchas calles de Olavarría (generosas en su amplitud acá en la ciudad del cemento) quedaban chicas para tanta gente. Apretujones. Falta de aire. Mucha gente alcoholizada. Latas de cervezas que caían del cielo tiradas por excitados fanáticos que se detenían en cada puesto en el que la voz del Indio sonaba. Llegar fue complejo. Muy complejo. Hasta que por fin y tras 46 cuadras de 130 metros cada una estábamos por fin en el predio. Entramos sin que nos pidieran en el ticket y no pudimos avanzar. Nos quedamos atrás. Extrañamente la parte final del predio también estaba llena. Había demasiada gente sin dudas, porque sabíamos que el lugar elegido para el show enorme. El último dato (alerta del drama) lo dio el propio Indio desde el escenario: paró el recital ni bien comenzó y habló de gente aplastada y pisada. Pidió ayuda. Calma. Cambió los temas previstos para tocar por canciones más tranquilas. Lo dijo. Le pidió a los borrachines (así los llamó) que pararan. Para entonces ya había sido detenido una media hora el recital. Fueron varias interrupciones.

Esta mañana inevitablemente me pregunté si sabría ya la organización de la muerte de esas personas. ¿Lo sabían? ¿Se lo dijeron al Indio? ¿Debieron suspenderlo todo en forma inmediata? ¿Podían suspenderlo todo con (según la fiscal) esas 550 mil personas esperando escuchar al Indio? ¿Qué hubiera pasado si lo hubieran hecho? Algunas preguntas más para conformar la autopsia del drama de anoche que servirá para otro evento pero no para los muertos de esta hora.

Yo fui a ver al Indio. Al artista. A ese tipo de prosa irrepetible. A ese del fenómeno (como escribí el sábado antes de ir al recital) no explicable solo en su música. A ese fenómeno artístico, cultural y social que le atribuye cualidades que, como bien dijo él mismo, no tiene. "La gente deposita en mí cosas que no soy", le escuché decir alguna vez. Él sabe que es así. Lo sabe.

Yo fui a ver al Indio. Al artista. A ese tipo que hizo canciones que cantaba con mis amigos a los 15 años en pleno desarrollo de la rebeldía adolescente. Con dos de ellos fui anoche y nos abrazamos al escuchar Barba Azul y Todo Preso es Político. Nos abrazamos otra vez cuando mis amigos partían y yo me quedaba a descansar en Olavarría. Con ojos vidriosos tras las noticias de muertos y agradeciendo estar bien.

Yo fui a ver al Indio. Al artista. Lo mismo hicieron las dos víctimas. Para ellos no habrá posibilidad de aprender. De mejorar. De buscar responsabilidades. De establecer penalidades. De saber que supo el artista, que previeron desde la empresa organizadora o cual fue la falencia de las autoridades. Para los muertos ya es tarde.

Cromañón fue hace mucho tiempo. Mucho tiempo. Fue en un lugar cerrado y por razones diferentes se tejió la tragedia. Pero al igual que anoche había más gente de la autorizada. Había salidas tapiadas. Salidas mal señalizadas. Había organizadores que dejaron entrar más gente de la permitida. Había bengalas (aunque esta vez fueron al cielo y no a una media sombra que asfixió a casi 200). Hubo 194 muertos y la tragedia se tituló como una gran catástrofe. El drama no necesita de cientos. A veces solo sirve el contexto para entenderlo. Ver que algunas cosas dramáticamente se repitieron. Aunque les duela a quienes aman al Indio tanto como quienes defienden la inocencia aún hoy de los músicos de Callejeros.

Anoche fueron dos pero les aseguro que todo se configuró para que fueran más que esos. Uno solo perdiendo la vida ya sería dramático, a no ser que un drama solo se configure para algunos si se cuenta de a cientos. Pasaron más de 10 años de aquello en un país que por momentos parece hecho para la tragedia. Diez años. Y no aprendimos nada. Al menos no lo suficiente como para evitarnos el dolor del fracaso de nuestros nuevos muertos.

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