Con una puesta organizada con elementos indiciales, Casi un feliz encuentro plantea un acercamiento formal y una distancia voraz entre dos hermanas ya maduras. Claudia Mac Auliffe y Sonia Novello interpretan a dos mujeres que, a pesar del vínculo sanguíneo que las une, se conocen poco y no saben cómo hablarse. Deambulan por el escenario como si se tratara de una jaula y se transmiten mensajes que nunca llegan intactos a destino. No saben qué quiere la una de la otra, pero poco a poco comienzan a intuirlo.

“Casi un feliz encuentro” es una obra veloz y breve donde todo parece ligero. Sin embargo, recorre dos elecciones de vida diametralmente opuestas donde tratamos de ubicar, en medio de esa asíntota, el contacto de dos hermanas que aún no llegan a comprender la dimensión de su infelicidad. Tona, la menor de las dos, luce como una tía solterona que nunca fue joven. Siempre dedicada al cuidado obsesivo y demandante de sus padres -y de la casa de sus padres-, abunda en reclamos sobre una vida que nunca hizo propia y ahora, que no se ve tironeada por nadie, no está dispuesta a encarar una nueva libertad. Laura, por el contrario, vivió para sí misma. Se fue al extranjero y no estuvo para hacerse cargo de la vejez de sus padres. Pero tampoco tiene una vida plena, tampoco conquistó la felicidad y se conforma con una modesta rutina y unos pocos amigos para llenar el tiempo de ocio.

En medio de este tablero, nunca dejamos de preguntarnos cómo ese encuentro podría resultar feliz.La escenografía, también ligera, deja mucho espacio para las palabras y para los silencios. Vemos circular mandatos, reclamos, incógnitas, formalidades y deseos muertos. No parece haber encuentro. Parece que asistimos a diálogos de dos voces que hablan desde tiempos distintos. Tona reclama desde el pasado; pide explicaciones sobre muñecas rotas y persiste en acusar a su hermana de reclamar una parte de la herencia. Laura, no quiere discutir el pasado –no se acuerda de nada- y quiere instalar la actualidad entre ellas dos; le preocupa, además, el futuro. Y sin embargo, quizá sí hay encuentro. A pesar de un diálogo poco exitoso, entre las dos, van dilucidando qué es lo que Laura vino a buscar. Porque si no es la herencia, ni el afecto de una hermana que la juzga sin descanso, ¿qué es lo que Laura podría necesitar?

Tona, con su destreza para detectar debilidades en las personas, descubre el verdadero móvil del regreso de Laura y ahí, en ese punto frágil de reconocida soledad, estas voces se acercan y comienzan a hablar el mismo lenguaje. Aparecen los reconocimientos. Cuando Laura se llama a sí misma egoísta por estar lejos, Tona la justifica. Entonces, cuando se anulan las defensas, detectamos una compasión instantánea que, aunque dure muy poco, alcanza para poder especular qué tipo de felicidad podemos esperar de un encuentro tan tenso, polvoriento y extenuante.

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